Cuestión de tiempo

Si hay un elemento consustancial a la propia dinámica de la vida lo es el tiempo, ese permanente movimiento que resulta inimpugnable a cualquier otra eventualidad o intento de paralización. El tic-tac del reloj es el resultado de ese continuo vaivén que supone el paso de un instante a otro, avanzando sin solución de continuidad.

Y precisamente por ese avance que supone, se valora justamente por el refranero español, tan certero siempre en la determinación de los múltiples mensajes subliminares que esconde cada secuencia de la vida. Desde su intrínseco valor: “El tiempo es oro”, “El tiempo es la cosa más preciada del mundo: porque el que se pierde no se recupera jamás”; hasta su conclusa delimitación: “Con el tiempo todo se acaba”, “El tiempo es devorador y consumidor de todas las cosas”, transcurren por medio infinitos mensajes que tienen como protagonista al preciado tiempo, en especial para que se aproveche por la propia fugacidad que representa y porque lo que pasa ya no vuelve: “Aprovecha el tiempo, que vale el cielo”, “El tiempo vuela como el viento”,  “El tiempo dura tan poco que ya es pasado cuando se nombra”, “Tiempo ido, tiempo perdido”…

En especial el tiempo actúa, la mar de las veces, como dictado de sentencia, precedida de la necesaria paciencia que debe tenerse para que acontezcan los resultados. Porque, en ese transcurso de la vida y de cómo pueda venir, el tiempo actúa como medida ineludible para progresar como personas y también como firme justiciero, para llegar a esa conocida y sugestiva frase declarativa de vaticinar que todo es cuestión de tiempo. Aconseja, sin duda, no ser presurosos e impacientes porque lo que ha de llegar se producirá en su momento, a su debido tiempo. Y los que huyen de la justicia que acontece con el tiempo serán presos de su designio. ”Dar tiempo al tiempo”, es fiel reflejo de la inevitable espera que exige toda actuación seguida para conseguir un fin.

Con el tiempo y paciencia se adquiere la ciencia”, es un vaticinio altamente significativo de esa adquisición de sabiduría que se produce con el tiempo. Nadie nace sabiendo, y solamente cuando transcurre tiempo, debidamente aprovechado con el esfuerzo, se va adquiriendo conocimiento, se va progresando. Aunque, claro está, a veces sucede que “El tiempo no siempre da canas”, mensaje expeditivo de los que la sucesión de períodos no han sabido o querido aprovecharlo para adquirir sabiduría y experiencia.

Los malos rollos que aparecen al momento enfurecidos, son minimizados u olvidados con el paso del tiempo: “El tiempo todo lo cura”. Claro síntoma de que el perdón –que no necesario olvido- está muy presente en el ser humano, porque así es como únicamente se puede sobrevivir. Aunque, como dijera el Papa Francisco, solo Dios olvida, gracias a la magnanimidad de su perdón. Una temporalidad que deviene como necesaria para frenar el ímpetu o desazón del momento, porque cuando se utiliza el refrán de “No hay mal que cien años dure” se trata de consolar a quien padece una desgracia, con la esperanza de que no es duradera; admite un añadido: “…ni cuerpo que lo resista“, evidenciando que el límite de la situación juega también con la paciencia para soportarlo.

El tiempo es el que, además, suele decirse que coloca a cada uno en su sitio. Mucho hemos oído esta resignada paciencia que nos da esperanza futura para solventar situaciones, y muchas son las ocasiones en las que, efectivamente, hemos podido comprobar cómo caían estatuas de barro producidas por la erosión que iban produciendo sus desdichadas actuaciones. Esperar, a veces, es la más sabia decisión para comprobar cómo cada uno recibe su propia medicina. Muy cercano a ello se encuentra otra dramática frase que tiene su origen en un proverbio chino; decimos que “Siéntate a la puerta de tu casa y verás al cadáver de tu vecino pasar”, desde la influencia de ese proverbio tajante: “Siéntate pacientemente junto al río y verás pasar el cadáver de tu enemigo flotando”. Es propio de este origen oriental el acudir a la paciencia como fiel consejera, aunque puede no estar tan acorde con la cultura occidental, pero en sí mismo encierra un mensaje que conviene no olvidar para evitar el sufrimiento del momento.

El tiempo es, por lo demás, quien genera esperanza para ver cubiertos los deseos. Claro que la pasividad no es siempre la mejor consejera para que se vean cumplidos. Será cuestión de tiempo obtener una resolución que el mismo destino haga posible, porque lo que esté predestinado será difícil que se tuerza.

Decimos que el tiempo no se detiene, que vuela, pero a decir verdad no siempre poseemos esa misma sensación. No parece que actúe la misma vara de medirlo cuando actuamos presurosos en la consecución de objetivos que cuando estamos pasivos. Mientras que la inmediatez de conseguir resultados nos come el tiempo con una voracidad inusitada, la pasividad que muchas veces proviene de la soledad, del aburrimiento, de la dejadez, es detonante de ese ralentí en la secuencia que mueve el tránsito por la vida. Goethe fue contundente: “Los perezosos siempre hablan de lo que piensan hacer, de lo que harán; los que de veras hacen algo no tienen tiempo de hablar ni de lo que hacen”.

Sea como fuere, lo cierto es que el tiempo lleva su propio ritmo y es por sí mismo gratis para los que vivimos. No puede comprarse sencillamente porque no está en venta. Eso sí, es sumamente real, aunque permanezca invisible en lo que a la materialidad se refiere. Tan transparente como para hacérnoslo vivir, al unísono con el aire que respiramos. La cuestión es saber hacerlo con el provecho que impida su pérdida. Vive y deja vivir, esa es la meta. Todo lo demás es cuestión de tiempo.


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