Música en las calles

           Qué sensación de placer me produce pasear por las calles de cualquier ciudad y ver a esos aprendices musicales -o no tanto- que deleitan con el sonido de sus instrumentos y las voces que canturrean letras de canciones más o menos conocidas. Es como sentir el frescor en verano de ese aire que sale del establecimiento comercial cercano. Me fascina y no es infrecuente que pare para regocijarme del espectáculo y, en su caso, apoyar esta faceta artística con el estipendio que pueda ofrecer por el grato servicio social que ofrecen.

        Los protagonistas revisten distinta tipología. Músicos retirados, alumnos de conservatorios, meros aficionados, buscavidas…

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         Lo de la música callejera no es un espectáculo reciente, y como puede advertirse por la mínima averiguación que se haga, constituye un fenómeno artístico y cultural urbano que se viene desarrollando desde la antigüedad en el contexto de lo que se concibe como arte callejero. En general, es un ofrecimiento que se hace gratuitamente aunque se apele a la generosidad de esos viandantes que ocasionalmente se encuentren en el camino para con ello contribuir a las cargas personales del artista o sufragar los gastos de sus estudios. Porque de todo hay en la viña del Señor.

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 Con todo, no siempre es compartida esta favorable acogida y no faltan los detractores de tan magnánimo espectáculo callejero. Si descarto a los quejicas de todo lo que se mueve, como firmes defensores del desacuerdo ante todo y sobre todo, es también comprensible algunas de las trabas que pudieran hacerse y sobre las que merece reparar.

         Así, cuando el espectáculo lo es con el alboroto sin horario, no le va a faltar razón a esos vecinos que por muy amantes que puedan ser de la música y de recibir de vez en cuando el soplo de la melodía que envuelva sus sentidos, merecen que entre sesión y sesión diaria se deje por medio tiempo para el silencio, para descansar y no tenerse que taponar los oídos con las mil y una veces que escucha el sonsonete de los aprendices y atrevidos.

         Es plausible, por ello mismo, esas ordenanzas municipales que regulan los horarios callejeros. Y que unos vecinos no tengan que ser peor tratados que otros en esto de la ventura que ofrece la calle y los sitios estratégicos por el tránsito popular. Amén que también es necesaria esta regulación para que entre músicos se lleven lo mejor posible, porque no faltan choques entre los que acostumbran a tener por propio lo que es público, como los famosos “gorrillas” que no dejan entre sí que algún intruso les quite el puesto conquistado. De todo esto saben muchos las ciudades más pobladas y turísticas, porque el despliegue es más contundente. El arte fluye por doquier, diría el apasionado artista.

        También soy contrario a los explotadores del arte. Me explico. No me refiero a quienes con su gallardía y don artístico se colocan y brindan el espectáculo callejero en los lugares de tránsito, sin incordiar al que nada quiere saber sobre ello. Aludo a quienes sin dejar en paz al ciudadano, te pillan por sorpresa en un lugar de regocijo y descanso tomándote tu café o cerveza y suelta el “guitarreo” y “canturreo” sencillo para inmediatamente pasar la gorra. Es cansino soportar cómo van pasando unos tras otros y lo que podría ser el descanso buscado se convierte en el martirio caído, irrumpiendo las conversaciones que puedas tener y, cuando no, tras la negativa a seguir metiendo la mano en el bolsillo, recibir el rapapolvo de quien te desea lo peor por no ayudar al “necesitado”.

          Si omito estos “abusones” del arte limpio que brinda la música, sigo apostando por deleitarme cuando camino por esas bellas calles de mi Badajoz, entremetido entre un bullicio callejero que va de comercio en comercio o simplemente dirigiéndose a los lugares que tengan necesidad de acudir, con ese sonido que ofrecen los cuartetos, grupos o solistas que con orden y concierto (nunca mejor dicho), favorecen el relajamiento y calman al pavorido caminante.

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        Porque en esto de la música no puedo estar más de acuerdo con el polifacético Friedrich Nietzsche cuando decía que “sin música la vida sería un error”. Y no hay nada mejor que saborearla en las calles para acallar el ruido de lo mundano.

 

4 comentarios en “Música en las calles

  1. Luis-V. Pinheiro

    Admirable la redacción del texto. Cuánto no se habrá leído para tal dominio de la lengua. Sanamente envidiable. Mi reconocimiento para el autor de tales letras. 😉

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  2. https://chikiserrano.com/musica-para-bodas/

    AY! La vida del músico urbano es maravillosa, pero dura, dependes de tantas cosas, administraciones, vecinos, policías, etc. Pero esto te hace mantenerte en una cierta tensión de vida que es muy útil, siempre que no te coma el estrés

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