Disconformes consigo mismo

             Observar cómo actúa el ser humano me lleva a detectar que uno de los aspectos que más inciden en nuestro estado de ánimo es el grado de disconformidad que presentamos con nosotros mismos. Digo ello por cuanto es casi una constante en el ser humano mirarse en el espejo de la vida para descubrir que no estamos del todo agradecido con lo que somos y cómo somos. Siempre hay una pega para estar insatisfechos y, por ende, para descubrir que lo que está alrededor nuestro siempre es mejor.

             Y no lo digo solo por el físico, que de por sí es una muestra casi unánime de que siempre hay algo en nuestro cuerpo que nos gustaría cambiar. emociones-toxicas-5-285x300Y si no que se lo digan a esas clínicas que reciben a diario a multitud de personas deseosas de que se les cambie algo. No he podido encontrar a alguien que defienda abiertamente estar satisfecha con lo que Dios le ha dado. Y si lo dicen es por puro conformismo cuando no compasión consigo mismo. Somos esclavos de nuestras sombras y parece que es consustancial a nuestra existencia. Hasta los afortunados por la madre naturaleza muestran siempre algún recelo hacia parte de su fisonomía. El ser humano busca más, en una loca pasión que le impide parar en su obsesión.

           Tampoco mostramos una total conformidad con nuestra forma de ser. Hay una frase que dicha por un infatigable viajero e investigador Eckhart Tolle, muestra la crudeza en la que nos movemos: “Los seres humanos son una especie peligrosamente loca y muy enferma”. Denota el poder que nos invade para querer ser algo diferente a lo que somos, o a presentarnos de forma diferente como lo hacemos. Sólo un grupo afortunado de personas con una autoestima elevada llegan a superar este difícil obstáculo. Los desafíos de la vida son las pruebas a las que nos sometemos, y seguro que cada uno de nosotros tenemos mucho que decir al respecto, porque si de verdad nos paramos a pensar, descubrimos que guardamos una forma de ser muy distinta a la que nos esforzamos por hacer ver a los demás, y solo el reparo de que nos las descubran hace que no queramos reconocerlo. Sí, como no, el teatro de la vida.

          El caso es que esta disconformidad consigo mismo y el descubrimiento de lo que nos gustaría ser, conduce a la forma con la que actuamos. En el mejor de los casos, enfatizamos lo que para  nosotros puede ser el modelo ideal y surge el amor hacia lo bello, hacia el prototipo de actuación que nos hace aprender y que nos lleva a seguirlo para intentar acercarnos al objetivo de parecernos a lo que es nuestro ideal.

          Pero en otro extremo, nos sorprende ese modelo negativamente, y surge una reacción virulenta. Unos sentimientos que nos impiden ser felices con nosotros mismos. Unas emociones que nos fustigan para que mostremos cada vez más inseguridades e ir desplomándonos poco a poco. Son lo que vienen a concebirse como emociones tóxicas. La ansiedad, el enfado, la angustia, la tristeza se convierten en actitudes depredadoras  cuando llegan a ser crónicas, esto es constantes en nuestra forma de ser y actuar.

            Pero si hay dos emociones con un grado de toxicidad elevado, y por desgracia nada infrecuente, son la envidia y el odio. sophia-loren_jayne-mansfield1A veces se dice, para distraer la atención, que se tiene una envidia sana para mostrar una faceta positiva en el sentido de agradar tanto lo que tienen los demás que gustaría poseerlo, pero sin mala intención. Pero realmente muestra un recelo que puede ser de mayor o menor intensidad. Cuando ya se convierte en obsesiva  subimos un nuevo escalón y entra de lleno el odio, que es la emoción que mayor carga negativa arrastra, donde ya se intenta cualquier forma de enfrentamiento y, en el colmo de lo impúdico, al deseo desenfrenado de destruir todo lo que, en definitiva, era nuestro modelo idílico. Como ya dijera Miguel de Unamuno, “La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual“. Una contradicción que sin duda merece el estudio de profesionales para intentar explicar lo que a priori parece que no encuentra respuesta, más que aquella que responde a lo complicado que resulta ser el ser humano, cuando no, como se ha dicho, que los siete pecados capitales están dentro de todos nosotros pero depende mucho de nuestra propia fuerza de voluntad para evitar convertirnos en esclavos de ellos.

odio

           La disconformidad consigo mismo hace evidente que se traduzca en una disconformidad con todo lo que nos rodea. El enfrentamiento humano parece tan natural como para divisar en cualquier foro que el raciocinio se pierde para quedar a poco espacio de una agresividad mayor. Tan patético como que hacemos muy poco por reconducir nuestra actitud, y bien parece que ese grado de bajeza con la que actúa el ser humano en todos los órdenes que queramos analizar, se vuelve en algo tan esperpéntico como cotidiano.

           Ojalá llegue el momento de divisar la luz pues en presencia de la misma la oscuridad no puede sobrevivir. Como siempre, es una opinión personal de las cosas que veo que discurren por la vida y que, obviamente, está sometida a otras perspectivas.

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