Dress code, o la importancia del vestir

           Que el ser humano empezara a usar prendas para cubrir su desnudo cuerpo es algo obviamente reconocido por aquello de que la carencia de una piel lo suficientemente curtida como para atemperar el frío, la humedad y el calor, hizo aconsejable suplir las insuficiencias que tenía. Podemos observar, por ello, que en la historia se diferencia claramente las vivencias de los humanos según se tratara de climas gélidos o cálidos, para dotarse de mayores o menores ropajes que cubrieran sus necesidades básicas.

      Pero la evolución del ser humano, y su condición social, hizo que la ropa evolucionara con la clara intención de cubrir algo más que la desnudez del cuerpo frente a las inclemencias en las que vivía. La ropa pasaba a ser un símbolo del poder social, determinante para marcar las diferencias entre pobres y ricos. Y no solo eso, la ropa pasaba a convertirse en un signo de personalidad, de credencial de la imagen que queremos transmitir a los demás. Generaba así una capacidad creativa que podía ser propia o íntima, sin la intervención de otras personas, o siguiendo unos postulados de la moda que, en definitiva, permite inclinarse por lo que más satisfaga el gusto interno que tenga cada uno. Ya lo afirmaba Honoré de Balzac en su Tratado de la vida elegante: la vestimenta “es un barniz que da relieve a todo”.

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      Aún así, la ropa también ha ido cubriendo otra faceta, la de las relaciones interpersonales. Diría yo que ha venido a constituir una parte fundamental de estas relaciones por aquello que, según la ocasión, hay una especie de código no escrito que hace aconsejable utilizar uno u otro tipo de vestimenta. Según se vaya a algún evento de relevancia, al trabajo, a hacer deporte, o según se quiera llamar más o menos la atención, siempre nos acogemos a determinadas reglas sociales para presentarnos. dress code3El signo distintivo personalizado se convierte así en el elemento más característico de nuestra apariencia, de nuestra condición y características intrínsecas que se exteriorizan. Por eso puede perfectamente comprenderse que, sobre todo en tiempos recientes, la primera impresión de una entrevista de trabajo era la propia fisonomía que presentaban los candidatos, hombres y mujeres, que denotaban algo ya palpable como primer elemento de elección. Aunque, según reza el dicho popular, el hábito no hace al monje, sí le distingue; porque no es menos cierto que, al primer golpe de vista, la vestimenta transmite información bastante abundante sobre quien la lleva.

         Estas reglas sociales no escritas son las que hoy aparecen hoy día con la, como no, asumida denominación de dress code, esto es, código de vestimenta. Por aquello de que, como quería decir anteriormente, no va a ser lo mismo vestirse para ir a una boda que ir a una fiesta más íntima, o acudir al trabajo.

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       La visibilidad de estas reglas ocurren, como primera impresión, por el dictado del sentido común, aunque a veces se tiene poco al respecto, sobre todo en los tiempos que vivimos donde lo que “mola” es, a veces, romper reglas, ir contra corriente, contra todo lo que sea común y admitido en general por la sociedad. Por mencionar un ejemplo, a nadie se le ocurriría ir a una boda o al trabajo en bañador, salvo que se tratara de un socorrista que fuera a actuar en ejercicio pleno de esta profesión. Como que a nadie se le podría o debería ocurrir ir a trabajar en pantalón corto a un sitio público y en ejercicio de la tarea docente o de administración, aunque habrá quien haya dado un salto para decir que el ejemplo no vale por aquello de que es muy moderno dar una clase en pantalón corto, acercándose así al joven estudiante, o el clima debe favorecer el desprendimiento de ropas para quedarse con lo mínimo imprescindible, sin relevancia por estar trabajando de cara al público y sin que ello suponga faltar el respeto a los demás y a los propios compañeros.

            Quizá por esta falta de cordura y sensibilidad social podamos entender ciertos códigos existentes en empresas (su propio dress code) que prohíbe determinadas prendas a sus trabajadores o que exige un mínimo de formalidad en la presencia que debe tenerse. Especial es también, la moda de celebrar eventos fuera de las condiciones habituales, y que obliga a los que lo organizan a precisar algo al respecto en las invitaciones que se cursan.

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            Pero por mucho que se empeñen los que quieren romper moldes, no cabe la menor duda que la forma de vestir proyecta mucho de nuestra persona. Cuidarla debería ser un aspecto prioritario y, en especial, una exigencia para verter una imagen profesional adecuada. No quiero referirme al complemento que supone la higiene y el aseo personal por aquello que quiero darlo por sabido y sin necesidad de mayor precisión.

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             Leía un código de vestimenta establecido por una empresa auditora de relevancia internacional, que se refería a estas circunstancias como elementales para ensalzar a los trabajadores de la misma, como un rasgo de la cultura organizacional. Precisa al respecto que la elección de la vestimenta para el día de trabajo es relevante, como primera reflexión que deben hacer los trabajadores ante los asuntos y las relaciones que se vayan a mantener. Por lo demás, aclara que los factores que concurren en el puesto de trabajo, el departamento en que se encuentren, las tareas y funciones que se tengan asignadas, el tipo de oficina, la cultura del cliente, etcétera, condicionan el tipo de indumentaria. Porque no es lo mismo tener un trato directo con el público que realizar la actividad laboral en otro puesto donde no exista esta circunstancia.

          En su código interno aludía, en fin, a la importancia de sentirse bien, estar cómodos, pero no por ello se debe dejar de ser elegante y tener buen gusto. Y sin que ello suponga gastar más dinero, sino que debe elegirse adecuadamente el tipo que se necesita para proyectar nuestra mejor imagen, buscar las mejores combinaciones y mantenernos actualizados, sin hacer uso excesivo de la moda. Porque la elegancia –se dice- es un reflejo de sencillez y naturalidad de la persona. El buen gusto es, en principio, independiente de las posibilidades económicas de cada uno.

         El tema de la indumentaria en el trabajo se convierte así en un elemento de relevancia. Tanto que llega incluso a articularse en convenios colectivos y que obliga a los trabajadores a su uso, constituyendo una indisciplina y, por tanto, sometida al régimen sancionador oportuno, si se incumple esta exigencia que, cuando se conviene exigiendo unos uniformes determinados conllevan, por lo general, que la empresa los facilite como retribución añadida en especie o manteniendo la propiedad para con ello evitar trasladar a los trabajadores el régimen de su declaración como renta. Son numerosas las sentencias que, sobre el tema, vienen a declarar la procedencia de una sanción disciplinaria cuando se trata de trabajadores que se niegan a utilizar las prendas de trabajo exigidas para realizar su actividad laboral. Una postura hostil que, cuando es reiterada, sin atender a los requerimientos que se hagan al trabajador para reconducir la situación, determinan una clara indisciplina y vulneración de la buena fe contractual, con las notas de gravedad y culpabilidad que determinan la procedencia del despido.

        Con todo, el simple establecimiento de un código de vestimenta, cuando lo es genérico, puede permitir al empresario su exigencia. A propósito traigo a colación una sentencia dictada por la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, en fecha 19 de noviembre de 2015, que trata sobre la demanda presentada por un trabajador que exigía a la empresa que se le proporcionara las oportunas prendas de trabajo o se le abonara el importe correspondiente al precio de las mismas, por aquello de que su actividad exige mantener relaciones externas con médicos, abogados, lesionados, investigadores y entidades aseguradora, y el código de vestimenta de la empresa (Mutua de Seguros) precisa que “en los entornos de trabajo en los que sea continuada o frecuente la presencia de clientes o de terceras personas externas a la organización (oficinas centrales, red comercial y red de servicios) la vestimenta para los hombres se caracteriza por traje de chaqueta con corbata, americana y pantalón con corbata, camisa de manga larga y zapatos formales”.

             La sentencia declara que debe distinguirse entre las prendas de trabajos y equipos de protección que la empresa debe facilitar a sus trabajadores por virtud de lo recogido en el convenio colectivo aplicable, y la indumentaria del personal que tenga trato con clientes o terceras personas ajenas a la empresa. Considera que si el ahora demandante aceptó su contratación bajo el régimen de indumentaria previsto, que en nada atenta, limita o lesiona derechos como el honor, dignidad o propia imagen del trabajador, no puede ahora intentar eximirse de su cumplimiento o solicitar el pago de la indumentaria.

          La vestimenta se convierte así en algo esencial para la exteriorización de la personalidad que se tiene y desea transmitir. Con la libertad que debe tener cada persona para vestirse como a bien lo tenga, hay -y creo que debe mantenerse- un mínimo de cordura colectiva para que el vestirse se convierta en un complemento fundamental inseparable de la apariencia humana y, por ello, signo de comportamiento y respeto hacia sí mismo, hacia la empresa o entidad que le tiene como empleado, y hacia los demás. Porque después de la propia palabra, el vestido es lo que más revelador resulta sobre la personalidad de cada uno.

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