Aprender de la filosofía del kaizen

             Me causa cierta desazón comprobar cómo en los tiempos que vivimos la gente procura conseguir los objetivos de manera inmediata. Eso de la paciencia y el tesón ya no se estila tanto y bien parece, no sé si por la educación recibida o por los ejemplos de los codazos que experimentamos en el camino, todos procuran llegar a la cúspide lo más rápido que sea posible, a cualquier precio.

           Otros, por el contrario, se arrinconan en la contumaz convicción de que les resulta imposible emprender cualquier progreso, frenando toda iniciativa que pudiera llevarle a madurar y avanzar.

          Me esmero en la medida de las posibilidades que me permite organizar a los recursos humanos que pudieran estar alrededor mío en infundir una idea totalmente diferente. Entre un extremo y otro existen posiciones aconsejables. La importancia se centra en el trabajo del día a día, en cumplir objetivos próximos, mirar el horizonte sin desazón para convenir que se puede llegar con el paso corto. Más claro, recoger la cosecha exige la siembra previa y mimar la tierra, con la paciencia necesaria para ver el resultado esperado, cuando tenga que llegar.

          Pero como digo, cuando explicas o intentas dar esta enseñanza, te suelen mirar extrañados porque mañana está muy lejos y mejor desearlo hoy, o por qué cambiar si estamos bien donde estamos y siempre lo hemos hecho así. Los conceptos de revolución y conflicto son los que se imponen, bien para arrasar todo lo que se encuentre por delante, o para negarse a cualquier tipo de impulso. Una arraigada cultura occidental basada en lo tremendo y que me cuesta asumirla, aunque a veces me resulte imposible cambiar ciertas mentes ancladas en siglos atrás.

          Sin embargo, los mismos que actúan así suelen admirar cuando ven a los orientales progresar sin tantos aspavientos excesivamente positivos o contumaces en la negatividad. Miramos a esas hormiguitas trabajando y progresar pero solemos atribuirlo a explotaciones de mafias, a infrahumanas condiciones de vida, salarios deplorables, abusos de poder, y todos los improperios que se nos ocurran. Muchas veces atendiendo a la vista sin conocer el fondo. Pero cuando vemos a empresas japonesas o chinas que se vienen comiendo el mercado internacional, ni siquiera nos paramos a pensar que pueda existir otra motivación propia de una cultura que podría ser objeto de análisis.

            Por lo pronto voy a contar algo que detecto en cuantos viajes realizo, sea donde sea. Veo infinidad de jóvenes orientales que viajan con su mochila y se las arreglan por el mundo para conocer culturas diferentes a las suyas, y progresar en sus conocimientos y habilidades humanas para poder desenvolverse sin la tutoría familiar o estatal. Parece como si en las enseñanzas que reciben tengan asignaturas de obligado curso, cual pudieran ser inmiscuirse en países diferentes a los suyos para concebir un aprendizaje que les permita volcarlos luego en la mejora de su propia cultura. Jóvenes que caminan, leen cuanto se les pone por delante, hacen fotografías de todo, visitan museos con la brillantez de sus ojos, comen solos o acompañados sin complejo alguno en restaurantes y sitios públicos, con total soltura.

          A qué viene este inciso. Pues sencillamente para intentar encontrar el espíritu que subyace en su condición para comprender luego lo que se proyecta en las concepciones laborales que tiene este personal, en cuyo ámbito puede comprobarse cómo adoptan unos principios básicos para mejorar personalmente.

         Ello me lleva a reparar en lo que se denomina filosofía del kaizen, esto es, una forma de pensar que parece ser la base que ha permitido llegar a la exitosa industria japonesa de los tiempos recientes. Un término acuñado en 1986 por Masaaki Imai, un teórico y economista nipón especializado en la gestión de empresas. La filosofía comparte dos términos: “kai”, como cambio o acción de enmendar, y “zen”, como bueno, mejor beneficioso. La traducción más acorde lo es con la concepción de “mejora continua” y que acude como motor vital a las acciones concretas, simples y poco onerosas. Es decir, renovar, llegar a conseguir el objetivo, con la constancia y continuidad, a través de pequeños pasos. La perseverancia como factor para conseguir resultados. Como diría Antonio Machado, “se hace camino al andar”.

pequeños retos

           Los cambios, la consecución de objetivos llegan con los retos sencillos, que son los que el cerebro maneja mejor. La ansiedad, el deseo de avanzar sin control y medición del tiempo conlleva un estrés impropio, desmotivando y conduciendo a la desazón por no obtener lo que parecía tan fácil.

         Me gustaría valorar esta filosofía marcando unos pasos que nos ayuden a la mejor comprensión de la metodología y en la forma de aplicarla. Para ello hagamos un simulacro de cómo hacer más fácil nuestro día a día:

1º) Plantearse las metas definiendo el paso inmediato.

         Esas dificultades y problemas de trascendencia que nos abordan cuando menos esperamos en la vida o en el trabajo no pueden llevarnos a la desesperación por considerar que resulta imposible abordarlas. Si nuestra visión pasa por solventarlo de inmediato seguro que el resultado será que el miedo nos inunde y, como consecuencia de ello, nos inhibamos de inmediato.

           Los problemas, los retos, pasan por definir una primera acción, un primer paso para afrontarlo. Aunque sea nimio, esta inicial actuación no puede demorarse. Algo que nos acerque un poco más al objetivo final. Nos introducimos así en el camino a seguir.

caminando-con-Dios

          Comprobaremos que esta es una actuación positiva que el cerebro asimila y que nos aleja de esa radical postura que nos condujera a pensar en el “no puedo”.

          Si tu reto es llegar lo más alto que puedas en la profesión que tienes, sin duda no abuses de tus pretensiones con el deseo de hacerlas realidad prontamente. Como el corredor de fondo, hay que iniciar la carrera dosificando las fuerzas y no dejarse llevar por lo que veamos en otros, que a veces no son tan listos como pensamos. Nuestro trote debe llevar la progresión necesaria para que aquello que parecía imposible al final pueda ser una realidad.

         Si eres un trabajador que inicia la actividad laboral, no pretendas compararte de inmediato con el compañero que lleve tiempo en el mismo radio de acción. La experiencia seguro que juega a su favor y medirte con él supondría simplemente marcarte retos que te resultarán imposibles. Llegará el momento que lo consigas, pero el paso corto y los retos posibles deben hacernos caminar con los pies en el suelo.

2º) Cuando se tropieza, que sea en un pequeño bache. 

           El camino es largo y a veces surgen los contratiempos. Me marqué un pequeño reto pero aun así, tropecé. Cometí un error. Es normal, y no debe llevarnos al pesimismo. Todos cometemos errores (tendría que preocuparnos lo contrario) pues son los que nos ayudan a enmendar el curso del camino. Aprendamos de ellos, de esa lección que nos da la vida.

Art-80-error

           La perfección no existe, aunque en la actualidad se hable mucho de la excelencia para referirse a la considerable calidad que convierte a un individuo u objeto en merecedor de una estima y aprecio elevados. Lo que nos toca vivir, dentro de una normalidad, es el continuo avance, sobreponiéndose a los entuertos y dificultades que se nos presenten en el recorrido. Ahí es donde debemos trabajar para que nada nos lleve al círculo vicioso de la culpa, el arrepentimiento y el pesimismo.

            Caminando con el paso medido hará que el posible tropiezo no sea definitivo. Que no nos impida recuperar el aliento para seguir avanzando.

3º) Alimenta la autoestima con pequeños estímulos.

            El camino será largo pero nuestros retos medidos deben servir para aumentar la ilusión cada vez que vayamos alcanzándolos. No esperes el premio de los otros, aprende a premiarte a ti mismo. ¿Cómo? Pues sencillamente apreciando los pequeños detalles de la vida. La felicidad completa del ser humano pasa por pequeños detalles que, sumados todos, consiguen enriquecer tu autoestima.

           El premio no es el mes de vacaciones que saboreemos al año con total entusiasmo y plenitud, sino el que cada día nos damos, gozando de ese aperitivo que nos podamos permitir, dedicando unas horas al ocio (deporte, arte, cultura –para gustos no hay nada escrito-). El premio que la vida da a quienes saben disfrutarla. Conseguir un reto, aunque sea ínfimo, y reconocerlo nos da fuerza para emprender otro.

4º)  Atender las señales que se nos presentan.

          En la vida se nos presentan pequeños detalles que a veces pasan desapercibidos para nosotros simplemente porque no los apreciamos como debiéramos. El bienestar externo que experimentamos influye sobremanera en el camino de nuestra vida y profesión. Aprovechémoslo, porque para impulsar nuestro caminar vale todo soplo de viento que vaya a nuestras espaldas.

          El intercambio de opiniones con compañeros que vayan en el mismo trayecto es igualmente aconsejable. Pensemos que nuestras capacidades son limitadas y a veces apoyarnos en el consejo, opinión o visión de quien vive tus mismas experiencias constituyen pequeños pasos para posibilitar el progreso.

          Creo que he podido reflejar lo que pretendía. Lo pequeño, cuando se acumula con otros, lo hace grande. La vida personal y profesional resultará más fácil de llevar si el camino se fragmenta en trayectos posibles de completar con las fuerzas que hoy tenemos.

2 comentarios en “Aprender de la filosofía del kaizen

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