El culto a la imagen

          Al igual que sucediera con otros derechos de la personalidad (honor, intimidad), el relativo a la propia imagen no adquiere sustantividad propia en el Ordenamiento jurídico español hasta la promulgación de la Constitución de 1978, que le atribuye el carácter de derecho fundamental, derivado de la dignidad de la persona. Una configuración que es universal en cuanto coincidente con el propio avance tecnológico, y precisamente por ello encuentra sus orígenes en la segunda mitad del siglo XIX con el surgimiento de la fotografía.

        La imagen se distingue así de otros derechos igualmente amparados en que tiene un rasgo que destaca al hacer referencia a lo puramente externo, en contraposición a la intimidad, como faceta de un derecho a que no sean desvelados aspectos intrínsecos a la propia esfera personal y familiar; y al honor, donde pueden tratarse aspectos externos o internos, pero lesivos de la dignidad personal. Con todo, el derecho a la imagen une a su dimensión moral otra dimensión propia, como es la económica o patrimonial, por virtud de la cual el titular del derecho puede autorizar o consentir en la captación y publicación de su propia imagen, incluso a título oneroso, y sin que ello signifique que renuncien totalmente a su derecho como bien jurídico constitucionalmente protegido, sino que, mediante su autorización o consentimiento, está permitiendo lo que de otra forma podría ser una intromisión ilegítima en este derecho fundamental.

       Se conforma así un componente económico, patrimonial o, más severamente, comercial, que posibilita cesiones parciales del derecho, y que resulta especialmente significativo en personas con fama pública, como pueden serlo actores o deportistas, en el entendimiento que esta explotación encuentra su propio límite en la moralidad que impregna el derecho fundamental, que es irrenunciable.

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           Es más, lo que en otros tiempos sería una faceta pública deshonrosa, hoy en día se invierte hasta tal punto que ya nadie pone en duda que explotar económicamente su imagen es un testimonio de éxito, como un derecho que reconoce a personas notorias o a aquéllas cuyos bienes de personalidad tienen un valor especial.

        Hasta aquí no descubrimos más que una realidad conocida, sobre todo porque somos conocedores, en especial, de que esos famosos deportistas a los que ensalzamos con entusiasmo, unen a su contrato de trabajo otro propio de explotación de su imagen, y que vienen siendo objeto de sonoras polémicas por las operaciones que se diseñan al respecto, en muchos casos intentando evitar los impuestos que les afectan, a veces con un encadenamiento de sociedades con las que se pretende llevar lo convenido económicamente a un determinado paraíso fiscal que minimice o anule el carácter impositivo.

        Pero si esto nos ha descubierto un nuevo panorama en lo que atañe a los derechos que tenemos las personas, lo que quizás nos resulte más llamativo es el postureo y difusión gratuita de nuestra imagen por las redes sociales. Tenemos una verdadera obsesión por captar los instantes que vivimos para inmediatamente después divulgarla. No todo el mundo está dispuesto a esta generosa cesión de nuestra fisonomía pero una buena parte de la población participa de esta idea y proyección. Claro que, en todo caso, nos encontramos ante una divulgación de la imagen consentida por el titular, elemento singular y relevante para que pueda captarse y difundirse, salvo que, como ha venido reconociendo la doctrina jurisprudencial existente al respecto, la imagen fuera captada de forma incidental y accesoria, esto es, sin que sea objeto principal su captación. La casuística puede deducirse a priori: un espectador en la multitud de una grada de un estadio, los jugadores y árbitros que conforman el decorado del principal cuya toma ha sido consentida, el tránsito por una calle pública, y un sinfín de supuestos imaginables. No cabe una construcción dogmática sobre los casos concretos, sino que habrá que buscar la solución pragmática a medida que se planteen y conozcan todos los detalles.

        Puede decirse que la imagen es cada vez objeto de una mayor atención para fines diversos. Ahora son los políticos, cualquiera que sea su posición en el partido en el que se integren, los que no dudan en absoluto en divulgar imágenes tras imágenes para cualquier paso que den. Como adolescentes con ganas de notoriedad. En cuentas oficiales del partido de que se trate o personales de cada uno. pero en todo caso tienen un claro trasfondo político. Obedecen a claras consignas publicitarias de los responsables de comunicación que no faltan en sus líneas, obligando a un postureo tan exacerbado como para que el comentario que se haga junto a la imagen, el vestuario que se tenga o el corte de pelo a lucir, se conviertan en elementos de especial atención. Claros montajes intentando acercar el personaje al pueblo: el paseo matutino, la acaricia a animales de compañía, el acercamiento a niños o personas de edad, el recorrido por sitios buscados a propósito, el esfuerzo haciendo running o montando en bicicleta, los comienzos de tertulias televisivas, la presencia en sitios públicos de concurrencia, en barrios marginales, y un sinfín de aspectos y lugares que convenientemente buscados, y ayudados de un vestuario y los complementos apropiados, conforman una imagen que intenta meterse de lleno en el corazón y mente de los que la visionan. Una cesión de la imagen, por supuesto consentida, que sin ser directamente retribuida sí tiene un claro objetivo que beneficie al titular. Sobre todo si se sienten con la guapura subida.

         Da igual que se sea de izquierdas o de derechas, de nuevos políticos o de los más veteranos. Todos ellos han descubierto, o más bien los responsables de comunicación de sus partidos, el potencial que suponen las redes sociales y están dispuestos a sacarle jugo. Diseñando estratégicamente lo que se concibe como postureo político, entendido el término como la adopción de ciertos hábitos, poses y actitudes más por apariencia que por convicción. Es curioso pero al final, la falta de credibilidad que se tiene en la política actual hace que estas estrategias se conviertan en decisivas para mejorar los resultados electorales.

        Recientemente hemos podido ver una imagen que ha calado en los ciudadanos. Tanto como para que se hable de ella en cualquier círculo, con mejor o peor reconocimiento social pero al final pudiera decirse que el objetivo era así de variopinto. Lo buscado era, sin más, que se hablara de ello.

        Me refiero a esa imagen un tanto americana del actual presidente del Gobierno español que se muestra en el avión oficial y que no pierde un instante del vuelo para ir trabajando con su asesor político. Una imagen no captada por medios de comunicación sino por conducto oficial del profesional que se tiene contratado para ello. Imagen que no ha escapado a los comentarios por encontrar precedentes en la que realizada en su momento por Kennedy o, más recientemente, Obama. Aunque también es verdad que no faltan ejemplos anteriores de otros presidentes españoles que igualmente facilitaron esta imagen de altura.

         Pero voy a reparar en algo más que ofrece la actualmente ofrecida, y que también es objeto de comentarios. El presidente aparece con gafas de sol, igual que la realizada en su momento por Kennedy. Tan sorprendente como inaudita.

       Hace tiempo que en redes sociales comentaba acerca del uso de las gafas de sol, resaltando momentos en los que se mantenían puestas y que privaban a las personas con las que se pudiera estar hablando de esa mirada tan necesaria como para evitar la idea de estar hablando con un muro. Es claro elemento de educación cívica que las gafas se quiten en sitios cerrados porque no está bien encontrarse con guerreros del antifaz, por mucho que lo veamos tan asiduamente como para considerar la indiferencia del tema.

       Pero en el ejemplo que traigo a colación dudo que el responsable de favorecer la imagen del presidente haya omitido este detalle. Creo más bien que la imagen ha sido buscada así, con alevosía. Para que ahora lleguemos algunos para sacarlo a colación. Es, sin duda, el elemento más relevante para atraer la atención y los comentarios que se proliferen en todos los medios. Detalles que, aun siendo buscados, no dejan de sorprender.

        Como lo es que la cuenta oficial de Twitter de la Moncloa muestre imágenes de las manos del presidente junto a un mensaje que decía que estas “marcan la determinación del Gobierno”. Al más puro estilo de la Casa Blanca. Bien parece que esta va a ser la tónica que se va a seguir en esta etapa gubernativa. Aunque, como digo, ya cuente con precedentes en todos los niveles de los políticos. La cuestión es que, según podemos comprobar, cada día que pasa crecen los montajes y el postureo.

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        Queda ahora por dilucidar si es certero ese famoso proverbio chino que viene a decir que “más vale una imagen que mil palabras”, y si tiene en estos casos su fundamento.

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