La sintonía entre las personas

Aunque el ser humano es por naturaleza sociable, no resulta nada fácil que se compaginen las relaciones entre los sujetos y por ello mismo no necesariamente todo encuentro o presentación anida una cordial bienvenida mental. A decir verdad, ese primer instante puede ser por sí mismo un tanto decisivo de cara a un futuro. Porque como dijera Óscar Wilde: “Nunca hay una segunda oportunidad para una primera impresión“.

Esta sensación inicial se produce de forma inconsciente, sin haberse tenido el más mínimo contacto previo, y como resultado acaece la sensación de sintonía para sucesivos encuentros o el efecto cargante de no traducirse en ese feeling necesario para poder mantener una relación cordial. De cualquier forma, la regla no puede concebirse como general y de índole matemática porque a veces la primera impresión no concuerda con lo que luego descubrimos cuando entramos más a fondo en el perfil y conocimiento de las personas.

La confianza o el acercamiento se hace patente cuando se compaginan posturas, o como suele decirse como metáfora, se habla el mismo idioma, en el sentido evidente de tener una consensuada posición o influencia mutua entre personas que se sienten cómodas manteniendo la relación. La amistad, la camaradería, la sintonía entre personas que deciden mantener proyectos comunes son el colofón a ese sentimiento interno.

El fenómeno es universal y, como no, también la psicología ha entrado en su consideración hasta el punto de acudir a ese aspecto de acercamiento acuñando un nuevo término anglosajón: rapport, aunque tenga un origen francés: rapporter, de significado literal “traer de vuelta” o “crear una relación” y que puede deducirse como el establecimiento de una relación tolerante y comprensiva entre dos seres humanos. Más apropiado a nuestro lenguaje es entenderlo como el acercamiento producido entre dos o más personas que les lleva a la compenetración. De esta forma, estamos en rapport cuando nos encontramos en sintonía con otros, encajando con ellos. Se genera una especie de puente que permite la confianza y comunicación de forma fluida y eficaz con otros. Se produce, en definitiva, una conexión de empatía. Estamos por ello ante una clave absolutamente necesaria para culminar con éxito cualquier propósito de vida, sea de índole laboral, familiar o social.

Este tipo de conexión, de buen rollo entre las personas, no debería entenderse como de una influencia tan decisiva como para convertirse en un mero transeúnte o monigote en manos de otros, aunque a veces esta sea la sensación que se percibe cuando grupos de radicales acechan y convencen de que se les siga para actuar con una misma intensidad y dirección. Entramos así en otro terreno necesitado de reflexión: las influencias.

Cuando no se tiene una personalidad definida y arraigada, nos convertimos en personas frágiles, de las que suelen aprovecharse los que sin escrúpulo alguno pretenden llevarte por un determinado camino. Muy propio de esos jóvenes que actúan colegiadamente con los compañeros y amiguitos surgidos de la obligada unión en los centros educativos. Y ahí está el temor de muchos padres, pendientes siempre de ver con quién se juntan los hijos y conocer sus inclinaciones.

Pero no necesariamente lo es exclusivo de grupos juveniles. También las personas de edad, plenamente conscientes, se convierten a veces en diana de los depredadores. En la confianza generada por quienes han medido bien la forma de comunicarse, caen los incrédulos en las redes de los sin escrúpulos. En su discurso conmovedor pero que en realidad está carente de sustento racional.

Conviene por todo ello mantenerse atento. Como ha dicho el ensayista, historiador y orador profesional, Jack Canfield, “Hay esencialmente dos cosas que te harán sabio: los libros que lees y la gente que conoces”. Nada más certero para pensar que las personas se forjan como se educan y con quienes se relacionan. El entorno es, por ello mismo, fundamental, y aunque el ambiente por sí mismo no puede evitarse, sí es posible seleccionarse convenientemente. Porque a la postre, con quien estemos, y cómo sean, irradiaran consecuencias en nosotros mismos. Esos posos que día a día vayan dejando nos harán, al final, parecernos a ellos. Parecerse entre sí dado que la influencia es bidireccional. De ahí esa otra aseveración: “Dios los cría y ellos se juntan”, en clara alusión irónica que admite una doble vertiente. La positiva, referida a la inclinación natural que permite juntarse a los de un mismo genio y temperamento. En palabras llanas, que mantienen un mismo parecido y una misma perspectiva de ver las cosas, lo cual no significa plenitud de coincidencia sino de aceptación en los términos de una comunicación. Surge independientemente de que los afectados tengan orígenes diferenciados, por tratarse de una cuestión casual o por circunstancias que en sí mismo no son buscadas de propósito. La vertiente negativa, en cambio, alude a la unión de personas con conducta censurable. De tal palo tal astilla.

Con todo, no es nada infrecuente que en ocasiones se conserven las relaciones amigables simplemente por el hecho de que en su momento fue productiva y nos hacía sentir bien. Pero la gente cambia con el transcurso del tiempo y eso debería hacer recapacitar. A veces el sentimiento primario deja paso a otro tipo de relación que ya no aporta lo mismo y, por ello mismo, deberían ajustarse los círculos sociales. Estamos refiriendo al caso de un cambio de estadio en el sentimiento de apego, que conviene solventar para no enquistar lo que ya presenta síntomas irresolubles.

Sea como fuere, estamos ante otra situación que merece atención. Al igual que cuidamos lo corporal, lo externo, también deberíamos hacerlo con lo mental. Ello supone que se preste especial atención a lo que nos sirva de influencia, para evitar convertirnos en lo que no somos o no queremos ser. Especial atención a los que se acercan con ideales come cocos, así como a la intoxicación que podamos ocasionarnos por la excesiva atención a publicidad, noticias, informaciones o creencias que puedan incidir en la mente. El golpeo permanente no ayuda a conseguir el estado de bienestar, en los círculos que enriquezcan nuestra personalidad. Ya lo decía Platón: “Tus bienes y tus males dependen de aquellos con quienes más te hayas juntado”.

 

 

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