Cuestión de confianza

        En lo cotidiano es significativo advertir cómo nos movemos desde un impulso interno que permite ir en la dirección que consideramos adecuada para conseguir ese loable objetivo que representa la felicidad. Aunque sea cierto que no siempre se alcanza, porque el trayecto es sinuoso, lleno de trabas que dificultan avanzar, es más que evidente que esa es la esencia en la que nos movemos como seres humanos. Pero al mismo tiempo somos sociables, por lo que conectar con nuestros semejantes es, igualmente, y salvo casos de rareza inusitada, una voluntad que deseamos. Desde la más ínfima y cercana relación con una pareja hasta la extensión a mayores efectivos con los que moverse; se busca el acercamiento, lo que supone que no valga cualquier manada. La convivencia debe venir desde el acomodo que supone la tranquilidad y seguridad que nos inspiren los demás.

          Tanto en un caso (individual) como en otro (colectiva), el elemento que lo preside es la denominada confianza, un término que se representa en esa doble esfera a la que nos referimos: confianza en sí mismo, y confianza que nos inspiran los demás y la que nosotros damos a estos. Porque con ello lo que se mueve es la fortaleza de la fe necesaria con la que se actúa para creer que conseguimos nuestro propósito y para poder convivir con los demás congéneres. Si nos fijamos, el éxito del grupo se muestra con mayor profusión desde la fuerza que existe en los lazos de unión de sus componentes. Una vinculación que es fruto de la confianza que se deposita e inspira. En general, se ha dicho que la confianza es una necesidad emocional que se expresa de forma racional y que nos permite relacionarnos con los demás, al mismo tiempo que identifica nuestros valores.

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         No es un tema baladí porque, si nos detenemos para pensarlo, todo se desenvuelve en torno a la confianza. O acaso no lo es que nos montemos en un autobús y estemos tranquilos con la pericia que presuponemos tiene quien conduce; que nos amoldemos a los monitores para incluso tirarnos en un paracaídas sin haberlo hecho nunca; o que aceptemos ingerir alimentos en restaurantes que pisamos por primera vez. Cualquier paso que demos lo hacemos basándonos en la confianza que nos inspira nuestra decisión y la de someternos a otros. Como se suele decir, el vínculo social es lo que explica el desarrollo, y la unión de los miembros se fundamenta en la mutua confianza.

       Si, por el contrario, no tenemos fortalecida esa confianza nos movemos llenos de recelos que conducen al temor, al malestar o a la insatisfacción. Dudamos de todo y nos reprimimos hasta el extremo de cohibir e impedir que actuemos con soltura, paralizando las acciones hasta llegar incluso al sufrimiento. Las malas experiencias vividas anteriormente nos mediatizan la mar de las veces en esa transparencia que debe presidir la confianza, por lo que a veces se llegan a mantener meras relaciones superficiales, insípidas, sin la entrega que exige para generar un escenario positivo y agradable.

      La confianza se encuentra presente también en el mundo laboral. Hoy en día, que tanto se habla de liderazgo, no puede ser entendido sin una actitud bidireccional con sus trabajadores. La identidad del equipo, ganada a través de la confianza entre sus integrantes, es lo que brinda a todos sus miembros la sensación de pertenencia a la empresa y a la organización, cuestión nada fácil si este valor no mantiene su viveza. A diferencia de modelos que, por fortuna, ya están erradicados, el momento presente exige que existan líderes eficaces que confíen en las capacidades de sus dirigidos y las cultiven y exploten al máximo, logrando que ellos mismos crezcan.

      Si nos atenemos a las relaciones comerciales igualmente pulula en el aire la conveniencia de desarrollar la confianza mutua entre quien vende y quien compra. El comerciante espabilado lo tiene claro: si el cliente se va insatisfecho no vuelve y además propagará su descontento. Por el contrario, si se genera confianza el negocio está asegurado. Y eso que los tiempos modernos ya se muestran más proclives al distanciamiento pues, a diferencia de esos momentos en que podía resultar tan cercana la relación con el cliente como para fiarse con la mera palabra, ahora el gran comerciante -sobre todo- desconfía de la voluntad de su cliente si no aporta la liquidez simultánea a la operación y, a lo sumo, le convierte en deudor aportando el oportuno aval por medio de entidad financiera.

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        En las relaciones amorosas, el acuerdo sentimental se basa en la confianza mutua. En términos poéticos, se entrega el corazón, aunque los tiempos modernos también hagan que la separación de bienes se convierta en una premisa de los vínculos jurídicos entre la pareja. Se busca mantener espacios propios, a veces tan necesarios para no confundir cómo debe ser llevada la vida en común. La relación y su vínculo no constituyen una atadura y, si se confunden los casos, al final se pone a prueba la confianza.

         Qué decir de la política y esos gobernantes tan proclives a pedir la confianza y luego defraudar a sus votantes. W. Churchill aludía a la sociedad democrática como aquella en que el individuo puede sentirse seguro, confiar y dormir tranquilo. Pero a veces esto es complicado conseguirlo. En términos jurídicos, y para restaurar lo perdido, junto a la concebida como moción de censura se instaura el sistema basado en la cuestión de la confianza, esto es, un mecanismo de control de la actividad política del gobierno por el que se persigue renovar la confianza de la cámara.

           Con todo, la confianza se gana con mil actos y se pierde con solo uno. Y lo peor de todo es que, cuando se pierde, es difícil de restablecer. Mantener la confianza implica reciprocidad, y cuando uno se mira el ombligo y no cuida lo que ha conseguido, es fácil que llegue a una situación irreversible. No es fácil, y el individualismo exacerbado deteriora las relaciones humanas y aflora la desconfianza y todo se torna más triste y duro.

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        La conducta negativa del trabajador puede generar que se pierda la confianza y justifique decisiones como el despido. Cuando la convicción y la seguridad de poder contar con ese otro deja ya de existir, el amor se vuelve insostenible. Cuando una población deja de confiar en sus instituciones y en sus políticos, la democracia se resiente y tambalea.

         Dejar la confianza en manos de la suerte, sin alimentarla permanentemente, supone tanto como perderla. El camino recorrido no admite retorno. Y, al final, seremos presos de nuestra biografía. Porque cuando se establece una relación de mutua confianza se está firmando un pacto, y quien lo incumpla comete un fraude, especialmente incisivo cuando uno se aprovecha y abusa del otro en quien dice confiar.

          Mejor conocer el terreno que se pisa.

4 comentarios en “Cuestión de confianza

  1. Si, la confianza es de los mejores regalos que se pueden dar! Que una persona se la de a otra, que una ciudad segura se la de a sus ciudadanos, incluso la confianza que nos dan nuestras mascotas es invaluable. Por eso la traición a la confianza es el círculo más hondo del Infierno de Dante, una vez que se pierde, costará bastante recuperarla!
    Saludos!!

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  2. Es cierto que todo, cualquier relación de nuestra Sociedad se basa en una confianza mutua entre unos y otros; cada uno tiene y asume roles en esta vida, de emisor y de receptor y todos sabemos que la confianza sin “control” puede llevar a unas situaciones insostenibles, como puede pasar hoy día con los políticos (determinados) en los que han aprovechado esa “confianza” para hacer de su capa un sayo. Igual podemos trasladar al mundo empresarial donde hay que cuidar la confianza que te da el comprador, alimentando continuamente y colmando sus expectativas como cliente. No vale el café para todos, cada uno, su propio café que satisfaga sus necesidades.

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