La fuerza de voluntad

         No es nada infrecuente que acudamos a la famosa frase que atiende a la fuerza de voluntad para referirnos a esa actitud positiva intrínseca que empuja a querer realizar una cosa y mantener para ello la vigorosidad necesaria de cara a conseguirlo. Unas veces nos hemos acusado a nosotros mismos de no tenerla (como sería el deseo de dejar el tabaco; también cuando se atiende a obligaciones que suponen sacrificio personal –como el estudio- y que encuentra la resistencia interna por esa carencia de fuerza que lleve a completar lo que en principio se quería). O, en otras ocasiones, lo hemos referido a otros que no actúan con el ímpetu que sería de desear (un ejemplo muy ilustrativo lo es hacia esos hijos que se empecinan en no hacer sus deberes escolares y solemos vincularlo a la carencia de fuerza de voluntad; o los empleados que con actitud pasiva se involucran poco en arrimar el hombro para conseguir el resultado colectivo).

         La adquisición de la fuerza de voluntad no es algo que se produzca con un mero acto decisorio. Aunque soy de los que pienso que hay muchas personas que nacen y viven acompañados de ese don, y la prueba más fehaciente es que siempre están ahí predispuestas a recorrer el camino que sea necesario, involucradas en todo cuanto pueden, sin embargo no todas llevan imbuida esta habilidad en sus genes. La cuestión es que no solo es querer, sino también elucubrar cuanto concierne al asunto para que tras el ahínco que se tenga y el resultado positivo de la evaluación que internamente hagamos, lleve a la acción. Como tal compendio de vicisitudes, se precisa que el actor esté en plenitud de fortaleza mental para asumirlo.

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         También creo que la fuerza de voluntad puede aprenderse, siguiendo al efecto .una metodología apropiada para que se convierta en un modo de vivir y actuar en la vida. Igual que otros rituales educativos que seguimos por la enseñanza recibida y que han entrado a formar parte de nosotros, de nuestra personalidad. Claro que para aprender, hace falta desearlo. Cómo si no se va a dejar de fumar o de realizar prácticas poco afortunadas para seguir un camino disciplinado en la vida, si no se desea hacerlo y poner todo cuanto se tenga para conseguirlo. Deseo y quiero, dos bonitas palabras con profundo significado que guían la fuerza de la voluntad.

         La cuestión relevante surge cuando pretendemos que esa fuerza de voluntad se materialice inmediatamente en el resultado buscado. Sí, ¡pero ya! Es un error entenderlo así por cuanto que sería fácil para todos imprimir el carácter de fortaleza para sacar rédito inmediato. Con la fuerza de voluntad impulsamos una acción, adquiriendo vigor una habilidad que supone un compromiso previo pero que ve retrasada la satisfacción de lo buscado, y sigue un camino nada fácil, con muchas tentaciones para dejar de actuar con el ímpetu iniciado. Como el niño al que se le deja solo poniéndole por delante unas chucherías de su agrado y al que se le dice que tenga fuerza para resistir la tentación y, si lo consigue, recibirá un premio mayor.

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           La fuerza de voluntad adquirida como modo de afrontar la vida y los compromisos que se nos pone por delante puede verse truncada y no sólo por las tentaciones que se presenten, que también, sino por los estados anímicos de las personas que generen decaimiento en sus deseos de actuar con positivismo. De ahí la conveniencia de mantener entrenado ese ímpetu y no dejarse llevar por situaciones angustiosas o estresantes que den al trasto con esa luminosidad en la manera de actuar.

        Utilicemos un símil apropiado para una mejor comprensión. El deportista que quiere triunfar no le basta con desear, querer,  y finalmente tener fuerza de voluntad. Debe adquirir unos hábitos y rutinas conscientes de trabajo cada día para que el sacrificio que suponga pueda conducir al resultado que espera obtener. No solo precisa fortaleza física, sino también mental, para que esa luz que se ha encendido en el interior mantenga viva la llama.

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          La voluntad fortalecida propicia, por lo demás, que surja la motivación, aunque esta es primaria y superficial, sin el resorte y durabilidad que se precisa con la pertinaz e incisiva fuerza de voluntad. Mago More, cómico, guionista y empresario, vino a decir en su libro Superpoderes del éxito para gente normal, que “Si la motivación es la cerilla que prende la mecha, la fuerza de voluntad es la cera de la vela”; con ello explicaba que por muchas cerillas que podamos tener, si no tenemos cera para mantener la llama, al final, se termina apagando.

          En tiempos convulsos como los que vivimos, donde la moral precisa de altas dosis para superponerse a tanta desdicha, todos nosotros y los que responden de empresas y negocios comerciales que les hacen vivir a ellos y a tantas otras familias, no cabe la menor duda que la fuerza de voluntad es toda una contumaz obligación que se impone para conseguir salir de estas dificultades.

Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad

Como no, Albert Einstein

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