Perdona pero me cuesta identificarte

         No es esporádica la situación en la que puedo encontrarme cuando reconozco a personas conocidas, incluso muy cercanas en amistad o camaradería, y que por circunstancias que me ponen de los nervios no consigo acordarme de sus nombres.A veces resulta comprometido no poder dirigirte a ellas identificándolas y doy todas las vueltas del mundo para no verme en la humillante escena de preguntarle algo tan nimio. Sin duda comprometería la credibilidad que puedas tener y quedaría la sospecha de lo altivo que puedas ser por olvidar algo que para algunos resultaría imperdonable. Una ofensa que no podemos permitirnos.

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           Claro que si ya amplío el espectro a actores y actrices o famosos, el problema es mayor. Dichosa Meryl Streep que tanto admiro y que ahora me sale a la primera pero que no hay forma de que siempre, y en todo caso, pueda hacerlo fácilmente, obligándome una y otra vez a un sobreesfuerzo. Menos mal que no mantengo conversación personal con ella, aunque me tranquiliza saber que, entonces, con toda seguridad, sería diferente.

            Saco el tema a relucir porque en las conversaciones con otras personas bien parece que no es una cuestión que me deba preocupar en demasía por aquello de que son muchos los casos en que se produce la misma circunstancia. Más de lo que parece, aunque se pueda disimular bastante bien. Dicho sea en la medida que no adquiera una dimensión que pudiera ser preocupante. Así pues, en su justa medida, bien parece que muchas personas coincidimos en estos olvidos ocasionales.

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            Lo que sí he podido hacer es acudir a los referentes de profesionales que pudieran decir por qué se produce esta situación. Y, en lo más básico, se viene a decir que se trata de una cuestión de esfuerzo y espacio neuronal. Bonita frase para diagnosticar lo que supone que no prestemos la debida atención al nombre de las personas, como un tema secundario que cuanto menos cercanas sean o de poco contacto tanto peor, de modo que nuestras neuronas encuentran otras prioridades mayores como para pensar y memorizar el nombre del o de la artista que se nos presente delante. Y, ya se sabe, si algo no nos interesa, o lo es de poca intensidad, hacemos una especie de dejación a ese intento de incorporar su nombre a nuestro archivo mental.

        Curioso es el contraste que podamos tener con otros casos donde queda muy clara la identificación nominal, aun cuando se haya tenido un mínimo contacto, lo que da muestra inequívoca de que cuando queremos lo conseguimos sin demasiado esfuerzo.

        Ocurre que, en lo cotidiano, en ese devenir de unas y otras personas, con sus identidades personales, parece poco llamativo y un tanto estresante intentar mentalizar tanta información, en un espacio que nos apetece utilizar para obras mayores. Podemos decir, por todo ello, que si alguien padece este mismo descuido, no merece otra cosa que recapacitar un poco sobre esos momentos en los que tendremos que prestar una mayor atención y exigir a nuestra cabecita que archive por completo el acontecimiento producido.

         En parecida situación, aunque ciertamente diferente, puede resultar esa sensación que produce ver una cara conocida y no identificar de donde proviene tu conocimiento previo. A veces te puede llegar a doler la cabeza sobremanera simplemente por intentar repasar nuestros archivos internos para aclarar la situación. En lo cotidiano no deja de ser algo circunstancial, diríamos que incluso normal, y por tanto sin que nos pueda originar preocupación alguna.

        Ocurre que examinando este hecho, he podido comprobar que hay casos en los que ya adquiere tintes diferentes, por tratarse de una especie de dislexia que ocurre con los rostros, y la que algún afamado actor tiene diagnosticado y que no digo de quien se trata por no entrar en la esfera personal e íntima, aunque sea sobradamente conocido y divulgado. El nombre técnico del padecimiento es el de prosopagnosia, conocida más fácilmente como la ceguera de las caras o la agnosia facial, una enfermedad grave que dicen los investigadores existe en al menos un caso por cada cincuenta personas (se estima que afecta al 2,5% de la población) y que en la actualidad no dispone de algún tipo de cura. Se trata de una incapacidad para reconocer los rostros de personas cercanas, y que en su grado más elevado puede comprender incluso a la identificación de los familiares, o el propio rostro de quien esté afectado.

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           Padecerlo es tanto como experimentar episodios de ansiedad y depresión porque, como es obvio, el resto del raciocinio se mantiene en su más absoluta normalidad. Por tanto, no se trata de problema alguno de la visión, pues los ojos funcionan correctamente y se pueden distinguir las diferentes partes de la cara, de manera que quien la padece ve los rasgos a la perfección. Es algo más incisivo, tratándose de un trastorno que puede ser congénito (se nace con él) por problemas de desarrollo neurológico, o adquirido tras un accidente o lesión cerebrovascular.

           Las personas que tienen este problema suelen desarrollar técnicas adaptativas para reconocer a otros individuos por su voz, la ropa que visten, sus ademanes o algún rasgo distintivo característico como cabello, lunares, cicatrices, color de los ojos, barba, y similares. Porque los afectados si mantienen en el recuerdo las características propias de esas personas que conocen, o sus seres queridos.

              La situación ha sido llevada al cine, en la película “El Rostro del Asesino”, de 2011, coproducida en Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido; dirigida por Julien Magnat,​ y protagonizada por Milla Jovovich. En ella se puede ver cómo un fuerte golpe en la cabeza que ocasiona un traumatismo craneal de quien huye tras presenciar un asesinato y que, al despertar en el hospital recibe el diagnóstico de la prosopagnosia. Ya no recuerda qué aspecto tienen sus seres más queridos, como tampoco es capaz de evocar la cara del asesino.

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