El círculo de la amistad

            En esto de la amistad cada cual tiene su propia convicción de lo que representa, desde quienes, con una mentalidad totalmente abierta, suponen que tienen por amigos a todos los conocidos con los que se profesa una relación, aunque sea mínima o efímera; a otros más exigentes que prácticamente anulan la capacidad de congeniar con otros por considerar complicado que cumplan lo que exigen para integrarlos en este rango estrecho de las relaciones humanas.

          En el primer caso desempeña un papel principal las redes sociales, tan acostumbradas a eso de entablar relaciones como para que los amigos se cuenten por cientos. Pero sin acudir al elemento tecnológico, también abarca a la apertura mental que pueda tener cada persona. Amigos de la infancia, amigos del colegio, amigos de institutos, amigos de la universidad, amigos del trabajo, amigos de haberse conocido en algún evento, etcétera, etcétera. Los conocidos, pues, ascienden al grado de amigos y amigas. El postín de lo social conmina a esta extensión sin mayores connotaciones.

               Tanta extensión se hace que incluso las mascotas o animales de compañía o para el trabajo son consideradas como nuestros amigos (Miguel de Cervantes decía en El Quijote: “Hamete que pocas veces vio a Sancho Panza sin ver al rucio, ni el rucio sin ver a Sancho, tal era la amistad y buena fe que entre los dos se guardaban”).

              En el otro extremo se encuentran los que atienden al dicho tan popular de que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano y, a veces, sobran algunos de ellos. amistad3Y ello porque la exigencia es plena en tanto que estarán alejados de este galardón quienes no piensen y actúen como nosotros queremos que lo hagan. Que se mantengan a tu lado, te mimen, te respalden, te…. Esto es, algo que raya la perfección porque exigimos que nos aporten todo lo que buscamos y deseamos. A la postre, nosotros somos el eje central sobre el que se proyecta el concepto de la amistad.

            Limitación que igualmente ha operado a lo largo de la historia aunque lo fuera por imposición de los colectivos a los que podía extenderse. Así, para los griegos se trataba de un sentimiento eminentemente masculino y surgía por la conexión vital de los hombres en la guerra, en los juegos o en la actividad política. En la Edad Media la amistad estaba limitada a la relación entre personas de una misma clase social, pues no eran habituales los vínculos entre individuos de estamentos distintos.

           Pero como todo aquello que se piensa se mueve en los extremos, o es blanco o es negro, habría de reparar en que no debe desconocerse la existencia de grises intermedios que, a la postre, parecen más apropiados considerarlos en cualquiera de las cuestiones que nos planteemos, si queremos movernos con coherencia, con los pies en el suelo, y no en el fabuloso mundo de Yupi, si utilizo esa expresión popular nacida a raíz de una serie televisiva infantil que supone un sinónimo de permanecer ajeno a la realidad.

         Por ello, y dado que el mundo de las relaciones humanas no es nada fácil, por mucho que seamos concebidos como seres sociables, deberíamos mantener algo más de flexibilidad en el trato con los semejantes. Supondría, por sí mismo que si deseamos tener un mínimo de relaciones amigables habría que sopesar lo que exigimos. Todas las personas no son iguales y, a veces, por el simple hecho de que alguien no se acuerde del día de tu cumpleaños (por banalizar con una mera circunstancia causal), no debería quedar erradicada de la lista de los considerados como amigos.

          Leía recientemente al psicólogo Rafal Santandreu que, apoyado en la declaración que le hacía una paciente, planteaba la existencia de un “collage de la amistad”, para referirse a las relaciones humanas como un gran mural donde cada persona te aporta una cosa diferente. Así, entre varias personas, uno por aquí, otro por allá, consideraba que se lograba tener “los mejores amigos”.

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          Bueno, no está mal esta vertiente abierta de un todo que integre lo que buscamos, pero más que concebir que se buscan cosas diferentes que completen un conjunto, desde mi particular punto de vista lo que habría que mostrar es una faceta de permisibilidad. Las personas son diferentes (con sus puntos fuertes y sus débiles) y muestran facetas humanas distintivas, tantas como para que cada uno muestre valores y modos de ser que difícilmente son conciliables al cien por cien con otros, por lo que a los amigos y amigas debe exigirse o pedir que te den lo que puedan dar, nunca aquello que esté alejado de sus posibilidades. Mucho menos buscar la perfección, tan imposible de recoger como de ofrecer nosotros mismos.

         Aprendamos pues a bajar nuestro grado de exigencias, para aceptarnos como somos, con nuestras limitaciones. Solo así podremos encontrar a semejantes con los que poder conciliar relaciones. El motivo de conexión ha de ser más cercano a la satisfacción que nos suponga la cercanía de una persona. Por sus valores principales que congenian con los nuestros.

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          Al final, de lo que se trata es de buscar personas que estén ahí, para cuando precises ayuda, y a las que te brindes con la misma reciprocidad que aconseja cuanto recibes. Unos y otros con sus defectos y virtudes pero con la sintonía necesaria para sentirse cómodos. Conlleva por tanto una empatía mutua especial que permite compartir alegrías y tristezas, a veces simplemente estando ahí. En definitiva, los verdaderos amigos serán los que mostrándose fieles al sentimiento de la amistad, no dudan en estar cuando se necesitan, aunque no se les pida. Sin otros intereses espurios.

7 comentarios en “El círculo de la amistad

    1. Gracias por tu comentario y crítica, siempre bien recibida. Es verdad lo que dices, aunque no he pretendido llegar a ese extremo. Postulo el sentimiento de no vernos solos cuando más podamos necesitarlo. Un espacio donde se verá si a tu alrededor hay algo más que colegas. Un saludo.

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  1. Luis-V. Pinheiro

    Bienaventurado aquel que necesite los dedos de las dos manos para contar sus amigos. Pobre del que todos los días siembra y no encuentra fruto. Toda la vida sembrando y a la hora de la verdad, me sobran manos. Aún así, mañana volveré a sembrar, sin esperar nada a cambio.

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