El apego a lo material

         Que nuestra razón de ser como humanos es, en general, estando prestos a la convivencia con otras personas, es una cuestión tan obvia como comprensible. Aunque los momentos de soledad nos sirven para reflexionar con mayor relajación, lo que está claro es que se busca la compañía para realizarnos como personas.

         Pero lo que me resulta ciertamente curioso y me lleva a la reflexión es el apego que puedo observar se tiene hacia cosas materiales que la propiedad confiere. Hasta el extremo que esos objetos que llenan interiormente hacen que pueda convertirlos en cuasi humanos. Podría pensar que algo raro puede pulular en la mente cuando la casa, el coche, el sillón, y las propiedades llegan a formar tan parte de nosotros hasta el punto que cuando salimos de la casa miramos atrás para casi decir adiós, o al dejar el coche en el parking le puedas incluso desear que pase buenas tardes o noches y le agradezcamos el servicio que nos ha prestado.

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         Me relajo cuando en conversaciones con conocidos descubro que no soy el único que percibe este tipo de sensaciones, tanto como para que si se dejan estos objetos o se traspasan a otras personas, pueden caer unas lágrimas por aquello que se deja atrás. O es que nadie muestra cierta sensibilidad a ese coche que se deja y que te hace sentir un cierto remordimiento por “abandonarlo” y dejar esa fidelidad tan encomiable que se ha tenido. Y esa guitarra que puede acompañar a compositores y artistas.

        En la profusión de tu reservada mente no quieres exteriorizar estas sensibilidades como para que puedan diagnosticarse episodios de locura transitoria, con riesgo de convertirlo en una patología precisada de medicamento e intervención de especialistas.

        Pero en este mundo tan globalizado y universalmente conocido por la tecnología punta que tenemos a nuestro alcance, puedo advertir que no soy tan original como pudiera pensar. El valor emocional y afectivo a ciertas cosas es una sensación muy extendida, eso sí con diversos grados de manifestación.

        Desde quienes acopian innumerables objetos hasta aferrarse a la posesión y a los recuerdos al punto de almacenarlos por tiempo indefinido, muchas veces sin saber siquiera que los conservamos porque el transcurso de los días hace que queden olvidados, en muchos casos conviniendo un trastorno por acumulación que incapacita para desecharlos, siendo así que constituye verdaderamente un problema de índole obsesivo-compulsivo. Hasta quienes lo hacen porque les encante coleccionar algo (monedas, sellos, cromos, etcétera) y que no es ya una conducta patológica, donde el orden ese convierte en una premisa.

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        Entre ambos extremos se encuentran las meras conductas emocionales y esa especie de cariño que pueda tenerse hacia determinados objetos que nos son de suma conveniencia en un momento determinado y que luego, cumplido un objetivo, dejan de sernos igualmente de útiles, pero que lo afectivo nos supone una rémora que dificulta desprenderse de ellos. Incluso, en los momentos de suma utilidad, el acercamiento que presentamos los convierte en parte de nosotros mismos, con un cariño especial.

         Un recuerdo viene a mi cabeza de la película de “Náufrago”, en la que se pudo observar una impecable interpretación de Tom Hanks, que sintiendo la soledad encuentra la compañía de un balón de voleibol al que da nombre (Wilson), le cuenta sus penalidades, le muestra un cariño inaudito e incluso llega a enfadarse con él en determinados momentos, convirtiéndose en esa compañía que anhelaba, y que le hizo llorar amargadamente cuando finalmente lo perdiera.

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        Está claro que el ser humano tiene mucha enjundia interna. Precisamente por ello se marcan pautas de conducta que nos hacen ver lo inconveniente que supone aferrarse a los objetos. Y para hacerlo ver se acude al ejemplo que se extrae de la parábola de la balsa, propia del budismo.

        Buda hace ver a sus seguidores que imaginaran a un hombre que ha partido en un largo viaje y que se detiene por encontrarse ante un gran extensión de agua. La orilla que tiene más cercana se mostraba asediada con peligros y riesgos, a diferencia de la más lejana que se divisa segura y libre de peligros. Pero no hay ningún bote o barca que permitiera cruzar hacia esas orillas, ni atajo o puente que se lo facilitara. Por ello, pensó en la conveniencia de esperar un tiempo que le hiciera construir una balsa, que realizó con sumo cuidado hasta que, finalmente, cumplió su objetivo de permitirle atravesar el trayecto. Al llegar a la otra orilla, el cariño que le tenía hizo que se preguntara si debía cargar con ella para seguir el camino o la debía dejar en la orilla.

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        El hombre finalmente deja la balsa en la orilla, decisión que ensalzaba Buda para dar su versión: las cosas sólo nos sirven en determinados momentos, y jamás debemos aferrarnos a ellas. Porque nuestro viaje lo es sirviéndonos de los medios apropiados para proseguir el camino y crecer, nunca para convertirlos en la rémora que impida o dificulte nuestro tránsito por la vida. En nuestra paz interior queda que esos objetos que nos han servido puntualmente, también pueden seguir cumpliendo su misión u otra en otras manos.

        Dicho cuanto antecede, creo así que el apego a lo material puede resultarnos convincente y útil mientras sirva a nuestro propósito, y si ese puede ser el de alcanzar cuando me aporte felicidad a buen seguro que seguiré buscando mi conciliación emocional con casa, coche y útiles que me acompañan. Porque como decía el gran ensayista y filósofo José Ortega y Gasset, yo soy yo y mis circunstancias. Cada cual con las suyas.

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