La sociedad líquida

             El pasado 9 de enero nos dejaba el sociólogo polaco Zygmunt Bauman  -que en el año 2010 recibiera el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades-, y con él, como así resaltan los medios de comunicación, baumanse apaga una de las voces más críticas con la sociedad contemporánea, individualista y despiadada, a la que definió como la “modernidad líquida“, por ser aquella en la que ya nada es sólido. Resaltaba su doctrina cómo los pilares sólidos que surgían en la posguerra (un estado fuerte, una familia estable, un empleo indefinido, una comunidad) se han licuado hasta crear un individualismo desenfrenado, en el que -como advirtiera también Umberto Eco– “nadie es ya compañero de camino de nadie, sino antagonista del que hay que guardarse“.

            Citar a estas dos grandes pensadores de Europa, lleva a centrarme en el tema que sirviera a sus reflexiones del momento que vivimos, y que sin el docto tratamiento sociológico y filosófico de la cuestión que imprimieran estas voces tan autorizadas, aparece en la boca del ciudadano corriente que igualmente detecta que se encuentra en un mundo bastante alocado, donde la presión social hace tocar los cimientos de la comunidad, encontrando un incipiente estado de subjetivismo máximo que está minando las bases de la modernidad.

           Si Bauman fuera el precursor de la idea de “modernidad líquida” desde su obra cumbre del año 2000, calificando la situación  como momento histórico que determina una era de cambio y movimiento constante, en la que el ser humano está huérfano de referencias consistentes y busca identidades a las que aferrarse, Umberto Eco dejaba escrita pocos días antes de su fallecimiento en 2016 la obra que a título póstumo ha visto la luz, bajo el título “De la estupidez a la locura“, conteniendo diversos artículos publicados en la prensa durante los último quince años, y que ahora seleccionaba personalmente para anunciarnos una serie de crónicas sobre el futuro que nos espera y, en especial, en lo que ahora interesa, hace una primera reflexión en su obra sobre esta sociedad líquida que vivimos, en la que se pierde la certeza del derecho (la magistratura se percibe como enemiga), “y las únicas soluciones para el individuo sin puntos de referencia son aparecer sea como sea, aparecer como valor, y el consumismo“, pero este “no tiende a la posesión de objetos de deseo con los que contentarse, sino que inmediatamente los vuelve obsoletos, y el individuo pasa de un consumo a otro en una especie de bulimia sin objeto (el nuevo teléfono móvil nos ofrece poquísimas prestaciones nuevas respecto al viejo, pero el viejo tiene que ir al desguace para participar en esta orgía del deseo)”.

SPETT.UMBERTO ECO A NAPOLI
(SUD FOTO SERGIO SIANO)

            No se puede introducir tanta carga de profundidad con estas magistrales frases, alusivas a una situación actual en la que, evidentemente, algo se postula como diferente a la que consideramos etapa modernista, y que hace aflorar una vida líquida, todavía no consagrada con una nominación apropiada para su definición póstuma, donde nuestros acuerdos son temporales, pasajeros, válidos solo hasta prontamente pues la certeza queda perdida, conscientes de que no queremos lo actual pero sin saber todavía qué pretendemos en realidad. Se busca algo que no tiene horizonte definido, y por ello mismo surge la traba general al considerar que destruyendo lo presente se puede ir despejando el camino para llegar al nuevo mundo. La convivencia se hace tremendamente difícil y mucho más si se quiere dirigir el cotarro. Porque mesías surgen sin descanso, investidos con la aureola del predicamento, incluso para enfrentarse entre ellos mismos por no coincidir en los pasos que deben darse.

              De ahí que a la colectividad generalizada le cueste entender lo que ocurre, con una manifiesta crisis de ideologías y de los propios partidos políticos, ante una precariedad evidente de la misma sociedad. Así cuesta entender que los militantes de partidos políticos cambien, sin más, y de un día para otro, sus propios postulados ideológicos, y ser tránsfuga ya no se ve con el mismo prisma que podría hacerse de antaño. Hoy, quien pretenda encasillar a un grupo, desde una actitud impulsiva y manifiestamente mafiosa, está condenado al fracaso porque lo licuo elimina imposiciones. Lo volátil, el humo, se superpone a cualquier intento de solidez.

sociedad-liquida

            Los sujetos protagonistas de esta película son difíciles de encasillar porque, como vengo refiriendo, son personas que actúan con una especie de consigna antisistema pero que no pueden identificarse con otros movimientos o grupos al uso común conocidos, denominados como anarquistas, fascistas o de otra índole. Los actuantes del momento que vivimos no se sabe qué dirección quieren tomar, y ni ellos mismos se definen o concretan, y de ahí que podamos ver a sujetos sumamente críticos con todo lo que se presenta delante de ellos pero sin intervenir para proponer soluciones o tomar una determinada dirección. Lo abstracto, lo líquido, puede a cualquier intento de solidez o idea de globalización. De ahí que, para justificar la esencia de su presencia, contradictoriamente se escuden en movimientos asamblearios a los que se pretende atribuir la dirección que toman. Como si importara el colectivo, cuando realmente se pretende conferir a la individualidad el máximo galardón. Todo un fenómeno que se muestra como una nebulosa que envuelve la existencia misma de un Estado y de la globalización.

              ¿Se puede sobrevivir a ello? Umberto Eco nos dejó su impronta para hacerlo, que es justamente la de “ser conscientes de que vivimos en una sociedad líquida que, para ser entendida y tal vez superada, exige nuevos instrumentos”. La cuestión es que podamos llegar a comprender el fenómeno, tarea no exenta de una enorme dificultad. Por lo pronto, no parece que los interlocutores del movimiento sean los apropiados para hacérnoslo ver, cómo tampoco son finos los que pudieran convenir actuaciones que ayuden a superarla. Y de ahí, que sin entender la doctrina o buscar mecanismos para hacerla olvidarla, puede resultar tremendamente complicado encontrar soluciones. Con todo, estoy convencido que, por mucho que desespere la situación, la inteligencia que se presupone tiene el ser humano sabrá encontrar los instrumentos adecuados para reconducir el trayecto.

Un humilde homenaje-recuerdo a los maestros citados.

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