La fuerza de las palabras

             Uno de los dones más preciados de los que han podido ser entregados al ser humano es el de la palabra. Mediante ella, construyendo frases, nos comunicamos de forma verbal o escrita, y nos distinguimos de otros seres creados por la naturaleza. Un poder del que a veces no reparamos de su verdadero alcance, creyéndonos investidos de una absoluta libertad para su uso, sin tener en cuenta las consecuencias de cuanto decimos. Nos convertimos así en unos parlanchines que permanentemente lanzamos mensajes sin tan siquiera reflexionar sobre lo que transmitimos.

              Es frecuente desligar la mente y la boca, para lanzar improperios que hacen bastante daño, y si alguien intenta hacernos ver los perjuicios que producimos entramos en una especie de rebeldía para consagrar nada más y nada menos que un derecho fundamental a la libertad de expresión, como si la posibilidad de mover los brazos y las piernas bendijera dar puñetazos y patadas por doquier.

               Y si de forma verbal es escandaloso ver como se suelta la lengua, sobre todo cuando el transmisor entra en fase de acaloramiento con los que intercambia opiniones, qué decir cuando la vergüenza de la presencia física desaparece para afrontar la palabra escrita tecleando en ese ordenador que tanta pasión nos produce y que nos permite adentrarnos en el mundo de las redes sociales hasta la profundidad que queramos. Escribir y publicar constituyen actos reflejos que nos permite decir para los adentros, “ahí va”. Expandir el mensaje produce una especie de satisfacción interna por aquello de que todo el mundo va a saber lo que es bueno. Y si es mentira o me extralimito qué más da, pues lo importante es producir una imagen del señalado que le desacredite cuanto pueda y como intente siquiera defenderse ahí estaremos nuevamente para bombardearlo con rotundidad. Y como resultado de todo ello, es frecuente que los “homenajeados” silencien pues entrar en batalla le perjudica más que le beneficia.

             En esta sociedad que hemos creado y que potenciamos por las redes, se empieza por un empujoncito para poco a poco, producto y consecuencia de la confianza que genera no ver más allá de una pantalla que reproduce nuestras palabras, llegar al revolcón. Y con sumo placer de hacerlo pues como nosotros pensamos es como debe hacerlo todo el mundo, y lo que es peor, en los casos más extremos damos plena muestra de nuestro instinto de peor animal que existe encima de la tierra, mostrando a la clara la voluntad intrínseca del exterminio de lo ajeno. Damos clara muestra de lo que nos gustaría que se produjera si en nuestra mano estuviera la libertad indiscriminada de pernada. Muestra clara del poco raciocinio que parece existir en nuestro interior.

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             Tirar la piedra y esconder la mano es fácil. Quedaría en una opinión cuanto ahora digo y sería fácilmente rebatido por quien quisiera defender la bondad del ser humano y lo hueca que a veces son las palabras si no se sienten. Pero se puede herir sin pretenderlo, o pretendiéndolo sin medir la herida que vamos a producir, y no por ello convierte al emisario en un mero altavoz.

            En reciente pronunciamiento del Tribunal Supremo español, sentencia de 13 de julio de 2016, se condena a un año de prisión a una joven que humillaba a través de twitter, vertiendo comentarios y expresiones con el fin de denigrar la memoria de una víctima del terrorismo, despreciar a otra víctima también de un atentado, así como ensalzar las actividades de miembros de la organización terrorista que por conocida no deseo tan siquiera mentar ahora.ley-prevencion-riesgos-laborales

              La sentencia considera que las expresiones vertidas por la condenada se enmarcan dentro del discurso del odio que no están protegidas por la libertad ideológica o de expresión. Añade que no se trata de criminalizar opiniones discrepantes sino de combatir actuaciones dirigidas a la promoción pública de quienes ocasionan un grave quebranto en el régimen de libertades y daño en la paz de la comunidad con sus actos criminales, atentado contra el sistema democrático establecido. Asimismo, indica que la humillación o desprecio a las víctimas afecta directamente a su honor y a su dignidad, perpetuando su victimización, que es actualizada a través de esa conducta.

             La Sala concluye que “no se penaliza el chiste fácil o de mal gusto, sino que una de las facetas de la humillación consiste en la burla, que no está recreada en este caso con chistes macabros con un sujeto pasivo indeterminado, sino un bien concreto y referido a unas personas a quien se identifica con su nombre y apellidos”. En fin, “la difusión de tales expresiones son consecuencia del conocimiento de lo que se transmite, y que lo que se transmite es una ofensa pública a víctimas del terrorismo, debe deducirse del talante cultural de quien lo ha escrito y enviado a la red a través de su cuenta de twitter”. Basta ya, por tanto, de excusas como “no sabía” “no quería” o “no pretendía”… pues lo buscado y conseguido es plenamente deducible de una actuación realizada con la alevosía necesaria para exigir que se repare la humillación y desprecio  producido.

            No queda aquí la cosa. Podemos advertir en estos momentos como firmes defensores del mundo animal se recrean con la muerte de un torero en pleno ruedo. El ser humano muestra lo feroz que esconde dentro de sí, alegrándose de este resultado pues, como se venía defendiendo con total énfasis, no debe permitirse el maltrato animal. Y, una vez más, el medio utilizado para mostrar lo que se piensa y repartir cuantos improperios se nos antojen, son las redes sociales. “Ahí va eso”, dirían los iluminados del momento.

           Querida libertad de expresión, cuan linda es tu alcance pues permites que el parlanchín exteriorice lo que esconde dentro. Sobre todo porque nos ayuda a estar alertas de esos bocazas que están dispuestos a disfrutar con la manipulación de las palabras para conducirlas a la humillación y a la vejación de otros sujetos. Pero como se dice, “por la boca muere el pez”. También el ser humano.

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