Hablemos de la vida

          Los días avanzan con el frenesí propio de lo que supone mantener el ritmo que exige este mundo y el camino por el que circulamos, y son pocos los momentos que disponemos para frenar la velocidad mantenida y poder reparar sobre lo que acontece. Cuando lo haces, normalmente tras ocurrir alguna circunstancia extraordinaria que rompe lo cotidiano, caso de enfermedades inesperadas, incidencias familiares relevantes, alteración en las relaciones con amigos y allegados, o movimientos en las situaciones y entorno laboral, por citar meras muestras de todo un repertorio que podría recibir otros añadidos, descubres cosas de tu interior que merecen una reflexión a compartir.

        Por lo pronto, y creo que es una cuestión de la edad más o menos avanzada que se pueda tener, aparece cierta nostalgia o melancolía, no sé bien como calificarlo, por aquello de que se superponen en la mente pasajes de tu propia trayectoria vital y que te hacen recapacitar. Momentos, sensaciones, situaciones, acontecimientos, recuerdos en definitiva de lo que ha acontecido y que inevitablemente pones en relación con lo que ahora mismo vives, quizás porque comparas el hoy con el ayer, o el ayer con el hoy, y no con esa lúgubre intención de señalar que todo lo vivido fue mejor que lo que ahora sucede, para vapulear el presente y a los que lo hacen posible, sino simplemente porque, al transcurrir el tiempo, parece que la mente se va ensanchando y con ello, cada vez con mayor precisión, se es más realista de lo que ocurre y de cómo debes ir moldeando tu forma de actuar.

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       Pero conviene incidir sobre el recorrido de la vida. Cuando empezamos a vivirla, a recorrer el itinerario que nos toca, lo hacemos simplemente sintiendo lo que va ocurriendo, y ello con una ceguera que no es solo física. Despertamos más tarde para ver lo bello de la vitalidad que te desborda, en esos años que constituyen meros dígitos que se desea que pasen con la mayor prontitud posible, para “sentirnos mayores” y buscar ciertas dosis de libertad. Cuando los ojos están abiertos, ya con la madurez, empieza nuestra necesaria responsabilidad para sortear las curvas que llegan. Aquellas que antes no veíamos porque las soportaban quienes nos amamantaban. En fin, cuando parece que llegado el momento del total o casi total discernimiento que nos pueda hacer fácil la vida, empiezan los reveses complicados, los golpes bajos, los que hacen que dobles el espinazo, que disminuya tu erguida figura.

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         Puede ser que lo impredecible no sea la lluvia que te moje a ti directamente, sino los rayos que caigan en tus inmediaciones. Más lejanos o cercanos, pero a fin de cuenta devastadores. Es el instante, o más bien los momentos en los que parece que las desgracias proliferan. Ocurre que aun cuando pasaban igualmente en etapas anteriores, tu resentimiento, la afección que pudieran haberte producido estos acontecimientos se veían con una lejanía tremenda. Pero ahora es cuando entras en el peor de los momentos, en esos que la cercanía de los rayos hace que no paren de dar sobresaltos. Con dolores intensos en un corazón que golpea ya de forma diferente, incidiendo en sentimientos profundos.

        Piensas que tu recorrido ha tenido peores contratiempos que los de otros. Sin embargo, cuando te das cuenta que cada uno viene soportando la cruz que le ha tocado, con mayor o menor grosor, tu visión nostálgica te hace reparar en que siendo la vida bella, apropiada para saborearla en sus muchos instantes de felicidad, compruebas cómo se empeña el ser humano en empujarse unos a otros al abismo. Parece un imposible generar buen ambiente, facilitar que la vida de los demás sea plácida, lo que pasa incluso en los círculos más cercanos, y que viene a demostrar que lo devastador se encuentra también en los genes. Ocurre que, cuando ves que llegan las personas a los instantes finales de la vida, los que están alrededor se amansan para con la candidez del sentimiento más benévolo, dejar que corran unas lágrimas y una palabrería que si lo piensas bien es un tanto teatrera.

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         Eso sí, viendo estos acontecimientos exteriores te propones –y te lo crees- que vas a cambiar, a mejorar y saborear los instantes. Pero el empujón del viento sinuoso de la vida te lleva a ser tú, en tu línea, en el permanente olvido de los infortunios, de concebir que la mala suerte la tienen otros, a vivir como puedes cuando el sorteo de los acontecimientos saca la dichosa bola de lo que te corresponde, en ese bombo que no para de girar, de escupir bolitas como disparos que lejos de lanzarse al viento lo hacen a la diana que representamos.

       Nada puede hacerse frente a la inevitable angustia que supone saber que el tiempo no transcurre en balde, que las cosas cambian porque deben hacerlo, que las personas pasan y van dejando el escenario para que otros personajes prosiguen con el desarrollo de la trama que, sin estar escrita, está diseñada en la permanente nebulosa que nos envuelve. Que si ocurre lo que ocurre lo es porque así estaba previsto. Que nada es eterno y nuestras células tampoco. Que si hay dolor y contratiempos es porque hemos llegado a conocer o acercarnos al estado más o menos idílico, a esa especie de paraíso que permite vivir con mayor o menor intensidad y duración; sin que nada sea igual, porque por mucho que se intente, cada instante y acontecimiento es originario e irrepetible. Busquemos similitudes pero nada se reproduce de forma idéntica, o al menos no toca vivir los momentos de la misma manera. No hay una vuelta atrás.

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                  Craso error sería afrontar la situación pidiendo explicaciones a la vida, como destino cruel que nos empuja a destinos inesperados. Porque a la vida simplemente hay que agradecerle que puedas ver y saborear lo que vives, y tener la oportunidad de comparar y discernir sobre lo que has podido vivir y hacer en el camino recorrido. Así podrás llegar a amarla, a repudiarla, o a ambas cosas a la vez, porque no siempre y en todo caso el estado de ánimo se encuentra presente por completo en una de las caras, sino más bien va mostrando una tendencia cambiante.

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             Con todo, bien merece reparar en el contraste que pueda suponer ese dolor que cabalga en la cercanía, que viene sin razón de ser y compartes en silencio, con la suerte que supone ver salir el sol, admirar la maravillosa naturaleza que nos envuelve, descubrir un mundo cubierto de azul, esperar a la luna para que de las buenas noches, permitir que la lluvia alcance la cara y que a veces refresque el alma, advertir el viento que susurra en los oídos para sentirse vivo, aferrarse a las hojas que te ha tocado colgar en los brazos del árbol de tu propio ser, disfrutar de las criaturas y personas queridas que permanentemente empujan, aprovechar la experiencia que da los años vividos, la madurez que te ha dado tropezar antes, saborear la música que a veces llega para acariciar los sentimientos y, en definitiva, por la grandeza que supone mirar el trayecto recorrido, que no es poco e irrelevante. Porque lo hermoso y la dureza de la vida se aúnan y luchan entre sí para superponerse como un eclipse. Tremenda contradicción que no deja de ser el efecto que produce el tránsito por la vida.

6 comentarios en “Hablemos de la vida

  1. Diana

    De las cosas más bonitas y realistas que he leído, aunque me apena porque tus palabras reflejan tristeza.
    Espero que esté todo bien en tu familia y que la pena que intuyo sea fruto de la melancolía propia de un domingo de enero.
    Un abrazo enorme.

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  2. Angel Luis Perez

    😮👏👍.
    Tienes que hacerlo, Luciano, ahora que tienes más tiempo tienes que escribir y publicar, nos lo debes a los que te seguimos y disfrutamos de lo que escribes.¡Animate y hazlo! lo estamos esperando impacientes.

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  3. Esther Vázquez

    Una entrada sin duda cargada de sentimiento, algo triste diré, que espero sea pasajero. Las cosas buenas de la vida las apreciamos más porque existen momentos peores. Por ello hay que disfrutar del lado bueno de las cosas, porque siempre llegan con fuerza después de una mala racha. Algo fácil de decir, aunque a veces difícil de llevar a cabo. Con todo, siempre sale el sol, con ello un nuevo día, y una nueva oportunidad para ver y disfrutar lo hermoso de la vida, que brilla mucho más gracias a la dureza que a veces nos muestra. Un abrazo y mucho ánimo.

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