El sentido común

          Una salida airosa popularmente utilizada cuando no se sabe una respuesta cierta es la de referirse al sentido común, que más bien parece eludir el concretar lo que se pretende o quiere infundir. De esas respuestas que utilizamos por costumbre y que queda bien para salir del paso.

         Si ahora reparo en ello es porque ante la incertidumbre y falta de concreción de las normas, instrucciones y recomendaciones que se vienen haciendo en este dichoso estado de alarma en el que nos vemos inmersos, he podido ver que una y otra vez acudía a esta manida frase el gobernante que le tocaba responder a preguntas de periodistas o a personas que ante la letra de lo difundido, no sabían a ciencia cierta si la casuística en la que pudieran verse inmersos, o que deducían como posible, encajaba en el espíritu de lo regulado.

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         También en la calle se comentan las posibilidades de dar un paso u otro, o actuar de una u otra manera, y la respuesta que más se da es la de que se utilice el sentido común.

        Qué decir cuando ocurre algún evento que se solventa con la solución o decisión que pudiera considerarse como lógica y normal, y el titular de la noticia destaca que “se impuso el sentido común”.

         Tanto acudir a esta salida airosa que me interesa muy mucho conocer las razones del por qué ha calado tanto esta frase en nuestro léxico cotidiano. Y si tiene esa certera interpretación que todos pensamos o si la cuestión tiene su propia enjundia. A ver si queriendo decir lo que pretendemos estamos realmente diciendo, o pudiendo decir otra cosa. O que nuestra perspectiva no coincida con la que puedan tener otros. Y es que, hoy en día, son pocas las cuestiones que podemos dar por conocidas con la exactitud que marca nuestras creencias.

       No voy a entrar en las teorías filosóficas que desde Aristóteles hasta el enfoque pragmatista surgido en el mundo anglosajón a partir del siglo XIX, pasando por René Descartes y otros eruditos, han ido puliendo el concepto de lo que para ellos representa el sentido común, en unos primeros momentos vinculado a las experiencias o estímulos sensoriales que posee cada individuo o al concepción universal que tiene el ser humano, para llevarles a reacciones uniformes; o al conjunto de creencias sobre aspectos prácticos y básicos del día a día, esto es, del contexto que nos rodea, lo que hace variar la opción en función del tiempo y de las condiciones en que nos enfrentemos.

         Me interesa especialmente la perspectiva acuñaba por Voltaire, que sentenciaba diciendo que “el sentido común es en realidad el menos común de los sentidos”. Esta aparente contradicción de palabras, que dejaba en el vacío entender lo que se quería decir, realmente tiene su calado. Entendía el filósofo que no siempre se percibe esa uniformidad a la hora de entender lo que puede ser lógico o lo esperable en cada situación porque cada uno integra en su ser su propio sentido común, el cual, en ocasiones, no marida con el que tienen los demás.

        Creo sinceramente que aquí está el quid de la cuestión, la que da al traste con ese presuroso entendimiento que nos marcan con la predicción que hace decaer cualquier dirección que sea contraria a la única que se considera correcta. El sentido común supone para los mortales, dicho sea en una casi generalizada aceptación, su utilización para marcar una pauta de conducta única. Referido a lo que deberíamos considerar como básico y evidente, pero cuyo concepto debemos manifestar nuestra oposición porque en realidad no es tan sencillo discernir.

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         Aquí entramos los que pensamos que esto del sentido común puede ser origen de serias discrepancias, tan palpables como las que estamos viviendo en esta sociedad que aparece fuertemente dividida. Para unos, el sentido común puede decirles que todos tenemos que salir a la calle y dejarse de confinamientos, mientras que para otros, salir es carecer de lo que se piensa como sentido común, una locura que conduce al sinsentido. Unos dicen que mascarillas y guantes sí, y otros no, tan convencidos los ciudadanos y también expertos y especialistas de prestigio de una postura u otra como para que ya sea un atrevimiento responder alegremente con la mágica solución de acudir al sentido común.

        La psicología incide en nuestro mundo con una contumaz posición para dirigir nuestras vidas con la sabiduría de profesionales que dicen ayudarnos para tener una vida mejor, o al menos más llevadera. Pues bien, también en este campo tienen su propia opinión. Acudo a palabras dichas por Adrian Fumham, psicólogo de la University College de Londres, e incorporadas a uno de sus libros, que tiene ya unos años (1996), Todo en la mente: la esencia de la psicología, que viene a decir que no debemos dar nada por sentado pues, a veces, lo que se considera que es de sentido común es un auténtico sinsentido.

         La idea que proyecta con su doctrina es transmitir la necesidad de adoptar siempre una visión crítica y realista sobre la realidad. Al tener que tomar decisiones ha de acudirse al análisis del contexto, de las particularidades que presenta el caso y aquello que nos convenga o parezca ser lo más acertado, claro está, desde juicios razonables. Porque el sentido común es permeable, adaptado a los momentos y circunstancias que se presentan, y de ahí que, como ya visionara Voltaire tiempo atrás, el sentido común puede ofrecer conclusiones diferentes entre las personas, porque simplemente los puntos de vista serán distintos.

         En definitiva, aun cuando todos podamos tener un cierto acercamiento en lo que podamos entender como sentido común, a decir verdad no nos puede sorprender que entablada la conversación sobre cómo deba serla, los distintos protagonistas puedan ofrecer perspectivas diferenciadas, y serán tan válidas como para que dejemos de utilizar frases hechas que no son tan claras y evidentes como podemos pensar.

        Con ello pretendo decir que zanjar un tema apelando al sentido común como fórmula inequívoca de dejar concluso el debate es una manera de empobrecerlo, porque si se piensa que la popularidad de una idea es la única posible, no lleva implícito que sea verdadera, buena y útil, por la propia subjetividad que implica el término.

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          En todo caso, y merece que así lo podamos convenir, bien parece que el concepto de sentido común tiene un claro propósito de buscar el bien común como sentido práctico para facilitar la convivencia y con ello evitar conflictividades para bienestar de todos. Esto sí que parece ser de entendimiento universal.

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