El refugio en el victivismo

Si hay una estrategia que tiene su éxito es la que utilizan algunas personas cuando usan o incluso abusan del victivismo, como método que permita recibir los apoyos graciables de quienes no lo darían si no fuera por la pena o misericordia que les ofrece quien está apocado en el terreno de la agresión fortuita producto de la casualidad, la mala suerte o el mero subterfugio a la apariencia de esta circunstancia.

En un mundo donde prolifera la indiferencia hacia los demás, me sorprende esta reacción tan humana y que pueda favorecer al que se aprovecha de la situación actuando, consciente o inconscientemente, con la cruz a cuesta de su victivismo.  Tanto como para dar la razón a Daniele Giglioli  -experto en literatura comparada y crítico literario-, cuando en su obra  Crítica de la víctima hace afirmaciones tan certeras como que “la víctima es el héroe de nuestro tiempo”, tanto como para considerar que “ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable”. Si me he extendido en la cita lo es porque no se puede ser más expresivo, claro y contundente que con estas palabras que recogen toda la esencia del sujeto que intento describir.

Cuando los codazos proliferan y todo supone cabalgar para ser el o la que más, puede advertirse que quedan flecos del trasfondo humano que hace que sea una reacción natural la de acercarse a la víctima para ayudarle y para culpabilizar de inmediato a quien hubiera propiciado esa caída. El presunto opresor se verá en difícil situación ante una sociedad que le mirará con rencor por intentar sacar tajada de la debilidad del que se ha convertido en víctima.

No es nada infrecuente que en bastantes ocasiones existan defraudadores que se aprovechan de la situación para conseguir sus ocultos objetivos. Como el mendigo que sin serlo pide compasión a los demás para que puedan socorrerle pensando que la agonía aflora en su camino. El disfraz de la víctima es bastante socorrido para conseguir llamar la atención, y recibirla de forma permanente, porque los hay que de la situación de víctima no salen y con su agonía buscan siempre a culpables de su estado. Nunca se considerarán propiciadores de la situación y en todo momento encontrarán un tercero al que colgar el sambenito.

Acomodados en ese lamentable estado, puede llegar a convertirse en una actitud cuasi enfermiza que hará infructífero el intento de alentarles para que salgan de la agonía. Todo lo contrario, el único resultado que se obtiene es el de reforzar su actitud pesimista. Sea o no cierta la actitud de la víctima, el caso es que llegan a instalarse en esa posición porque consideran que es la única manera de obtener el reconocimiento o la atención de los demás, pues de otra manera no encuentran camino para que pueda llegarles el abrigo de la esperanza.

Vivir en la cercanía de una víctima contumaz es tanto como sufrir con ella, porque las embestidas hacen creer que prestándoles cuanta más atención sea posible se conseguirá la deseada concordia. Pero he aquí el error en que puede fácilmente caerse porque la víctima cada día se sentirá más fortalecida en su situación, máxime si ve que obtiene resultados satisfactorios a sus pretensiones. La cercanía con una víctima produce como consecuencia sentirse responsable de ese estado emocional negativo, convirtiéndose en presa fácil para quien defrauda. Al final, la víctima real de la víctima defraudadora, valga el juego de palabras, dejará de lado sus propios valores y necesidades para ser anulada y caer en el pozo de quien no hace otra cosa que desprender toxicidad.

Hay que estar muy prestos a ese refugio que utilizan los que se encasillan en el victivismo porque al final, queriendo hacer una buena obra, se cae en las garras de quien busca presas con las que alimentar su atención y que, en no pocos casos, esconden una verdadera ambición de poder o de relevancia.

No quiero decir con todo ello que no existan verdaderas víctimas de la opresión y el infortunio, acaecida sin buscar ese resultado y que, por tanto, merecen la atención y ayuda que precisan, pero como en muchas otras facetas de la vida, entre lo que parece y lo que es, existen diferencias notables. Mi atención va hacia los muchos que manipulan la realidad y hacen distorsionar los sentimientos humanos que, por suerte, todavía quedan. Nada más apropiado que traer a colación lo que dijera el gran Buda, aquello de que mientras que el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Instalarse en el victivismo permanente es, sin duda, una opción que debe ser tratada como tal.

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