Cumplir años…

           En esto de los cumpleaños existen versiones contrapuestas. Las de aquellas personas jovencitas para los que cumplir años es toda una aventura pasional, de disfrute a tope, sobre todo cuando se lucha por llegar a lo que se concibe como mayoría de edad y con ello atribuirse prerrogativas que luego, en la realidad, no son tan relevantes porque no siempre va unido a la independencia que haría cabalgar a cada uno apechugando con sus propias alforjas, o con momentos repletos de felicidad.

             Recuerdo que en mis tiempos de niño corría un bulo espectacular, muy lejano a lo que hoy se piensa de todo ello, y que nos hacía una ilusión tremenda conseguirlo. Cumplir una determinada edad –no recuerdo con exactitud de cuántos años estamos hablando- suponía la creencia de que los titulares de ese ordinal de vida recibieran por título honorífico la panacea de preceder al nombre con el don o doña que daba cierto postín social. Que ilusoria pretensión propia de quienes todavía no sabíamos distinguir la consideración y respeto que merecía la docta posición personal y cultural que pudiera alcanzarse, de la mera vivencia temporal.

           Ocurre que cuando ya se avanza en edad, y tras pasar esa medianía que hacía correr el tiempo sin preocupaciones alarmantes, llega un momento en que no son tan bienvenidos los festejos cumpleañeros. Al menos no para todo el mundo. Recibir la felicitación lleva a muchos a arrugar la cara, en clara muestra de no sentirse satisfecho con el momento. Y conforme suben los dígitos mayor resistencia puede advertirse, aun cuando también están los que piensan y están firmemente convencidos de que eso de cumplir años es un enorme orgullo y satisfacción, una posición digna de resaltar para no verse inmerso en la angustia que pueda suponer el cambio numérico.

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          Entre un extremo y otro bien merecería la pena buscar un cierto equilibrio. Por aquello que el vaso puede verse medio lleno o medio vacío, según la perspectiva desde que se divise, y tan verdad será una visión como otra. Cumplir años debe ser un momento de agradecer a la vida que podamos verlo, de sentirnos avanzar en una aventura vital que, con sus pros y sus contras, siempre será positivo contarlo. También ocurre que cuando se cumplen años se adquiere mayores posos para vivir los instantes, saborearlos sin distracciones inoportunas e inapropiadas. Despejadas las musarañas juveniles debemos encontramos con la lucidez necesaria para saber lo que se está viviendo y cómo. Cada día que pase debe servir para mejorar y adquirir mayor personalidad, para forjar una sabiduría propia de lo que da conocer cuanto más mejor, de tiempos pasados llenos de experiencias y aprendizajes. Y si hay arrugas que no pueden disimularse pues benditas sean, habrá que considerarlas como muestras de una travesía que se está llevando dignamente.

edad

         Por tanto será mejor que pensemos que avanzar en edad debe ser un verdadero festejo, porque ya no se hacen locuras propias de la inexperiencia anterior, o al menos si se hacen lo es con plenitud de conciencia, sabedores de lo que se emprende y riéndose del mundo, al que se le pierde el justo resquicio de respeto que permite vivir con intensidad. El cumplir años no debe ser preludio de infelicidad, sino antesala de la posición que hace contar lo que otros no han podido conocer ni vivir. Siempre es grato escuchar a quienes con un bagaje amplio del recorrido vital permiten avanzar en tus conocimientos.

           Esconder números es tanto como engañarse a sí mismos, adulterar el recorrido que se ha llevado por la vida, y más que considerarlo un signo de coquetería parece esconder otro síntoma, el del miedo a sentirse mayor. El temor a envejecer con lo que ello supone. Aunque fuera comprensible esta visionaria perspectiva del camino que recorremos, también parece aconsejable que lo hagamos con la vertiente positiva que ello supone, de vivencia, de experiencia, de conocimientos adquiridos, para poder servir mejor a un mundo que no debería desaprovechar la oportunidad de aprender de quien ya ha culminado etapas, esas que puedan esperar a los intrépidos que piensen o puedan suponer que no necesitan de los demás para afrontar lo que les queda, porque seguro que no será fácil como tampoco lo fue para los que han traspasado ese estadio.

         Por ello mismo pienso que, llegado el momento, debe sentirse cada uno feliz de avanzar en el camino que se lleva. Mejor disfrutarlo y pensar que, el día después, es el comienzo de una nueva etapa llena de expectativas y de momentos donde poder cumplir deseos, nuevos o los que hasta el momento no se han podido ver realizados. Cuando se reciba la felicitación, lo mejor será plasmar la sonrisa que denote que lo vivido no ha sido pasajero, y que lo que sigue no tiene por qué ser negativo y se ve lleno de expectativas. A buen seguro que, si es menester, siempre podrá tenerse la esperanza de mejorar y ver la luz de todo aquello que no se haya podido hacer antes. Lo impredecible del futuro es una cuestión que se escapa a nuestras pretensiones, pero no todo lo que llegue tiene que venir acompañado de borrascas. Mejor confiar en lo que pueda llegar, en tanto la salud nos acompañe. Porque esto ya es otra cosa.

          En definitiva, vivir para cumplir años y no al revés, porque si se espera puede que no llegue. Aprovechar los años es tanto como vivirlos con intensidad. Por todo ello, nada mejor que felicitar a los que cumplen años, y que esta sea bien recibida.

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