La prepotencia del ego

            En la realidad humana resulta conveniente tener cierta dosis de autoestima que ayude a desenvolverse en la vida sin el temor a sucumbir en las relaciones con los demás. Ocurre que -y esto es constatable- los seres humanos enseguida nos acostumbramos al escalón subido y resulta complicado mantenerse sin querer aspirar rápidamente a más. Y así llega un momento en que consideramos que nuestro propio desarrollo ya no necesita de los demás ni de su reconocimiento pues la aureola genera distanciamiento. Cuantas más carencias personales se tengan, más probabilidad existe de que surja ese status impositivo.

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            La historia nos da oportunidad de conocer esta especie de simbiosis, y muchos han sido los seres humanos que han impuesto su veneración incluso como dioses (emperadores romanos, faraones egipcios, …), como deidades de la religión oficial. O imbuidos de la prepotencia de sentirse por encima de los demás para pretender acogerlos en su manto imperialista, sin necesidad de una explícita o implícita aceptación ajena. Al fin y al cabo todo se hace por el bien de los demás, al menos eso es lo que les mueve pero que en realidad esconde un ego incontrolable. Un pensamiento propio de una patología grave que, por lo demás, no es infrecuente encontrarlo, eso sí con el ámbito máximo que puede alcanzarse en la parcela en que se desenvuelve.

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           En el terreno llano, y en todos los niveles que pretendamos examinar, siempre encontramos a individuos que partiendo de un comportamiento razonable, se transforman en las relaciones que mantienen con los demás. Normalmente ocurre cuando el sujeto en cuestión alcanza algún tipo de autoridad o prestigio que le hace generar una especie de caparazón que implica adquirir relevancia sobre otros.

            Martín Buber, un pensador judío que nació en Austria y más tarde se fue a vivir a Israel, es famoso por su filosofía de las relaciones y entre sus postulados prevé que el individuo, en sus relaciones con los demás, adopta dos tipos: “Yo y Tú”, “Yo y Ello”. En ambos casos se trata de relaciones entre yo y los demás, en el primer caso para aludir a una relación de cercanía, de estar juntos, sin distancia que los separe y por tanto sin tratar de impresionarle sino simplemente de estar con los demás; en el segundo caso, las relaciones son distantes, fragmentarias, parciales, sin vivir con los demás sino sólo con ello.

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            No es difícil encontrar a ciertos personajes a los que un pueril sistema de selección, o una torticera decisión empresarial o gubernativa, les ha otorgado el tratamiento de mandos de organizaciones para desarrollar un engreimiento que determina marcar diferencias cada vez más pronunciadas con los compañeros de trabajo. No se está junto a ellos sino solamente con ellos, de modo que su fantasía mental les otorga el privilegio de considerar que están imbuidos de todas las verdades sobre lo humano y lo divino, tanto más cuanto más suba el ego para considerar que si algo se ha logrado ha sido por su intervención y no por el esfuerzo o valía ajena.

         Estos ídolos de sí mismo suelen rodearse cuando no se les acercan con cierta habilidad los que conociendo esta debilidad le muestran permanentes alabanzas. Vamos, pelotilleros con espolones. Supone que el santimbanqui egocéntrico dimensione cada vez más su prepotencia, firmemente convencido de que su modo de hacer las cosas es la clave de los éxitos. A la postre no deja de ser curioso el teatro en el que se escenifica la cuestión: el engreído y los burlones que le alaban.

           Llegados a este punto es complicado superar la hostil ceguera en la que se penetra. Para el pensador y speaker Javier Fernández Aguado, “es tal la ceguera que provoca el cerrilismo que lo de menos es la bandera a la que sirve, y lo que más el hacerlo con porfía inalterable”. Ya no parece que exista marcha atrás y siempre se lanzarán los dardos sobre los demás antes que asumir un error propio.

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          La humildad es claramente la mejor arma que posee el ser humano. Con ella se emprenden batallas y se ganan cuando verdaderamente se merece. Con humildad se puede crecer y construir la propia personalidad, y con humildad en el trato hacia los demás se adquiere su reconocimiento para posibilitar la aceptación que, cuando merecida, no presenta dificultad alguna. Y es que, en definitiva, cada uno es lo que sucede de la interacción que tiene con otras personas, en el buen entendimiento que no puede serlo manipulándolas, sino como resultado del modo en que se trata a los demás. Así se encontrará a los verdaderos exitosos de la vida.

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