Carisma vs hipocresías y otras artes mezquinas

         En una reciente lectura a esas múltiples elucubraciones que suelen hacer los que acostumbran a transitar por las redes sociales, me llamó la atención la reflexión que se hacía en torno a las ovejas y los lobos, porque a la postre se vaticinaba –y aquí está la sorpresa- que el peligro no está exclusivamente en estos últimos, a los que se les ve venir con su clara finalidad depredadora, sino en las ovejas que con su tranquilidad y dulzura no sabemos a ciencia cierta por donde van y qué pulula en su interior. Porque no nos iremos a creer que todas son buenas y maravillosas.

        No faltan acertijos advirtiendo del cuidado que hay que poner a los lobos disfrazados de ovejitas. Pero se obvia que todas estas no tienen que ser tan mansas y cordiales, aunque sean débiles en enfrentamiento directo con los lobos. Vamos, que el estar alertas a lo que se mueve, y quienes circundan a nuestro alrededor, es tarea que merece más atención de lo que hacemos. Para no vernos sorprendidos de la excesiva confianza mostrada.

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          Y precisamente por ello me permito mirar con énfasis lo que acontece en esos personajes que van y vienen, o sencillamente se mueven en nuestro entorno, para descubrir el interior de lo que la apariencia muestra. No está de más que de vez en cuando abramos los ojos plenamente.

        Por lo pronto a nadie le puede pasar desapercibido que existen personas con un carisma especial, dicho sea el término en el sentido de que la mera presencia, o simplemente ver cómo se muestran algunas personas es un claro síntoma de atracción. Nos acercan a ellas como para responder subiéndolas a una especie de púlpito popular. Claro que con esta actuación hay que tener cuidado porque si bien es cierto que hay personas que nacen con esa aureola, está demostrado que tener carisma y mostrarlo también es posible con la preparación adecuada para ello. Y a veces este estado de esfuerzo carismático denota la falsedad de quien pueda utilizarlo como estrategia. Aquí radica el peligro, cuando no se actúa de manera natural.

         Veamos unos ejemplos. El tenista español Rafa Nadal es, de por sí, muestra clara y evidente de un personaje carismático. Se mueve con una muestra inequívoca de sensatez, bondad, trabajo, entrega y humildad que le hacen ser un ídolo para los que aman el deporte y para los que simplemente lo ven cómo va por la vida. Ha nacido así y casi con seguridad no hace esfuerzo alguno en mostrar sus bondades para ser admirado como lo es. Otros son carismáticos sin tan siquiera hablar, como ese agradable aspecto del actor George Clooney, que con su cara ya hace fascinar a sus grandes admiradores; luce bien hasta con esa barba cuisicanosa que porta recientemente. En fin, qué decir de mi actriz favorita, Meryl Streep, encarnación de una personalidad y fisonomía que le caracteriza y cae bien hasta con sus mensajes subliminales como el conocido sobre la edad y la poca necesidad que se tiene de fingir o aguantar determinadas cosas cuando ya se portan canas.

         Sin tanto renombre y popularidad es igualmente posible encontrar ejemplos que nos ilustran acerca del carisma y lo carismático. El caso de J.K. Rowling merece traerlo a colación, porque estamos refiriéndonos a la autora de la saga de Harry Potter, que como se sabe ha conseguido entusiasmar a millones de niños de todo el mundo, eso sí sin apenas conceder entrevistas. En un momento muy difícil de su vida, cuando era una madre soltera que no podía pagar ni el recibo de la luz, creó ese personaje fantástico que fue rechazado por varias editoriales, y su resistencia y ahínco le llevo a que una de ellas creyera en el proyecto y está claro que no se ha tenido que lamentar. Vemos pues que el carisma puede estar sin la apariencia externa y, por ello mismo, muestra una cierta afinidad con el liderazgo. Se asume y porta pero no se impone. Así, son muchos los personajes que nos rodean que muestran ese elemento que les destaca.

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     Pero muchos lo confunden con el tipo de personaje ególatra que le hace insoportable. Esas personas prepotentes que mirando su ombligo consideran a los demás como seres inferiores, tontuelos diría yo, porque de lo que se trata es practicar la hipocresía para sacar tajada de una postura hostil. Maquillan con la debida preparación su imagen pero esconden una actitud que tarde o temprano sale a flote por el nulo potencial carismático que tienen y su tediosa manera de actuar para conseguir sus oscuros deseos.

        Ahí tenemos los casos de políticos, gobernantes, dirigentes y comerciales que trabajando su perfil, o con risitas falsas (como las hienas), campean por la vida abusando del que está cercano a ellos y va de buena fe. Porque, entre otras cosas, lo que hacen esos personajes es ir por la vida engañando a los demás, abusando de su debilidad, y con ello proseguir con su hipocresía crónica.

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        El problema no es que estos águilas revoloteen por encima buscando las presas, sino de aquellos que les miran y no se inmutan, o incluso se dejan llevar para seguir fielmente sus postulados, porque a la postre no hacen más que alimentar su osadía y la expansión del prototipo. La pasividad lo que hace es encubrir al hipócrita, y no caben escusas. Nadie puede verse mediatizado y envuelto en la telaraña que aprisione la libertad de movimientos. Y mucho menos reír las gracias de quien se sabe, a ciencia cierta, que es un fraude como persona.

     Cuidado pues con los personajes carismáticos, porque junto a los que son por merecimiento propio se encuentran otros por imposición o actuación teatral. Igual que esas personas que hoy te saludan y mañana no te conocen, merece que despejemos el bosque y nos demos cuenta de a quien ensalzamos. Los que van por la vida con hipocresía no merecen otra cosa que ser desposeídos de la máscara carismática que se han puesto. Cuanto antes mejor porque, en todo caso, el tiempo y sus acciones los va a ir descubriendo en estado puro. Pero para advertirlo antes de que nos veamos envuelto en su telaraña, hay que tener los ojos bien abiertos. Y no dejarse llevar siguiéndoles al rebufo.

          Concluyo con un pasaje de la reciente lectura que he realizado de uno de los libros que ha escrito el famoso cardiólogo Valentín Fuster, refiriéndose a quien fuera su tutor, otro cardiólogo con un carisma innato y que le infundió el amor a la profesión y el camino por el que transitar. En los últimos momentos de su vida, el apreciado mentor pronunciaba unas últimas palabras dirigidas a su hijo: “sobre todo, no seas engreído”. Ser engreído y/o un hipócrita es tanto como encontrar un ser carente de la deseada humildad. Una lección que debería aprender todo el mundo.

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