El rol de lo mundano

            Los humanos nos desenvolvemos en la sociedad presos muchas veces de costumbres que, con hacerlas frecuentes y habituales, hacen olvidar aspectos importantes del necesario civismo que debería imperar. El espectáculo al que acudimos es para tener la curiosidad de reparar en ciertos aspectos.

           Empecemos por una manifestación. El deporte de mover la mandíbula con el mascado de chicle es una de las costumbres más extendidas. Tan es así que puede resultarnos normal que acudamos a oficinas o lugares de atención al público en los que los trabajadores mueven con diligencia su sabroso chicle cuando se dirigen a ti. En cierta ocasión leía que un sacerdote, mientras celebraba la ceremonia del matrimonio, tuvo que pedir al novio que dejara de masticar el chicle. La perplejidad puede llegar a sus máximas connotaciones si el diabólico la emprende con voluminosos globos chirriantes.

chicle

          Todo no puede ser negativo. Según los expertos eso de masticar chicle presenta numerosos aspectos beneficiosos, y la prueba está que desde tiempo de los mayas y los aztecas se usaba una resina natural extraída del árbol llamado Zapote, originario de las zonas tropicales de América, que permitía hacer una limpieza de los dientes al mismo tiempo que limaba el deseo de comer y beber. Pero la permisividad tenía sus límites, de modo que no recibía buena impresión si el mascado se hacía en público.

         Con el paso del tiempo, los americanos se aficionarían a mascar estos productos populares entre la población aborigen (los denominados indios en los westerns), perfeccionándose con el tiempo y así, de los Estados Unidos se extendió hasta el resto del mundo principalmente durante la Segunda Guerra Mundial cuando los soldados norteamericanos las llevaron consigo. Claro que el uso no tiene la misma intensidad en todos los países, pudiendo destacar en el entorno europeo lo poco común que es su consumo en Francia o Alemania. En España, ya sabemos, no hay nada más que mirar a nuestra alrededor o al suelo, para desgracia de los viandantes.

         Pues bien, los eruditos del estudio nos ilustran sobre los beneficios: activa el proceso de saciedad (se come menos), calma la ansiedad y produce un leve gasto calórico, interviene en ciertos aspectos de la memoria al comprobarse que produce un mejor proceso de aprendizaje y una mayor agilidad para pensar (por el aumento del flujo sanguíneo hacia ciertas zonas claves del cerebro), aumenta la concentración y reduce el estrés (se reducen los niveles de cortisol en la saliva), a lo que hay que unir la mejora en la higiene dental. Un especialista dice que “el mascado de chicle podría servir también para estimular la motilidad intestinal en pacientes con íleo postquirúrgico”. Increíble pero cierto.

         Aunque también se aprecian los riesgos que supone comer demasiado chicle: diarreas continuas o constante pérdida de peso.

vida cotidiana 2

         Sea como fuere, está claro que mascar chicle en público se hace a veces con tanto desenfado que constituye un exponente del tipo de persona que tenemos delante. Algo parecido al del palillo en la boca. Sobre todo, y con mayor énfasis, en aquellas personas que lo hacen de una forma desganada que produce el machaqueo que se exterioriza como un chirrido hacia los oídos de los demás, cuando no sin parar de hacerlo en la conversación mostrando sus 32 piezas dentales a diestro y siniestro y con clava visión de la posición que ocupa, dentro de la boca, esa bolita machacada. De vuelva a la sociedad azteca, hay quien dice que las restricciones sociales que se hacían eran debidas en parte a que el sonido de la goma de mascar asemejaba al de castañuelas, lo que se concebía como algo innoble.

         Qué decir de ese momento en que hay que desprenderse definitivamente de la goma insípida. Los lugares más inhóspitos sirven de aposento. Desde los bajos de las sillas y mesas, los ascensores, las aceras, los bancos y fuentes, el suelo, y un largo etcétera. Cualquier superficie puede ser válida para dejar este detrito de larga historia, pasando de ser una goma de mascar para convertirse en un problema social, sobre todo cuando se adhiere a la ropa o a la suela de los zapatos, haciéndonos la vida imposible hasta que conseguimos quitárnosla. El paisaje que brinda el suelo urbanístico es un exponente de este prolifero uso de la goma de mascar, y las distintas campañas de limpieza que emprenden los ayuntamientos para no quedar la superficie como si fuera el cuerpo de un dálmata.

         Un último caso práctico voy a relatar, extraído de una experiencia vivida. Estando parado en un paso de peatones hasta que el semáforo permitiera que los peatones lo atravesáramos, contemplé al frente una niña que, en un acto muy común, arrojaba el chicle al suelo; al verlo la madre la repulsa fue una la leve crítica a la hija, dándole un ligero tirón de mano, sin que en momento hiciera ademán alguno de exigir a la niña que retirara del suelo el desecho arrojado, que quedó pendiente del zapato que lo acogiera y que, por el sitio en que se producía, no tardaría mucho en llegar. ¿Fue correcta la educación dada? No creo tan siquiera que la niña se acordara a los dos minutos siguientes.

        Pero dejemos el chicle y pasemos a otro de esos usos que muestran las conductas sociales existentes. El extendido uso de las gafas de sol nos da otro elemento para la reflexión. Aclaremos de momento que no tengo nada que objetar a que este gran invento cumpla su verdadero fin que es servir de protección frente a los rayos solares. La cuestión es que hoy en día también es un elemento que sirve para dar un tono estético a nuestra fisonomía facial. Y aquí es donde empezamos a sorprendernos.

gafas de sol

         Por lo pronto, y salvando casos en que por lesiones oculares u otros motivos de salud se tenga la obligación de mantenerlas puestas, produce cierta inquietud ver a multitud de personas con las gafas de sol puestos cuando la oscuridad está presente o en lugares cerrados. A algunas personas, podría decirse en tono humorístico, les falta poco para dormir con ellas puestas. Y lo más curioso puede ser cuando detectas que esa prolifera actitud lo es a modo de presunción, en una extravagancia digna de destacar, que llega a su máximo exponente cuando observas ligeros movimientos de rostro para que pueda versa esa pomposa marca que luce la patilla y que puede servir de admiración o de envidia a quien se encuentra enfrente y no pueda alardear de lo mismo. No es de cordura encontrarse a guerreros del antifaz en los sitios cerrados, por mucho que a los “famosos” de pacotilla les guste ocultar su imagen cuando no va acompañada del aporte económico correspondiente.

         En lugares abiertos produce cierto pavor comprobar que personas que se paran a charlar con otras mantienen puestas sus flamantes gafas de sol, incluso con presentaciones personales por medio, privando de algo tan expresivo como es la mirada del ser humano y que evita la idea de estar hablando con un muro.

         En fin, otra maniobra lo es cuando las gafas de sol se utilizan como juguetes para hacer malabarismo con ellas, en un movimiento permanente que a veces raya en lo circense según sea la destreza del sujeto protagonista. O para colocarlas en la cabeza a modo de diadema. Cuando no para dar un tono morboso y sensual mordisqueando levemente la patilla. Al final, serás un portento mental si sabes seguir el hilo de la conversación y no te quedas ofuscado con el espectáculo.

          Esto es lo que trae la observación. No puedo evitar estos comentarios que son aspectos propios de lo que considero una necesidad de educación cívica que no debiéramos eludir.

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