Del cotilleo a los juicios de valor y los juicios paralelos

            Viene siendo una costumbre muy arraigada en nuestro país cotillear sobre lo  que pasa en la acera de enfrente, por aquello de que saliendo un determinado entramado va “de flor en flor” hasta subvertir el mensaje con el añadido que se hace en cada estación. Empieza por “he oído” para añadir “no se cuanta verdad habrá en ello” y finalizar con la lengua afilada para colgar el sambenito oportuno. Aumentan cuanto pueda tener una mente de fantasiosa, para poco a poco convertirse en “sabes que…” determinante de una certeza en cuanto sale de las afirmaciones que se viertan sin rubor alguno, acrecentadas lo que se ha podido. Claro que eso de “no se digas a nadie” es el claro mensaje de “difunde pero no digas la fuente de donde procede la información”.

           Cuanto tiene esto de popular y de chabacano, lo es la dificultad de contrarrestarlo por aquello de que hay mucha gente ociosa –con mucho tiempo para la invención mental- y chismosa, deseosa de formar corrillos para cortar los trajes. Pero ocurre que la vida y la sociedad evoluciona hasta extremos de que este chismorreo aparece en televisiones y medios de comunicación, en gran medida sin escrúpulos para descuartizar al que le toque.

              Pero todo evoluciona, y llegamos el alarmante momento que vivimos. Ya no se cotillea sino que se habla con dotes de saberlo todo y empiezan los juicios de valor. Al que le toque ya puede pedir a la clemencia del tiempo para que pase el tornado cuanto antes, y si intentas meterte en el bullicio lo más probable es que salgas malparado -triturado diría yo- porque las adversidades van a ser tantas que te parecerá estar enfrentándote a un ejército que no pierde efectivos en la enconada batalla.

JUICIO FINAL - El-juicio-final

            Y un paso más viene cuando salen los investigados, imputados o simplemente llamados a la presencia judicial para dilucidar los hechos que determinen una condena o el sobreseimiento de la causa que se ventila. El pueblo llano, por todos los medios a su alcance, inicia un juicio paralelo que termina tan rápido como quisiéramos que funcionaran los tribunales de justicia. La condena está asegurada cuando sea la persona detectable que deseamos ver en lo más profundo de los infiernos; distinto será el caso de aquéllas otras que creemos a pies juntillas y por mucho mal que pudieran haber infringido, la aureola que le envuelve les convierte en dignos representantes de ideales perseguidos, “mártires de la persecución”.

           No tengo intención de aludir a casos concretos o referirme a políticos y sujetos de los que han caído en el pozo de la corruptela, pues ya hay bastante lectura en todos los medios que tenemos a nuestro alcance como para que me caldee la cabeza con la indignación que produce, dándole todavía más publicidad. Lo hago simplemente por lo difícil que me resulta asumir que estemos en un momento donde cualquiera que se vea en un proceso judicial o disciplinario, va a verse catalogado desde un primer momento como “delincuente”, utilizando el término en sentido amplio de la palabra y no circunscrito a condena penal.

            Las redes sociales funcionan, y si una persona entra meramente en un procedimiento iniciado en su empresa, para probar hechos y deducir consecuencias disciplinarias si fueran procedentes, inmediatamente recibirá “la ayuda” del que pretende hundirlo en la miseria con su implacable mensaje que le hace culpable, o simplemente tratando de adherirse al afectado para hacer ver la injusticia que supone este cauce emprendido, pero sin reparo alguno para publicitar y exponer a todo el que no se haya enterado ya, que hay un empleado inmerso en un proceso que a priori se encauza como inquisitorio. Lamentablemente, estos valedores de la libertad de expresión e información olvidan que para hablar hay que tener certeza de lo que se dice, conocer todo lo que concierne al asunto, amén de que nunca pueden dejar de lado principios tan sagrados como el de inocencia o el respeto a los derechos fundamentales de los afectados. A veces, mejor callar. Pero eso va contra natura del cotilleo ilustrado que ahora se preconiza.

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