Las tribulaciones cotidianas del ser humano

             De un tiempo a esta parte venimos asistiendo al lamentable espectáculo que ofrecen determinados grupos sociales que pretenden conducir nuestra vida para llevarnos al estado de patetismo extremo que destruya o entierre todo cuanto sea pasado, para intentar así crear un futuro que tenga por base un presente basado en la estupidez. Podría pensarse que mi mirada va directa a esos políticos que inundan nuestro alrededor dándonos lecciones de cómo tenemos que ser y la conveniencia de odiar a todo aquello que no piense de la misma manera; pero soy más incisivo, pensando en dirigentes, medios de comunicación, y atrevidos que por cualquier medio social intentan maquillar su cara para decirnos quiénes son los buenos y quiénes los malos, y cuál es el ejemplo de conducta a seguir, basado en el insulto y la opinión vertida en alta voz. Apabullando, vamos.

              Y cuanto más pasan los días, más estupideces y sujetos estúpidos veo, creando en mí una especie de malestar interno que me hace pensar en lo que estamos haciendo y consintiendo, olvidando que según sea lo que se siembre así será la cosecha a recoger. Mi agobio crece aún más cuando escucho a algún presente decir que la sociedad española ha cambiado y si no lo hacemos nosotros es que realmente no entendemos el fenómeno. Vamos, que estamos obsoletos y casi sobramos de este mundo. Ridículo sí, pero espantoso vaticinio.

            Todo esto me lleva a recordar al insigne historiador económico italiano Carlo M. Cipolla, tristemente fallecido ya,  al que hace algún tiempo leía con entusiasmo. Su obra, titulada “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, merece ser destacada. No me resisto a traer a colación ahora sus postulados.

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             El profesor dividía al ser humano en cuatro grupos. Los incautos, integrados por aquellas personas que realizan una acción y obtienen una pérdida, al mismo tiempo que procuran un beneficio a otra. Los inteligentes, personas que realizan acciones de la que obtienen un beneficio, y al mismo tiempo procuran un beneficio también para otra. Los malvados, personas que realizan acciones de la que obtienen un beneficio causando un perjuicio a otra. Y, los estúpidos, que causan daño a otras personas o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o en su caso obteniendo un perjuicio. La pertenencia a este último género puede deberse a un factor genético, ya que algunos individuos heredan dosis considerables del gen de la estupidez, y gracias a tal herencia pertenecen, desde su nacimiento, a la élite del grupo. Su número es ciertamente sustancioso y cuantificarlo nos llevaría a un craso error pues, por una parte, personas que uno ha considerado racionales o inteligentes en el pasado se revelan después, de repente, inequívoca e irremediablemente estúpidas; de otra, porque día a día, con una monotonía incesante, vemos que aparecen de improviso e inesperadamente en los lugares y en los momentos menos oportunos.

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            Lo tremendo y peligroso puede ser la interrelación de estos grupos o hacer caso omiso a la existencia de otros distintos al que por méritos propios estemos integrados. Así las personas incautas generalmente no reconocen la peligrosidad de las personas estúpidas. También ocurre en las personas inteligentes y en las malvadas, que cometen el error de abandonarse a sentimientos de autocomplacencia y desprecio, en vez de segregar inmediatamente cantidades mayores de adrenalina y preparar la defensa. Y aquí es donde radica la llegada a la élite de los estúpidos que pueden ser más peligrosos inclusos que los malvados.

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               Cipolla describe la presencia de los estúpidos con suma maestría: “con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimiento y sin razón, estúpidamente“. Una descripción que nos suena, como también que “el poder político, económico o burocrático aumenta el potencial nocivo de una persona estúpida“.

              Descrito el género, llega la máxima del profesor: el país (cualquiera) entra en decadencia cuando el porcentaje de individuos estúpidos, aunque sea el mismo, se ve complementada con individuos que están  en el poder con una alarmante proliferación de malvados con un elevado porcentaje de estupidez, y entre los que no están en el poder, un igualmente alarmante crecimiento del número de los incautos. Es decir, que la convivencia podrá soportarse cuando los grupos mantengan sus porcentajes de adeptos sin cruzarse con los otros para generar un grupo mixto pues, en este caso, vamos encaminados a la autodestrucción humana que, por mucho que tenga de conciencia, también tiene lo suyo de otros genes de los que no debemos presumir.

                En fin, me congratulo con estas ideas, para con ello pedir que procuremos no hacer caso a esos estúpidos que esconden su especie malvada, generando nuestras propias defensas porque realmente no somos tan incautos como nos catalogan.

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