Por tierras gallegas

          El noroeste de la península ibérica presenta uno de los lugares más hermosos que puedan visitarse, con un interior esencialmente montañoso en el que el verde se muestra en sus diversas tonalidades, y un litoral surcado por numerosas rías en donde se deja sentir la acción moderada del mar. La historia se revela en edificaciones de variada arquitectura y en las joyas monumentales que atesora. No puede resultar extraño por todo ello que su gastronomía esté marcada por el carácter marítimo de la región, donde los exquisitos mariscos y pescados se preparan con el mimo que la tradición permite a los lugareños, para degustarla después acompañándola de sus suaves y jóvenes vinos como el Albariño o el Ribeiro.

        Así es Galicia y así la he encontrado en uno de esos viajes que, sin durar gran tiempo, permite aprovecharlo con toda intensidad pues así lo aconseja la sucesión de lugares que hacen admirarla y prestar especial atención. Si además se hace con la plena entrega de anfitriones y  la agradable presencia de buenos compañeros y amigos, el resultado no puede ser otro que disfrutar de lo que la vista y el gusto deparan.

         Mi relato se ciñe a esos recónditos lugares que ahora tengo la oportunidad de visitar, sin olvidar que la extensión de la región muestra mayores ejemplos de riqueza que quedan ahora relegadas a futuras visitas que, si se me permite, no dejaré de aprovechar cuando se me presenten.

           Tras llegar por tierras portuguesas y cruzar el municipio de Tuy, situado en la parte oriental de la comarca del Bajo Miño (provincia de Pontevedra), llego a Vigo, la ciudad gallega más poblada, y que se encuentra abierta al mar. La entrada me permite advertir la existencia de el precioso monumento de Los Caballos (Os Cabalos, en gallego), que fue realizado en 1991 por el escultor Juan José Oliveira Viéitez. Se trata de cinco caballos que ascienden por un torrente de agua en espiral. El monumento, realizado en bronce, con casi 20 metros de altura juega con las curvas y la fuerza expresiva de los animales. A los pies de la escultura hay un estanque de 10 metros de diámetro. La escultura pretende homenajear a los caballos salvajes que poblaban el monte del Castro en la antigüedad y que aún hoy pueden hallarse en los montes de los alrededores de la ciudad. No puedo negar que los monumentos ecuestres me apasionan y no dudo en reparar en conocer los existentes allá donde voy.

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        La primera fachada de la ciudad se abre al mar para mostrar bellos edificios eclécticos, modernistas y racionalistas, con el club Náutico que acoge en sus pantalanes, a yates y veleros de todas las banderas, compartiendo aguas con las embarcaciones de cientos de aficionados locales que han hecho del mar su entretenimiento favorito.

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         En este primer tramo del paseo marítimo de Vigo se encuentra la Estación Marítima de Ría, punto de partida para hacer excursiones a las islas de Ciés, Cangas y Moaña, y el muelle de Trasatlánticos, al que llegan los más grandes y suntuosos barcos de cruceros de todo el mundo. En sus inmediaciones me encuentro ahora con un precioso Galeón que deleita la vista con un pasado próximo que hace pensar cómo fueran las embarcaciones de antaño que se introducían en las bravas aguas del Atlántico. Se trata de la réplica de los históricos galeones, construido en España en el año 2009; un imponente navío de 55 metros de eslora, madera de iroko y pino, 4 palos, 930 m2 de superficie vélica en sus siete velas, que como museo flotante de nuestra cultura marítima más universal, recorre el mundo difundiendo la historia de los galeones españoles.

             Una de las esculturas de Vigo más emblemáticas es la de El Nadador situada al borde de la Ría de Vigo. Constituye el impactante reconocimiento del escultor Francisco Leiro al esfuerzo de los nadadores. Se trata de un conjunto escultórico de bronce formado por varias piezas que parecen parcialmente  sumergidas en el pavimento de la zona portuaria de Vigo.

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          Si se sigue caminando por el paseo marítimo nos encontramos con el Real Club Náutico, a cuya entrada se sitúa la estatua de Julio Verne. Del por qué el autor de Veinte mil leguas de viaje submarino tiene un monumento aquí, encuentra su justificación en el hecho de que le dedicara a Vigo y a su ría un capítulo de su novela.

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         La segunda escultura de Francisco Leiro, dedicada al nadador, se encuentra en la Praza da Estrela, que representa en este caso al nadador ya en el agua, con el esfuerzo marcado en su rostro de bronce.

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        Tras la fachada marítima nos adentramos en la ciudad para visitar una segunda línea igualmente atractiva. Un jardín de camelias y magnolias, ya centenarios, conforman la alameda de la plaza de Compostela.

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         En sus inmediaciones, y por la calle Carral, se entra en el centro histórico, el Casco Vello, a través de la calle Gamboa, donde en el pasado estaba una de las puertas de la muralla.

         Pronto nos encontramos con la Concatedral de Santa María, que está en la plaza de la Iglesia (Praza de Igrexa), y que constituye el monumento religioso más importante de Vigo. Su construcción es del siglo XIX y es de estilo neoclásico, aunque posee elementos barrocos como sus torres. Destaca por la sobriedad y sencillez que posee y el entorno que lo rodea.

      Desde este punto salen tres recorridos imprescindibles. El primero lo es hacia el Mercado de A. Pedra, un lugar que tiene un pasado turbio pues aquí se daban cita estraperlistas, contrabandistas y todos cuantos buscaban en el mercado negro lo que la escasez de la posguerra no proporcionaba. Hoy ya no tiene ese halo de misterio y clandestinidad y constituye un lugar apropiado para encontrar productos típicos y de importación. A sus pies se encuentra la calle Pescadeiras, donde podemos deleitarnos con las “ostreiras” que se sirven con hábiles manos y diestro cuchillo.

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          El segundo recorrido desde la Concatedral lo constituye la calle Real, con estructura medieval: estrecha, sinuosa y con ensanchamientos puntuales que forman pequeñas plazas en la que desembocan otras calles del casco viejo. Tiene un carácter pétreo debido al enlosado y a las edificaciones que la delimitan que en su mayoría están construidas en piedra. Su trazado permite observar que se conservan varias edificaciones de diferentes estilos arquitectónicos. Está salpicada de casas señoriales, como las de Bárcena, Pazos y Figueroa y, sobre todo, la Casa de Arines o Ceta, la más antigua y emblemática del barrio histórico vigués, del siglo XV, y hoy sede del Instituto Camôes de la lengua portuguesa.

           El tercer recorrido es ascendente, por la calle Triunfo que desemboca en la plaza de la Constitución, la mayor y más emblemática del Vigo antiguo. La plaza tiene planta rectangular y está rodeada de edificios antiguos de piedra con soportales y balcones con rejería de forja. En esta plaza también se encuentran algunos edificios de interés como el antiguo Ayuntamiento, la casa natal de Casto Méndez Núñez y el blasón de la familia Arines. En el centro se puede ver la réplica de la primera farola que dio luz en Vigo.

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 Vigo, Casco Viejo, Galicia, España

        Y en sus inmediaciones la plaza Princesa, conocida antiguamente como Pescadería debido a que era el lugar donde se celebraba el mercado del pescado. Fue inaugurada en 1816 y en 1852 adoptó su nombre actual. Es la puerta de entrada al casco viejo de la ciudad y punto de encuentro de miles de personas. En el centro de la plaza hay una fuente monumental que recuerda la reconquista de la ciudad.

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     Nada más abandonar la plaza de la Constitución nos hallamos en la Porta do Sol, antigua puerta de la muralla y que hoy es punto de encuentro central en Vigo, nexo entre el casco histórico y el ensanche. En este entorno nos encontramos con una imponente escultura de Francisco Leiro, denominada “El Sireno”, una especie de mezcla entre ser humano y pez que dirige su mirada al mar. A sus pies se encuentra la Casa Galega de Cultura.

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        Si se remonta por Elduayen, llegaremos al Paseo de Alfonso XII, una calle muy corta en la que se encuentra el principal símbolo de la ciudad, el olivo, y un balcón urbano desde el que es posible seguir el rumbo de todos los barcos que entran y salen del puerto.

      Volviendo a ese punto que marca la Porta do Sol nos encontramos con dos calles paralelas que merecen visitarse. Una, la calle peatonal del Príncipe, típicamente comercial, y que culmina con una preciosa Farola, ya en la concebida como calle Urzáiz. La Farola es una obra de Jenaro de la Fuente y constituye un monumento centenario de Vigo, que se instaló en su actual emplazamiento a mediados del siglo XX. Este impresionante monumento de piedra y hierro fundido, lleno de brazos de luz colgantes, es uno de los tesoros del patrimonio civil de Vigo.

        La calle paralela es la de Policarpo Sanz, todo un repertorio de la arquitectura del siglo XIX y primero del XX. Si tomamos esta calle y avanzamos luego por García Barbón, veremos que la sucesión de edificios de fachada bien labrada es tónica general. Son ejemplos de la arquitectura eclecista, como el edificio García Barbón (1926), hoy sede del Centro Cultural AFUNDACIÓN VIGO, obra de Antonio Palacios. A su lado, la Casa de Artes (de estilo racionalista) de Romualdo de Madariaga y la Sala de Exposición AFUNDACIÓN VIGO, que completa su oferta cultural en la ciudad con el Teatro Fraga ABANCA.

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      Pero el mar nos atrae sobremanera, hasta el punto que perseguimos introducirnos en él para ver algo más de este entorno de la villa ciudad de Vigo. La Ría atrae y ello permite advertir la existencia de las Islas Cíes, corazón del Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas Atlánticas de Galicia. Las Cíes son un paraíso para las aves que anidan en sus acantilados, para las especies vegetales autóctonas, y para los visitantes a los que contadamente se permite acceder.

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      Las Cíes son tres islas. Dos unidas por un arenal (la playa de Rodas “la mejor playa del mundo”, según The Guardian), en medio del cual hay una pequeña laguna. Son las islas Norte o Monteaguado e isla do Faro. La tercera, la isla Sur o San Martio, no está comunicada por ninguna línea regular. Existen varias rutas perfectamente señalizadas para recorrer las distintas partes de la Isla y visitar sus espectaculares miradores.

       La Ría de Vigo es igualmente foco de leyendas y testigo de innumerables relatos de corsarios, monjes templarios, cruentas batallas, tesoros ocultos y viajeros llegados de tierras lejanas. Mediante un crucero que te permite recrearte con las maravillosas vistas que ofrece la ciudad desde el mar, atravesamos el estrecho de Rande, no sin divisar previamente las famosas bateas o mejilloneras, que son estructuras para el cultivo de bivalvos propias de las rías gallegas. Dispuestas ordenadamente junto a la costa, estas grandes plataformas de maderas hacen colgar maromas en las que se cría uno de los mayores tesoros de Vigo: las ostras y los mejillones. Los imponentes barcos “bateiros” levantan con sus grúas las pesadas sogas cargadas de moluscos.

        En el lugar donde la ría se estrecha hasta los 800 metros, se construyó en tres años, entre 1974 y 1977, aunque no se abriera hasta principios de la década de los ochenta, el Puente de Rande, que permite a los habitantes de las comarcas de Vigo y del Morrazo la comunicación y el tránsito del comercio entre estas dos tierras. El gigantesco puente ha permitido eliminar un trayecto de 45 km por carretera estrecha y lleno de curvas. Su altura es de 40 metros en pleamar, suficiente para que cualquier barco pueda transitar bajo él. Se trata de un puente de 1.558 metros de longitud formado por un puente central y dos viaductos de acceso. Los dos viaductos de acceso están formados por dos vigas de cajón continuas, una por cada calzada, de hormigón pretensado. La longitud total de los viaductos es de 863 metros. El puente central es un puente metálico atirantado con disposición de cables en abanico y dos planos de cables. En la actualidad se encuentra en proceso de ensanche de carriles, para permitir una mayor celeridad en el tránsito de vehículos.

        Tras atravesar el puente llegamos a las Islas de San Simón y San Atón, que fueron habitadas desde el medievo hasta el siglo XVIII por diferentes órdenes religiosas, amén de ser testigo en el siglo XVI de las incursiones corsarias de Francis Drake, y en 1702 de la Batalla de Rande, uno de los episodios más conocidos de la Guerra de Sucesión Española.

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      Cuando te vas acercando a ellas descubres que la envuelve el misterio, máxime si, como ocurre en mi caso, lo es ya oscureciendo. En su interior encuentras una densa población vegetal que rodea a algunas construcciones levantadas entre el siglo XIX y X cuando se utilizó este idílico lugar como lazareto marítimo. Personas procedentes de lugares exóticos permanecen aquí como medida de prevención ante el contagio de enfermedades. Los grandes avances en investigación sanitaria hicieron que el lazareto fuese quedando poco a poco en desuso, hasta que en 1927 se cierra definitivamente. Pero en el fatídico año de 1936, con el estallido de la Guerra Civil, se transforma este lugar en cárcel de presos políticos, hasta el año 1943. Miles de personas estuvieron aquí, aisladas y encerradas en condiciones precarias. En 1955 en las islas se estableció el Hogar para niños huérfanos de marineros y familias con pocos recursos. Posteriormente, a partir de 1963 las islas sufren un gran abandono, con la ruina de sus estancias, hasta que en 1997 se redacta un Plan Director que ha permitido que estas islas, con su alto valor histórico y ambiental se hayan puesto al servicio de la sociedad, y aquí se desarrollan a lo largo de todo el año actividades de tipo social y cultural.

       Recorriendo las inmediaciones a Vigo se hace imprescindible una visita a la bella capital de Pontevedra, siempre al socaire de las grandes joyas gallegas pero que también tiene su propio encanto. Mi visita es igualmente rápida y a horas donde la oscuridad cubre la ciudad, pero recorrer su casco antiguo se erige en algo necesario. Y no sólo el indudable interés de sus monumentos, sino por ese armonioso conjunto de casas nobles blasonadas, soportales y plazas que mantienen una fuerte vitalidad urbana. Como reza un dicho gallego, “Pontevedra dá de beber a quen pasa”, dando con ello muestra de la esencia que preside esta ciudad: la hospitalidad.

        En el centro del casco antiguo se sitúa la plaza de España, en la que se encuentra el Ayuntamiento, en una edificación ecléctica construida en el siglo XIX. En su fachada principal se definen cuatro pares de columnas, con frontones en las puertas, así como un balcón y el reloj. Y frente a él se extiende la alameda, un amplio paseo frente al cual se encuentran las ruinas medievales del convento de Santo Domingo (siglo XIV), conjunto declarado Monumento Nacional. El convento conserva la iglesia gótica de más de cien metros de longitud, destacando de ella la fachada con un gran rosetón y numerosos sepulcros y tumbas de pontevedreses ilustres.

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     Es este bello paseo nocturno llegamos al Santuario de la Peregrina (del siglo XVIII), que guarda la imagen de la patrona de la ciudad. De planta casi redonda y con fachada barroca con varios añadidos neoclásicos del siglo XVIII. Y enfrente a este templo se encuentra la popular plaza de la Ferrería, que está rodeada de destacados edificios como la iglesia convento de San Francisco, construido en estilo ojival tardío entre los siglos IV y XV.

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         El recorrido que seguimos por Pontevedra discurre por típicas calles comerciales con nombres de gremios y plazas de granito como la del Teucro, la de Cinco Calles o la de la Verdura, y a escasos metros de esta la plaza Méndez Núñez, en la que tuve el placer de saludar y hacerme una fotografía con el famoso escritor gallego Valle Inclán, aunque claro está lo fue a la estatua en bronce que se erige en su honor.

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        Llegamos a la basílica de Santa María, que fue construida en el siglo XVI por el gremio de mareantes (navegantes). El grandioso templo renacentista alcanzó un gran refinamiento en sus formas. En la parte externa, único elemento que he podido apreciar, sobresale su fachada principal. Una de las joyas del arte gallego.

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          En la plaza de la Leña puede apreciarse un conjunto típico y de carácter popular, con casas de buena cantería granítica,  soportales, galerías y un cruceiro en el centro que conforman una de las postales más conocidas de la urbe. Lugar donde se encuentra el Museo de Pontevedra, que muy a mi pesar no he podido visitar por lo tardío del horario de mi visita y la corta estancia en la ciudad.

      Un adiós a la capital gallega para comenzar un nuevo día visitando otros bellos lugares gallegos. Ahora el camino lleva a atravesar Orense para dirigirnos a la Ribeira Sacra, uno de los lugares más singulares de Galicia y que constituye uno de los mayores tesoros escondidos de la península ibérica, a orillos del río Miño y del Sil. Un lugar donde los ríos, el paisaje, la existencia de monumentos románicos y sus milenarios viñedos forman un atractivo destino.

        En estos parajes, en muchos puntos bucólicos, en otros agrestes, se establecieron en los comienzos del cristianismo monjes y eremitas para practicar la vida ascética. Estos asentamientos dieron lugar, con el paso del tiempo, a florecientes conventos que irradiaron arte, cultura y progreso material a toda Galicia. De ahí el nombre Ribeira Sacra, del que existe constancia escrita desde el siglo XII.

          Entre los conventos visito ahora el de Santo Estevo de Ribas de Sil, que hoy en día se encuentra rehabilitado e integrado en la red de Paradores Nacionales. Un centro de poder no sólo religioso, ya que su abad fue durante siglos el encargado de impartir justicia y nombrar escribanos y oficiales de aduana. Se cree que el origen del monasterio se remonta a los siglos VI y VII. En él se aprecian claramente los estilos barroco y románico, con tres impresionantes claustros, uno románico, uno gótico y otro renacentista. La belleza y monumentalidad del edificio han hecho que fuese declarado Monumento Histórico Artístico en el año 1923.

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     La iglesia monástica es de un estilo románico muy tardío. Tiene tres amplias naves con arcos apuntados que finaliza en cabecera de tres ábsides, con la curiosidad se ser los laterales más altos que el central.

    En el interior es destacable un precioso retablo pétreo románico de forma pentagonal con Cristo en el centro y los doce Apóstoles que lo flanquean bajo arquerías. Es muy posible que originalmente, esta pieza fuese parte del tímpano de una portada.

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    El Monasterio conserva uno de los pocos claustros románicos (llamado “de los Obispos”) de toda Galicia, aunque con alteraciones del siglo XVI. El piso bajo es el románico aunque con pesados contrafuertes rematado en pináculos tardogóticos para compensar el peso del piso superior. Estos contrafuertes rompen la armonía y regularidad de las arcadas románicas de este claustro. Las austeras arquerías de medio punto apoyan sobre parejas de columnas con capiteles de fustes esbeltos y capiteles de decoración vegetal. Por encima se construyó, a partir del siglo XVI, otra galería gótico-renacentista con arcos carpaneles y cresterías.

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       En la historia de este monasterio me llamó la atención el hecho de que entre los siglos X y XII alcanzara una gran popularidad debido a las peregrinaciones motivadas por los nueve obispos que decidieron acabar allí sus días (Ansurio y Vimarasio, de Orense; Gonzalo Osorio y Froalengo, de Coimbra; Servando, Viliulfo y Pelayo, de Iria; Alfonso, de Astorga y Orense; y Pedro, del que no se conoce su diócesis), y que consiguieron fama de santidad. Los anillos de estos prelados se guardaron en una arqueta de plata y fueron venerados como reliquias.

        Las causas de esta concentración de obispos en este lugar pueden encontrarse, en algunos casos en la huida que tuvieron que hacer desde sus sedes debido a la invasión musulmana, y en otros, seguramente en la búsqueda de una vida ajena a los valores de la sociedad terrenal, algo muy frecuente en este momento. Sus mitras aparecen reflejadas en el escudo del monasterio, que puede verse en la monumental fachada renacentista que da acceso a las dependencias monásticas.

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          En los últimos kilómetros antes de desembocar en el Miño, a la altura de la aldea de Os Peares, el Sil fluye en la frontera entre las provincias de Lugo y Ourense a lo largo de un profundo cañón, formado hace millones de años y que en algunos puntos consigue una profundidad de 500 metros, creando de este modo un paisaje impresionante al que accedemos mediante el recorrido en catamarán, debido a la posibilidad de resultar navegable por la construcción de varios embalses, en un tramo de 40 kms. En las alturas del cañón abundan los miradores naturales colgados sobre el río, atalayas ideales para la contemplación de un paisaje de inusual belleza.

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       La vegetación de la ribera se compone de robles, castaños, abedules y alisos, además de retamas, tojos y codesos. Entre los cultivos destacan los viñedos, dispuestos en bancales, a veces acompañados de cipreses.

        Un paseo que, dejando ir la imaginación y advirtiendo siluetas en las rocas que permiten apreciar cuando pueda ocurrirse, y que me hace concluir este repaso, que aun siendo ligero, deja el sabor de lo bello de esta parte de las tierras gallegas.

7 comentarios en “Por tierras gallegas

  1. Este artículo me ha venido como anillo al dedo, ya que el próximo viernes salgo para pasar 10 días en tierras gallegas. Haré noches en Pontevedra, Santiago de Compostela y A Coruña. Me ha encantado y tomo nota de cosas que ver en Vigo y Pontevedra… Gracias!

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