Mentes olvidadizas

Se dice que nuestra mente llega a ser ilimitada, o al menos irreconocible en su extensión por el poco dimensionamiento que llegamos a hacer en nuestro cotidiano aprendizaje. Sea como fuere, en su mayor o menor uso, el caso es que los hechos pasados y los conocimientos adquiridos van quedando archivados en nuestro monumental dispositivo mental, para su uso cuando sean requeridos. Porque los posos de lo vivido quedan como esos rastros que ahora dicen se mantienen en el plano de lo tecnológico.

Pero la verdad es que no todo se mantiene en el archivo de mano como para ser usado y reconocido instantáneamente. Hace falta, a veces, elucubrar e indagar un poco para sacar provecho a nuestra inspección. El tiempo que media en rebuscar en los archivos auxiliares para dar con lo querido.

La cuestión es que el olvido se produce con el paso del tiempo, por aquello de que irán desapareciendo los archivos necesarios como para encontrar información alguna. Solo lo que quede en hemerotecas físicas o en documentos conservados en papel o de forma digital sobrevivirán a ese desdichado fin de quedar totalmente en el olvido. Incluso así, resultará inevitable el quedar como una mera referencia de quienes verán una piedra, un busto, un documento, vinculado a un personaje que lo asumirán ya como algo inmaterial, sin el sentimiento propio de la persona que fuera y pudiera haberse sentido en la esencia de su impronta humana.

Se dice así que los mortales estamos vivos en las mentes de los demás mientras no se produzca el olvido de los últimos que conserven algo de nuestras vidas; un recuerdo que tiene término porque así es lo que nos ha tocado vivir. Como apuntaba, solo unos pocos tienen la dicha de ser reconocidos con una mayor profusión tras el paso del tiempo, por sus obras y por los elementos materiales que queden conservados para disfrute de los demás. El resto, los que pasamos camuflados en la colectividad, por mucha intensidad que hayamos puesto, quedaremos inmersos en el pronto olvido.

En la lectura apasionada que hice recientemente de la novela del extremeño Jesús Carrasco, bajo el título de Llévame a casa, y que recomiendo, se da un repaso a eso que significa tener responsabilidades de los hijos respecto de sus padres, cuestión de órdago porque no son pocos los que huyen o despotrican de este tipo de compromisos para dejar en el infortunio del máximo olvido a quienes como progenitores dieron todo por sacarlos adelante con lo mejor que disponían. Parece que se produce con mucha prontitud el olvido de lo recibido sin egoísmo alguno. El caso es que entre los pasajes de la lectura reparaba en un tema que es tan real como cierto.

En palabras del autor, “La memoria que se prende de las piedras y los ladrillos perdura más que la que sustenta la carne. Se van los viejos por el sumidero rectangular de las sepulturas. Y ese agujero sigue abierto para siempre, absorbiendo los recursos de los vivos”. Me impresiona la intensidad de lo mucho que se dice en estas palabras novelescas pero con un tono poético y vivaz nada desdeñable.

Sí, reparo en esta certeza que supone el olvido de la carne y el mayor recuerdo que hace pervivir las cosas materiales, por aquello de que quizás esté en un archivo más cercano de la mente y se superponga a otros recónditos lugares donde van quedando inmersos los elementos del ser que ha vivido. A pesar de haber estado muy cerca del que se haya ido, mirándole por muchos momentos con total fijeza, al cabo de poco tiempo irán diluyéndose aspectos que acompañaran a su físico, como las gafas que pudiera haber protegido sus ojos, y conforme pasa algo más de tiempo nos resultará difícil incluso recordar con entereza ese físico tantas veces visto. No se nos olvidará con tanta prontitud, en cambio, los aspectos materiales que lo hubieran acompañado, como esos lugares en los que se compartieron momentos, ciertas palabras proferidas por el ínclito, o esa fragancia que pudiera desprenderse de la cercanía tenida.

Los seres humanos que protagonizan la vida van pasando como páginas de los libros, para quedar vivos los acontecimientos producidos. Las guerras quedan escritas con infinidad de detalles como para revivir con suma minuciosidad los instantes de crudeza, pero los protagonistas que sucumbieron o sobrevivieron están inmersos en el profundo olvido de las mentes. Vemos infinidad de cementerios de caídos por los acontecimientos bélicos, que aparecen como meros pasantes de los hechos pero con absoluto olvido de cómo fueron y qué sentimientos tuvieron. El recuerdo lo es hacia lo etéreo, lo indefinido, pero olvidados en su propio sustento.

Igual ocurre con los muchos que nos van dejando en esta pandemia que está produciendo muertes cuantiosas. Día a día se nos presentan números, cantidades, porcentajes, pero el recuerdo vivo de los afectados se mantendrá en tanto sus descendientes, familiares y conocidos conserven sus archivos mentales, para quedar inmersos en el olvido de lo que históricamente sobrevivirá como lamentable infortunio acaecido en el mundo.

Qué decir ante todo ello. Simplemente que vivamos cuanto podamos, con la intensidad que se nos permita, valorando los momentos, y siendo plenamente conscientes de lo que depara la vida. Tratando, sobre todo, de mantener vivo y a mano el archivo mental de los que han dado tanto o compartido bellos momentos con nosotros, para poderlos revivir en las tinieblas de la difusa mente, que aunque aparezca como desmemoriada, a corto y a medio plazo, no es tan olvidadiza como se cree. A veces lo nimio, si se cuida, genera satisfacción y contribuye a la tan buscada y deseada felicidad. La del aquí y ahora, la única por la que se puede soñar. Y vivir el presente supone, mientras exista un resquicio de cordura mental, no olvidar el pasado para entenderlo.

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