La mirada de Badajoz hacia el río Guadiana

      Si hay un testigo excepcional del transcurso del tiempo y de cómo ha ido evolucionando la ciudad de Badajoz es, precisamente, ese río Guadiana que le atraviesa para regocijo de una tierra que sería inhóspita y agreste si no contara con la magnitud del discurrir de unas aguas que tanto podría decir de cuanto ha ido aconteciendo. Desde que viera nacer a la ciudad hasta seguir sus vicisitudes, sirviendo en muchas situaciones como aliado defensivo cuando no de sustento al permitir bajar por las corachas (dicho sea el término para referirse a la prolongación o apéndice de la muralla de la Alcazaba hacia fuera, separándose del contorno perimetral de la fortaleza), para recoger sus preciadas aguas.

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        Claro que, teniendo el mismo recorrido, y pareciendo que permanece eterno, su liquidez va cambiando permanentemente para desaparecer al fondo de un horizonte donde se esconde el sol y convertir así su despedida, antes de adentrarse en tierras portuguesas, en una belleza sin igual, como día a día aprecian los ciudadanos que acuden a ese espacio para ver la grandilocuencia de unos colores que impresionan cuando el sol se retira dando las buenas noches.

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     Los que aquí llevamos vivido unos pocos años tenemos recuerdos dignos de resaltar para así convertir en algo exultante lo que es de grandeza eterna. Quizá el mejor homenaje y agradecimiento que podemos ofrecer a esta belleza natural es no dejar de mirarle nunca y de recordar. Para revivir los instantes que nunca pasarán, y para descubrir todo lo nuevo que nos ofrece con cada nueva mirada que le demos.

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      Unas aguas que, aun pareciendo mansas, por aquello de que el progreso le ha mermado su caudal bravío, no siempre ha sido así. A veces se enfurecían tanto como producir trastornos considerables a una ciudad que ha vivido momentos de extrema dificultad, tantas como guerras han asentado su virulencia en este territorio y que impidieron crecer con la grandeza que merecía. El caso es que, en esos tiempos en que la lluvia arreciaba con mayor intensidad, el río parecía quererse apoderar de la ciudad, ensanchando su caudal para dejar desprotegidas a las viviendas más cercanas, con la necesidad de desalojar a sus ocupantes para acogerlos en lugares sociales.

           Cuando no querer destruir el que fuera el único puente entonces existente, el de Palmas, que data del año 1460, y que bien sabe lo que es luchar contracorriente, porque en parte le ha vencido en no pocas ocasiones en ese permanente enfrentamiento que han sostenido hasta la que ahora parece una paz convenida. En esas luchas fueron significativas muchas fechas: en 1545 le arrancó varios arcos y en 1603 una gran riada destruyó 16 de los 24 ojos que entonces tenía, motivando su práctica reconstrucción; en 1758 y 1828 hubo nuevos embestidas llegando a quedar cubierto el puente por completo.

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        Pero en esos plácidos veranos, cuando el agua transitaba con la salubridad que le daba la naturaleza, los ciudadanos badajocenses sabíamos cómo acudir a sus brazos para que nos acogiera con la frescura de su caudal. La playa, el embarcadero, el pico…y esas barcas de madera cruzando hacia sus orillas repletas de gente deseosa de ir para acá y para allá. Buscando el sitio más propicio para imbuirse en uno de sus preciados aposentos. Con esos trastos de majestuosos flotadores negros que cumplían una misión muy diferente a la suya originaria.

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        Tanto el río como sus afluentes y riberas han servido tradicionalmente, a su paso por Badajoz, como zonas de recreo y esparcimiento. Había quienes acudían con entusiasmo a practicar ese deporte de la pesca que tanta paciencia exige y que, a buen seguro, hacía que el estrés que se tuviera, si es que por aquellos entonces pudiera hablarse de tal, quedaba mermado con el premio de llevarse a casa unos espléndidos peces que, sin necesidad de reconocimiento, mostraban su aptitud sanitaria por la placentera presencia que mostraban. Lamentablemente, la progresión experimentada durante las últimas décadas, el crecimiento de los núcleos de población y, para más desgracia de todos, la introducción de especies no nativas y de marcado carácter invasor, han sido los factores principales que explican la alteración del hábitat fluvial y una menor diversidad de la fauna de peces nativos, como así se encarga de recordarnos uno de los paneles informativos que hoy se colocan en las orillas.

          Estos aficionados a la pericia de la pesca, acudían en su momento con la intención de disfrutar de esa fauna un tanto singular y diversa, como el jarabugo y el bargo cabecicorto. Actualmente, estas especies, así como otros taxones propios de la ictiofauna nativa, caso de la colmilleja, o la boga, entre otros, son cada vez más escasas y se recluyen en aquellas situaciones del ámbito fluvial con mejor calidad de hábitat, aguas y frezaderos. Hoy, en general, se acude a especies introducidas por el hombre, como la carpa, el carpín, el pez gato, el perca sol, la perca americana, la pequeña gambusia, y la tenca, siendo más escasa la presencia de la lamprea marina, el sábalo y la anguila.

        El curso del río a su paso por la ciudad viene manteniendo un nivel constante y sin fluctuaciones motivado por la existencia de dos azudes o presas que favorecen el tránsito moderado de las aguas. Uno, el de la Pesquera, zona emblemática conocida por los badajocenses de antaño y hoy especialmente favorecedora de los aficionados a la pesca, y que se sitúa en el lugar donde confluyen el Guadiana y el Gévora en la salida de Badajoz para Cáceres. En la orilla pueden divisarse tres edificaciones que representan el pasado no muy lejano de nuestra ciudad: la fábrica de la luz, el molino de los Moscosos y la harinera, sobre los cuales podrá encontrar el lector más información en otra de las entradas que he podido realizar en el blog (Ruta por Badajoz que fusiona naturaleza y cultura patrimonial).

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        En el trazado que discurre por la ciudad hay que empezar por la afluencia que ofrece el arroyo Rivillas al río Gévora, generando una flecha de cantos fluviales y otros sedimentos que favorecen el crecimiento y desarrollo de vegetación ribereña de gran interés para la fauna local, especialmente para las aves, entre las que cabe destacar esas de mediano y pequeño tamaño que frecuentan las orillas poco profundas y los lechos fangosos para buscar los invertebrados de los que se alimentan, además de ligarse a los sustratos pedregosos de cantos y grava para establecer sus lugares de cría en la zona.

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           Qué decir de ese pico que hacía ver al río en la unión de las corrientes que le llegaban, entonces bello paraje natural que cuando no permitía acudir a los pescadores, lo era para bañistas, y en algunos espacios permitía ocultar algunas parejas con el desenfreno propio del amor; y que hoy queda recuperado, de forma un tanto diáfana, como bien podemos decir los que nos gusta transitar por tan bellos parajes.

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       El embarcadero reunía multitud de personas que bajaban de la ciudad asentada en ese centro que ahora se dice llamar histórico y que realmente lo fue por suponer el inicio de una ciudad que vertía su extensión de población desde la magnificencia de su Alcazaba, igualmente expansionada en su fortificada urbe con el devenir de los tiempos. Buenos y afamados deportistas locales han practicado el placer de esos partidos de fútbol que se improvisaban entre los pinares majestuosos que entonces poblaban la zona, para después de un esfuerzo físico acudir al premio que ofrecía la frescura de las aguas. Amor, amistad, camaradería y diversión son palabras que bien pudieran quedar grabadas en ese paraje, hoy remozado para seguir disfrutando del entorno.

      Un río que por momentos también le gustaba hacer algunas travesuras, quizá propiciada por la confianza que se tenía por bañistas presurosos de mostrar sus dotes atléticas o como consecuencia inesperada de las imprudencias propias de una edad donde parece que nada puede cortar el desenfreno y la euforia. Muchos eran los sitios fatídicos donde el río parecía quererse llevar a su interior a los intrépidos nadadores. Los ojos de ese Puente de Palmas han sido lugares propicios para que muchos ciudadanos dejaran su vida en esas conocidas pozas que absorbían a los atrevidos jóvenes. Ver a los bomberos surcando las aguas para buscar a quienes como por arte de magia habían desaparecido era otra visión de las que quedan en el recuerdo. Aunque nada placenteras de atraer a la mente.

        Sea como fuera, el caso es que en los inviernos bravíos y en los veranos sedosos hemos podido ver unas aguas que bendecían permanentemente a la ciudad. Aun cuando hubiera un tiempo que el pueblo se apartó de esa cercanía, por aquello de que las aguas ya no contaban con la salubridad de antaño. Se volvía la espalda a tan apreciado fenómeno de la naturaleza para convertir en maleza lo que merecía otra suerte.

        El progreso ha hecho que le surquen nuevos puentes (de la Universidad -1960-; de la Autonomía -1990-, y Real -1994-), prepotentes y sin temor a ser vencidos o pasar por los momentos que atravesó el abuelo de todos ellos. También sobre ellos tuve ocasión de hacer una entrada (Badajoz y sus puentes).

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       Además de remozarse y fletar las orillas derecha (Paseo Alfonso IX de León, en recuerdo y homenaje a quien el 19 de marzo de 1230 conquistara y fundara el sitio como ciudad cristiana), e izquierda (Parque del Guadiana), para que podamos acudir los ciudadanos y visitantes y recrearnos en un bello paraje natural, con grandes praderas abiertas hacia las orillas del río, y la ubicación de modernos equipamientos deportivos y de ocio, juntamente con kioskos y cafeterías en amplias explanadas. Los trajes deportivos, el paseo, el running, las carreras, o las modernas técnicas de práctica del nordic walking, juntamente con el tránsito de bicicletas son muestras de una ciudad que visita permanentemente la zona y que mantiene en sus ojos la grandeza del río que bendice la ciudad.

    El tramo fluvial que discurre entre el puente de la Universidad y el Real, acoge una de las zonas de nidificación y cría de algunas aves amenazadas, además de ser frecuentado por garzas que permiten al paseante recrearse con el espectáculo que brinda su presencia.

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      Tan lucido entorno contrasta con los invasores que han llegado a restarle fuerzas a las aguas. Unos que, aunque plaga son un tanto inofensivos y fáciles de controlar, como esos patos que abundan en las orillas y recorren sus aguas. Otros agresivos al máximo, apoderándose de las aguas con virulencia, como son esas plantas amazónicas que hacen infructífero todo esfuerzo humano para combatirlo, necesitado de unas acciones mucho más incisivas para que el resplandor del tránsito de las aguas discurra como lo fuera desde tiempos pretéritos.

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          Estoy convencido que más pronto que tarde el surco de las aguas brillará con el esplendor que merece. Y que recorrer sus inmediaciones o cruzar por sus puentes se conviertan en el placer de ver a un fenómeno natural al que estar siempre agradecido. Porque acostumbrarse a lo bueno no debe impedir reconocer lo que es un apreciable bien que no todo el mundo puede disfrutar.

       Desde la desembocadura del río Gévora hasta el otro azud, el de la Granadilla, permanece embalsado el río (5,78 km. de longitud), coincidiendo todo ello con el tramo urbano que atraviesa la ciudad de Badajoz.

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         Esta parte del azud es considerada como zona de especial protección para las Aves (ZEPA), por el volumen de especies que viven en los dormideros y en las islas que se conforman en sus inmediaciones. Las especies palustres son las más habituales de este ámbito fluvial, con garzas diversas y abundantes. No se puede omitir el amplio colectivo de aves de pequeño tamaño que habita las formaciones de arbolado, carrizos y cañas del borde fluvial. En fin, también acoge la zona un espectro importante de mamíferos, destacando la presencia de la nutria y el meloncillo.

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        Luego, desde el azud de la Granadilla hasta la desembocadura del río Caya (6,7 km. de longitud), el Guadiana recupera su aspecto natural, presentando en sus riberas importantes orlas de vegetación de ribera. En ese espectro de belleza, y a unos dos kilómetros aguas abajo del azud puede advertirse en la actualidad la incipiente obra del que será quinto puente de la ciudad, que tendrá 420 metros de largo, que acoge la construcción de la circunvalación por el sur de la ciudad. La Ronda Sur, tan necesaria ya para que el centro del casco badajocense se vea despojado del excesivo tráfico que soporta, tendrá el placer de divisar un espacio de naturaleza digno de ver y disfrutarlo.

       No falta más adelante un pequeño puente que permite atravesar el río, propicio para quienes transitan disfrutando del entorno y quieren hacer un recorrido circular entre orillas. En todo este espacio, principalmente aguas abajo, acoge una abundante ornitofauna acuática.

       Con esta pasión, lo mejor que puedo hacer en estos instantes es pararme a ver el brillo de unas aguas que siguen avanzando sin parar, con el fondo de un horizonte rojizo en sus diversas tonalidades, porque se acerca la noche y la oscuridad hace que una ligera y fresca brisa acaricie mi cara como para darme la paz que en este lugar busco con la frecuencia que puedo. Por lo que diviso alrededor, no soy el único que tiene estos sentimientos.

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4 comentarios en “La mirada de Badajoz hacia el río Guadiana

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