El respeto como premisa

        En la sociedad que vivimos nos hemos acostumbrado a ver cómo el personal se mueve con una alegría inusitada para conseguir sus propósitos de la forma que sea, dicho en el claro y manifiesto uso y abuso que se hace del insulto y la descalificación gratuita de los demás, porque así se piensa que uno se deshace de sus propias ataduras y debilidades para dejar en otros la mancha que pudiera aportarle un beneficio, aunque como digo sea utilizando los medios más espurios que permita la cobarde actuación.

        El respeto parece que está, por desgracia, en desuso. Eso de ganarse las cosas por lo que uno es y representa, sin mancillar el honor de otros, parece un imposible. El populismo de algunos raya lo inusitado, ofreciendo humo para ocultar su vacío. Es una actuación irrisoria en la que se pide al público que mire a otro lado, marcando la dirección con el dedo acusador e inquisitorio, para de esta forma evitar que las miradas se centren en el que pretende ocultar su falsedad, lo poco o nada que puede aportar por sí mismo.

         No importa el daño que pueda hacerse. Aun cuando con anterioridad, en una teatral actuación te hicieran ver lo mucho que te aprecian, porque si es menester se da el beso de Judas que  muestra a las claras cómo es realmente y lo que ofrece el interior de quien actúa con este descaro, careciendo de escrúpulos, disfrutando de hacerlo con la vileza utilizada. Entra en juego el ego y el deseo ferviente de subir, alcanzar la meta, el poder, como actitud que prevalece sobre la humildad y la gallardía de los grandes de espíritu y de corazón. Se trata de sacar el jugo exprimiendo la uva, pisoteándola con efusión. Porque importa el producto, el beneficio final, sin reparar en los destrozos morales que se dejen en el camino.

      Seguro que al lector ya se le han venido imágenes vivas de gente que tiene este comportamiento. No es difícil porque es un hábito que prolifera en las cercanías. Lo vivimos de cotidiano, como una costumbre que ejemplifica un modelo que queremos llevarlo a la enseñanza: “así debe ser”. Y se duerme con absoluta impunidad, tranquilamente, a pierna suelta para reposar su ferviente inquina. Unos sujetos que, con estas conductas, empobrecen a la sociedad cada día más. Convirtiendo la convivencia en un estado de defensa extrema, porque donde menos lo esperas aparece quien despotrica. A ser posible cogiendo por sorpresa al humillado.

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         Ocurre que, en esta casi generalizada manera de proceder, el que insulta lo hace con alevosía, siempre a espaldas del afectado, sin mirarle a la cara, aprovechando el momento de ausencia. Ahí queda eso. Sabedor de que en la sociedad humana, generar un bulo, una mentira, es sumamente fácil. Como tirar un jarrón de porcelana al suelo. Lo complicado es tener que defenderse de los improperios vertidos, para intentar reparar el destrozo. A veces sin disponer del mismo medio para hacer valer lo que oculta el bocazas de turno.

       Creo fervientemente que contra esta ola de personas mundanas debe lucharse. No parece que debamos dejarnos llevar por tantos defraudadores, sean políticos (del signo que sea), gestores, representantes sindicales, candidatos a cargos, o burladores de la vida en general. Contra ellos y su falsedad hay que enfrentarse, en la frialdad que da responder con el respeto que otorga la educación que se tiene. A lo que no están acostumbrados. Para hacerles ver que no vale todo, que siendo reyes del humo lo único que hacen es mantener un tiempo oculto lo que al final, despejada la nebulosa, quedará patente. Para apartarlos de ese egoísta y desenfrenado deseo de alcanzar los objetivos como sea. Por fortuna para la sociedad, no siempre se salen con la suya y algunos ya van recogiendo la cosecha. Para otros, es cuestión de tiempo. Porque el respeto a los demás debe ser una premisa obligada, y quien conculque esta elemental regla de convivencia humana, se expone al reconocimiento público de su verdadero ser.

El respeto por nosotros mismos guía nuestra moral; el respeto por otros guía nuestras maneras

Laurence Sterne (escritor y humorista irlandés del siglo XVIII)

2 comentarios en “El respeto como premisa

  1. Esther Vázquez

    Totalmente de acuerdo contigo, conozco (desgraciadamente) a más de una persona así, que prefieren falsear sobre otros para tratar de ganarse una buena fama que en realidad no existe, que prefieren tratar de hacer caer a los demás con insultos y mentiras, a buscar en ellos mismos lo mejor que pueden ser sin tener que menospreciar a los demás. Supongo que para este tipo de gente es más fácil mentir sobre otros, para así olvidarse de sus males o defectos propios, perdiendo, como bien dices, el respeto por todos sin la más mínima gota de arrepentimiento, porque así creen salirse con la suya. Un tema que daría para largas charlas, sin duda. Muy buena reflexión, un saludo.

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