El pensamiento grupal

          Verse inmerso en la sociedad es tanto como convenir la necesidad de involucrarse en su seno, y especialmente conlleva que, por pura intuición o circunstancias causales o laborales, aparezcamos integrados en grupos de personas con los que mostramos cierta afinidad. El fenómeno se ve, de forma clara y precisa en las redes sociales, porque gracias a la conexión nos resulta más fácil involucrarnos con otras personas que, a priori, pueden revestir características diferenciadas y, con ello, nuestro aprendizaje puede resultar importante.

         Pero ocurre que esa acción de integrarse en grupos a veces conlleva una manipulación que atrofia nuestra capacidad crítica. Si vemos que muchos siguen una postura, destacada por los numerosos retuits y likes que ofrece; o vemos que los compañeros de trabajo suman su posicionamiento hacia lo que quiere y dice el líder, sin capacidad crítica alguna, al final caemos en la lógica tentación de silenciar nuestra posición y que pudiera ser distinta a la que se preconiza, o por llegar a convencernos de que los equivocados seremos nosotros cuando todos o muchos de los que aparecen dando opiniones son seguidores de una determinada postura. Sin duda, esta endogamia hace que disminuyamos nuestra capacidad de innovación, de creatividad y de serendipia, por ese intento de descubrir cosas por el solo hecho de aportar pareceres y opiniones que pueden generar un descubrimiento o hallazgo en principio no buscado pero que surgen fruto de la casualidad o la fortuna de resurgir a propósito de resolver otro problema.

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        ¿Por qué seguimos esta estela tan contraria a lo que debería ser? Si estamos en grupo y compartimos proyectos, lo razonable sería que la opinión y suma de posicionamientos de sus individuos nos hicieran mejorar, enriquecer nuestras primarias ideas. Pero el fenómeno lleva a muchos silencios, esos que exasperan a muchos en las redes sociales por aquello de tener cantidad de amigos pero que, en un altísimo porcentaje, están inmersos en el mero fisgoneo, sin opinar ni decir nada que pudiera considerarse inapropiado para el grupo.

          Se dice que esa huida o actitud de cobardía hacia el grupo es producto combinado de dos factores que generan presión. La presión denominada “informacional” que viene originada al ver que la gran mayoría coincide con un determinado punto de vista, y que genera en el interior la convicción de que tanta gente no puede estar equivocada, con lo que dejamos de lado esa otra opinión para simplemente seguir la estela del colectivo. La otra presión es la “social”, que surge por la necesidad de seguir acoplado al grupo con un espíritu de tribu que hace huir del conflicto; en este caso no nos convence nada en absoluto la opinión generalizada pero simplemente la aceptamos para evitar que pueda ser desaprobada socialmente nuestra idea.

          En el terreno laboral ocurre otro tanto, más de lo mismo. Si hay un líder autoritario, de esos que imprimen carisma para hacer valer que están por encima, que ha buscado y se ha rodeado de colaboradores a medida, se asegura el amén a su posicionamiento. Empobrece la colectividad simplemente porque no deja paso al discrepante, que de hacerlo será relegado al punto de que no pueda insistir nuevamente.

          Lo que detecto, simplemente por observar lo que me rodea, y ese fabuloso mundo de las redes sociales, tan válido pero a veces tan pernicioso, es objeto –como no- de estudio por la psicología. El fenómeno es acuñado por Irving Janis con el término de “Groupthink” o “Pensamiento de Grupo”, para convenir que cuando ocurre, y las personas se acomodan a la opinión del grupo aunque no coincida con su punto de vista individual, hace que aumenten las probabilidades de que el grupo actúa con poca inteligencia para desembocar en comportamiento que se conciben como de “estupidez colectiva”.

 

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         Con haberlo ceñido a unos ámbitos, la extensión es evidente si pensamos en este mundo radicalizado por los manipuladores de la opinión pública, que no hacen otra cosa sino conducir a verdaderos rebaños de personas que, aun discrepando de opiniones y actuaciones de quienes tienen en esos momentos como líderes o cabezas visibles, mantienen el sesgo grupal para introducir en las urnas el mismo voto pasional hacia la idea colectiva, sin tan siquiera asumir o hacer ver su propia opinión que, a buen seguro, serviría para que se tuviera que recapacitar en posicionamientos doctrinales anclados en la mera imposición.

          La reflexión se me antoja necesaria por aquello de que no me encuentro cómodo con la situaciones endogámicas que acostumbran a limitar los grupos simplemente por aparecer una voz discordante de la mayoría aborregada. Quizás, si acaso, me atrevería a hacer un llamamiento a quienes pensando diferente a las opiniones que ven florecer de otros, asuman el compromiso de sacar de dentro su propio posicionamiento. Lo cual no está reñido con el necesario respeto y la paz social que debe buscarse.

 

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