Badajoz y sus puentes

            No digo nada nuevo si afirmo que el río Guadiana ha supuesto siempre para Badajoz la arteria que daba sentido a una ciudad, sirviendo de sustento tanto en los momentos de paz como en los períodos en que la ciudad sufrió asedios. Por una orilla y por otra, la ciudad ha ido extendiéndose, y los que lucimos canas hemos podido comprobar cómo el rio se convertía en lugar de encuentro y convivencia, una especie de enorme piscina natural en el que una y otra orilla mantenían su contacto permanente con esos barcos que permanentemente facilitaban el desplazamiento para ir a la Playa de Amigos de Badajoz o para situarse en la zona concurrida del Embarcadero; después sufrir un lamentable olvido con un deterioro impropio, para estar actualmente en el punto de mira de las  actuaciones de expansión con mejoras en los márgenes con la loable intención que los ciudadanos y visitantes disfruten de un lugar francamente maravilloso.

           Igualmente hemos podido comprobar cómo de un único puente que permitía el tránsito entre tierras a disponer de cuatro y con la necesidad de que pueda seguir avanzando la ciudad con nuevas infraestructuras que le doten a la ciudad de esos enlaces que precisa.

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            En mis paseos por la ciudad llega el momento de hacerlo por los puentes existentes, historia viva de los distintos momentos y vivencias de la localidad. Espero que mi relato permita resaltar lo que de por sí es visible, sobre todo porque esta ciudad merece el reconocimiento a la belleza que nos brinda cada día.

            El punto de inicio lo hago en las laderas de la Alcazaba, a la bajada de la calle Suárez de Figueroa, y en el que tres poetas extremeños se ven reflejados en piedra para hacer ver a la ciudad que el arte y la naturaleza se aúnan para regocijo de los presentes. Efectivamente, en la rotonda de acceso al puente de la Autonomía luce el gran conjunto escultórico de los Tres Poetas, obra del escultor local Luis Martínez Giraldo, que fue inaugurada a finales del 2003 y pesa más de 70.000 kg. Rinde homenaje a tres poetas: Jesús Delgado Valhondo, Manuel Pacheco y Luis Alvarez Lencero. El artista ha esculpido en bronce las cabezas de cada uno de ellos y las ha incrustado en un brazo que apunta sobre tres tomos de libros de grandes dimensiones, de granito, mármol y de pizarra. La explicación de este conjunto de cabezas y libros la dio en su momento el escultor: “el artista no es nada sin su obra”. En la misma se leen las siguientes frases: “Mi río tiene nombre de mujer y se llama Guadiana (Pacheco)”, “El Guadiana, con falda siempre llena de cielos (Valhondo)” y “Sólo tengo un corazón tan grande como el Guadiana (Lencero)”.

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            El preludio es relevante, y nos hace introducirnos en el primer puente que recorremos en nuestro paseo. El puente de la Autonomía es el más reducido de los cuatro existentes. Fue erigido en 1990 (la construcción se inició en 1988), tratándose de una obra moderna de diseño funcional, sin alardes estéticos, con muy escasa elevación sobre el cauce. Su función es la de dar salida a la zona este del casco histórico, con la clara intención de hacerla más cercana al visitante por cuanto que enlaza con la carretera que une a Badajoz con Cáceres. La obra, un proyecto de Javier Manterola y la oficina Carlos Fernández Casado, ejecutada por Huarte y Carija, bajo la dirección de obra de José María Villalba Cuesta.

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            La construcción tiene 320 metros de longitud por 20,50 metros de ancho, con dos carriles en cada sentido y un espacio para las aceras de tres metros cada una. La altura quizás no se ala más apropiada y se ha podido comprobar cómo en varias ocasiones ha tenido que cerrar al tráfico debido a las riadas que amenazaban con cubrirlo (en las trágicas inundaciones de 1997 le faltó medio metro para que el nivel de agua lo rebasara).

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            Para llegar al segundo puente me introduzco en el reciente paseo establecido en la margen derecha del río, un verdadero lujo que permite aprovechar al máximo el recorrido fluvial con la fabulosa obra que facilita a los ciudadanos disfrutar de este nuevo pulmón de la ciudad. Su extensión abarca de azud a azud (de la Pesquera a la Granadilla), cuatro kilómetros en el que el tiempo hará que luzca con mayor intensidad si se tiene en cuenta que se encuentran plantados en este recorrido 70 especies distintas de árboles y 40 de arbustos. En su recorrido hay cinco zonas de juegos infantiles, varias para practicar gimnasia y pistas deportivas. Entre ellas, una de voley playa.

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              Llego así a las inmediaciones del puente de Palmas, el más antiguo de Badajoz, advirtiendo una gran manada de patos que se agrupan en este entorno para recibir los parabienes de los ciudadanos que se acercan para disfrutar de este espectáculo.

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             La subida al puente lo hago a través de la remodelada Puerta de San Vicente, que como reza en la placa ilustrativa que tiene a su entrada, fue durante más de dos siglos una de las principales puertas de acceso a la ciudad y la única situada en la margen derecha del Guadiana. Permitía acceder al interior del hornabeque por su zona este, y desde aquí al puente de Palmas. Una construcción realizada en torno a 1665. Contaba con una garita con ladronera, es decir, un voladizo con el suelo aspillerado para observar desde arriba el acceso a la puerta. Dispone también de un pequeño cuerpo de guardia en su parte interior, para el control de la puerta que, como todas las de la fortificación de la ciudad, se cerraban al caer la noche. Perdió su función a finales del siglo XIX cuando se prolongó el tablero del puente de Palmas por encima del hornabeque.

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                    Hornabeque

            En este entorno aparece igualmente recuperada la antigua Fuente de la Rana, que solamente recordarán los de cierta edad pues aquí acudían los vecinos a recoger agua cuando todavía no se disponía de una completa canalización.

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                El puente de Palmas (conocido también como puente Viejo) data del año 1460, construido en mampostería y piedra recubierta con un falso despiece. Cuenta con veintiocho arcos, resultando inseparable de la puerta de Palmas, con la que comparte la condición de ser uno de los monumentos más representativos de Badajoz. Desde su construcción inicial ha experimentado numerosas reconstrucciones para restaurar los desperfectos producidos por las distintas crecidas del río, conservando siempre su carácter de obra medieval. La última reconstrucción se realizó en 1880, tras quedar casi derruido por la gran crecida del río de 1876, fecha en la que además de levantar de nuevo ocho arcos caídos, se le añadieron cuatro nuevos en el lado derecho, se abrieron los ocho ojos de buey del mismo lado (para permitir que pase el agua en momentos de fuertes crecidas), y se dispusieron los castilletes de la zona media.

               En 1905 se le añadieron unos pasos volados laterales para ampliar la calzada  una artística barandilla de hierro, elementos ambos eliminados en la reforma realizada en el año 2000, a partir de cuyo momento pasó a ser puente peatonal. Aún recuerdo aquellos días en que la circulación colapsaba el puente y hoy todavía no me explico cómo podían cruzarse en su recorrido dos autobuses urbanas; mi primera práctica de conducción, con el famoso seat 600 la hice cruzando este puente. Afortunadamente hoy el cruce de personas es sosegado y permite disfrutar de este recorrido, amén de salvaguardar a la estructura de un peso que no era apropiado.

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               La panorámica que ofrece es excepcional con la vista de la Alcazaba sobre el fondo de un lateral y al otro lado la parte más moderna de la ciudad. Conforme avanzo advierto cada vez más cercana la bella puerta de Palmas, uno de los monumentos más relevantes de la ciudad.

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               Se trata de una de las antiguas puertas de la fortificación, dispuesta en el siglo XV frente al puente como entrada monumental a la ciudad. En sus orígenes aparecía integrada en las murallas, pero a principios del siglo XX fue separada de ellas para abrir pasos laterales, quedando como obra exenta. En su momento albergaba un resguardo militar, y durante ciertas épocas fue utilizada como prisión. Hoy se encuentra remodeladatras una polémica restauración que se hizo hace años y que no ha sido del agrado de todos los historiadores.

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             Se compone de dos torreones almenados de mampostería recubiertos por un característico almohadillado, ceñidos arriba y abajo por un vistoso cordón manuelino de granito, recuerdo de los alarifes portugueses que la construyeron. Entre ellos se abre el arco de paso, que hasta mediados del siglo XX se cerraba desde la puesta de sol hasta el amanecer. La fachada exterior, de factura renacentista, presenta una atractiva bóveda acasetonada bajo la que se despliega un gran escudo de Carlos V, y en menor tamaño el originario de la ciudad, comuesto por un león; y por encima, dos medallones con las efigies del Emperador y la reina Juana, y una inscripción dedicada a Felipe II con la fecha 1551, que no es la de su construcción.

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                Por el otro lado, en su fachada interior, erigida en el siglo XVIII a modo de retablo en arquitectura popular de pretensión clasicista, está presidida por una capilla, también renacentista, descubierta en 1960 tras permanecer tapiada durante varios siglos, en la que se aloja una imagen moderna de la Virgen de los Ángeles que sustituye a la original, perdida en el pasado.

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               Al fondo, tras la puerta, se advierte una elegante plaza presidida por lo que en su momento fue una fuente, la primera fuente pública inaugurada en la capital, en el entonces conocido como Campo de la Cruz, por aquello de que en este lugar fundaría su hospital la antigua Cofradía de Vera Cruz. El entorno de la plaza aparece urbanizada desde el año 1880, aunque con posterioridad haya experimentado distintas remodelaciones, incluida la propia fuente.

              Vuelvo a las inmediaciones del puente de Palmas para dirigirme por el paseo fluvial de la margen izquierda del río en dirección al puente de la Universidad, construido en el año 1960, de amplia y moderna estructura de cemento. De ahí que durante el tiempo que existió junto al puente de Palmas fueran conocidos ambos como el puente Nuevo y el Viejo, respectivamente.

              El paseo fluvial se prolonga a lo largo de la orilla izquierda del Guadiana siguiendo su curso desde el puente de la Autonomía hasta el Real, en un agradable recorrido que permite el paseo y la circulación en bicicleta.

             Deja ver las obras que se vienen realizando en el margen del río y que, sin duda, en su momento, engrandecerá el paso del río y la posibilidad del disfrute por los pacenses por uno y otro margen de las orillas. También fue objeto de numerosas protestas cuando se realizaban estos tramos por aquello de que se consideraba un abuso del cemento y las losetas, aunque en la actualidad, tal y como van aconteciendo las cosas bien parece que la consideración global merecerá la aprobación mayoritaria de los ciudadanos. Desde mi punto de visto creo que se está prestando una atención al río, algo que era de extrema necesidad para poderlo disfrutar. Solo queda que se hagan los esfuerzos posibles para que el dichoso camalote que ha colonizado el río pueda ser erradicado, si no se quiere que lo invada íntegramente. La imagen que ahora mismo da es manifiestamente mejorable y preocupante.

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          El puente de la Universidad es el segundo que se construyó en la ciudad, quinientos años después del primero, y mide 587 metros de longitud con un total de 21 arcos. El ancho del puente es de 19 metros, 14 de calzada que permiten dos carriles en cada sentido, y amplias aceras de 2,5 metros. Encarrila las avenidas de Santa Marina y la Autovía N-V hacia Portugal, constituyendo una de las salidas naturales hacia el país vecino.

            El nombre de puente de la Universidad, con el que fue bautizado posteriormente, viene como consecuencia de ser la vía que inicialmente conectaba la ciudad en la extensión de la margen izquierda con el recorrido natural hacia la división del campus de la Universidad de Extremadura en la localidad de Badajoz.

           Pero también servía para que acercarse al espectáculo deportivo que brindaba el viejo Vivero, campo de fútbol que cubría las grandes tardes de un club deportivo Badajoz que por momentos ha vivido momentos de gloria y que, en la actualidad, a pesar de contar con un nuevo estadio deportivo municipal en la zona más moderna de la ciudad, no acompaña con los éxitos deportivos que merecería tener a un equipo en una división acorde con la prestancia de esta ciudad. Ni que decir de esas fiestas de San Juan en la que el viejo Vivero acogía a los mejores equipos del panorama mundial para ganarse ese precioso Trofeo Ibérico que tanta fama daba a la ciudad. El puente quedaba saturado de vehículos para llegar al campo de fútbol, y sus aceras llenas de personas que circulaban con entusiasmo para el acontecimiento deportivo.

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          Volviendo al puente, en su recorrido puede advertirse las mejoras que se han producido en la margen derecha del río. El nuevo embarcadero construido dentro del proyecto de recuperación de la orilla derecha del río Guadiana, a su paso por Badajoz, ya cuenta con un pantalán, recientemente instalado por la Confederación Hidrográfica del Guadiana.

Y desde esta misma posición mientras caminamos por el puente, desde el otro lado, advertimos la continuación de ese parque del Guadiana que prosigue por su margen derecha y que nos sirve ahora para dirigirnos hacia el último de los puentes existentes en la actualidad en Badajoz.

          Efectivamente, este último tramo del parque del Guadiana es de espectacular recorrido, una gozada para el caminante y que no permite transitar con absoluta comodidad para alcanzar el esplendor del puente Real, el más moderno de la ciudad y que, sin duda, representa el aire moderno y progresista de una ciudad que crece y se adapta a los tiempos. Se inauguró en 1994, y acoge este nombre porque fueron los Reyes de España los que dos años antes pusieron la primera piedra en el inicio de la construcción.

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          La necesidad de contar con un nuevo nexo de unión entre las nuevas barriadas, centros e instalaciones que a ritmo creciente proliferaban, y aun hoy siguen haciéndolo, a ambos lados del Guadiana, hacia poniente, llevaron a ver cumplida esta necesidad de contar con el puente que se sitúa como prolongación de la avenida de Sinforiano Madroñero, la más importante del Badajoz moderno, para desembocar en la de Elvas, que conduce a la Universidad, a los nuevos centros comerciales, y a Portugal.

             La construcción es avanzada en su diseño, con un modelo de puente atirantado, de 452 metros de longitud y una anchura de 23 metros, con cuatro carriles para vehículos, las correspondientes aceras y también carriles para bicicletas. El componente más sobresaliente es el elevado pilono central, en forma de horquilla, con más de 80 metros de altura. Vista desde la lejanía, su silueta evoca la de una inmensa arpa recortada sobre los hermosos celajes que los atardeceres originan hacia poniente, que bien cabe considerar como el símbolo del Badajoz moderno, máxime cuando a su lado, para acompañarle en esa simbología de progresión, se alza el concebido como Edificio Siglo XXI (diseñado por el arquitecto Antonio Lamela en colaboración con el estudio británico Hook), una torre majestuosa originariamente concebida para sede de la entonces existente Caja Badajoz, y que hoy presenta las dificultades propias de su mantenimiento. El edificio tiene una altura total de 82,63 m (entre Planta Baja y Planta 16ª). En la actualidad representa un centro cultural de referencia en la región, acorde con las actividades que programa la Fundación Caja Badajoz.

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         Me vuelvo por la margen izquierda del río Guadiana, por el paseo fluvial, pero antes miro a lo lejos en la dirección opuesta para advertir que a unos 500 metros aguas abajo del puente Real, un pequeño azud eleva unos metros el nivel del río a su paso por la ciudad, ocasionando un amplio lago natural que engrandece su paso y embellece sus orillas. La zona del azud, por la riqueza de su fauna está clasificada como zona protegida (Zona CEPA).

           En mi vuelta por el paseo fluvial se divisa otro edificio de importancia, junto a la torre referida, que acoge la Biblioteca Pública del Estado, realzando aún más el lugar. Y durante el curso del paseo unas pilastras históricas separan la orilla del nivel que tiene con el Polígono de la Paz, lugar que tanto hemos podido visitar desde muchos años atrás y que hoy se magnifica con la presencia de ese puente y su bella estampa desde cualquiera de sus inmediaciones.

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            En el final del trayecto me encuentro con tres estatuas culturales. Las dos primeras, a la altura del suelo, en tallas realizadas en bronce, a tamaño natural, para representar a los conquistadores Francisco Pizarro (conquistador  del Perú) y Pedro de Alvarado (conquistador de México, Guatemala y El Salvador, además de ser lugarteniente de Hernán Cortés), obras de Estanislao García Olivares. Fueron colocadas en el año 2003.

Concluyo el paseo a la altura nuevamente del puente de la Universidad, para recrearme con el monumento realizado al pintor Adelardo Covarsí. Se trata de una hermosa composición de sus famosas escenas de caza, tan presente en sus obras, y que en este caso se integra por varias recias figuras en piedra, obra del escultor emeritense de fama universal, Juan de Ávalos, colocada en este lugar en el año 1968.

           La obra consta, básicamente, de dos partes complementarias. Por un lado, y a mano izquierda, un obelisco pétreo sostiene una placa fundida en bronce donde figura en bajo relieve el retrato del artista honrado. A su derecha, un conjunto de diversas esculturas en bulto redondo fabricadas en piedra rememoran una escena de caza, temática preferida y que hizo popular al pintor pacense, donde los dos principales personajes, tras regresar de la montería, se descubren ante la efigie del artista que tanto les inmortalizó con sus pinceles. Cierran el conjunto cinegético otros dos monteros que llaman y recogen a la jauría de perros cazadores que los acompañaron en su batida.

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Un comentario en “Badajoz y sus puentes

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