Aprender a escuchar

Al igual que el sentido de ver difiere de lo que supone mirar, porque uno se produce simplemente por el hecho de tener la posibilidad de hacerlo, y el otro con plena conciencia y, por tanto, profundizando en lo que se ve y desea interiorizar, en las comunicaciones nos encontramos con otro tanto, distinguiéndose el acto de escuchar y el de oír, que pareciendo lo mismo difieren sustancialmente. He aquí que nos encontramos con el gran hándicap del casi generalizado actuar del ser humano, que fluye o percibe palabras sin reparar en una educada sensibilidad comunicativa que exige un orden, un concierto, un respeto mutuo entre quienes conversan. Así, no es difícil detectar quien oye sin escuchar y quien lo hace con la atención que le merece la conversación y, por tanto, con plenitud de sentido comunicativo.

Pero la realidad es que vemos la mar de las veces cómo varias personas hablan a la vez, en un fluir de palabras que puede resultar mareante, como cotillas que pelean buscando el protagonismo de la conversación y, con ello mismo, el altavoz se eleva hasta extremos inusitados. Cuando no, uno habla y el otro está ajeno a lo que percibe porque su objetivo es buscar la pronta intervención que haga valer su posición, la única que interesa.

Esta forma pervertida de relacionarse, de las que constituyen un botón de muestra más esa caja televisiva que mucho influye y poco educa, en especial viendo las tertulias -si se les puede llamar así- de esos programas televisivos de corte populista, sea de puro marujeo o de política bajuna, como manifiesto ejemplo de despropósitos y desavenencias en la comunicación, son las que me mueven a hacer esta entrada, porque observo y me enerva comprobar que en todos estos bullicios lo que al final acontece es la acumulación de parlantes, en los que todos hablan a la vez, y con ello hacen penetrar sonidos en los oídos, pero en realidad nadie escucha a los demás. No les interesa más que hacer patente su posicionamiento y para ello levantar la voz es la única base justificativa que encuentran, desoyendo a los demás que descalifican desde un primer instante. Como consecuencia, si te ves metido en el fregado como espectador, lo único positivo que puedes hacer para salvar el escollo es rebajar –o eliminar totalmente- el nivel de captación de sonido para que la cabeza no soporte tanta saturación y desvarío.

Importa por ello entrar en la exégesis de estos términos e intentar deducir cómo podríamos mejorar las comunicaciones, si existe al respecto alguna posibilidad de hacerlo. No se trata de potenciar la voz, que los mediterráneos ya sabemos cómo hacerlo sin necesidad de aprendizaje, sino de mantener el hilo comunicativo de una manera coherente y eficaz. Y es que, si hacemos una encuesta para que se aclaren los términos “escuchar” y “oír”, veremos que se intenta utilizar los verbos como palabras sinónimas cuando en realidad no lo son. Leía hace poco un ejemplo sumamente ilustrativo: un conferenciante dijo con un bajo nivel de voz: “los de la última fila, ¿me escuchan?”, a lo que uno de los presentes respondió: “le escuchamos con mucha atención, profesor, pero apenas le oímos”. He aquí la nítida distinción.

Escuchar supone la intención, la voluntariedad, el compromiso en concentrarse en lo que dice y siente la otra persona, hasta obtener una idea precisa de lo que intenta transmitir; exige, por ello, un acto cognitivo: la atención debida, su comprensión. Oír, en cambio, es un proceso físico, una facultad sensorial que permite percibir ondas sonoras y, por tanto, exige como único requisito el buen estado del oído como receptor. El primero es activo, el segundo pasivo.

Siguiendo con los ejemplos que ayuden a la comprensión, podemos referirnos al hecho de estar presentes en una conferencia y encontrarnos totalmente ajenos a lo que diga el protagonista de la disertación. El oído, que según dicen los facultativos funciona sin descanso alguno, las veinticuatro horas del día, percibe sonidos pero no escucha. No existe el acto voluntario, la intención de conocer el contenido de lo que se transmite. Claro que una cosa es el desinterés inicial de prestar atención alguna al que intenta comunicarse y otra bien distinta la que es producto del agotamiento. Podemos comprobar cómo el cansancio hace desconectar automáticamente el piloto de la atención, aun pretendiendo seguir activo, pero hay algo que lo supera y es nuestro propio organismo y la puesta en funcionamiento de las defensas que posee.

Saber escuchar se convierte así en un proceso fundamental para que exista una comunicación eficaz. Pero conviene a nuestro propósito saber los límites a los que nos enfrentamos. Esas conferencias o cursos y reuniones de trabajo con interminables horas continuadas de exposición no dejan de ser un cúmulo de despropósitos. Los especialistas señalan que los adultos tienen una capacidad de atención continuada que se encuentra en torno a los 90 minutos, -aunque la óptima atención sea de los primeros veinte minutos-, mientras que los niños de diez años disminuye para situarse entre 20 y 30 minutos. He aquí, por tanto, un punto importante de comenzar a tomarse las cosas en serio para que fluya la buena comunicación. La moderación, llevar las cosas en su medida es más que aconsejable, porque quien mucho quiere poco abarca.

No faltan, por lo demás, los que abusando de esta circunstancia limitativa, buscan sacar  provecho de ello. Se agota -o intenta agotar- al receptor para obtener un consenso como si se hubiera adoptado con la plena conciencia. Muchas y maratonianas sesiones de órganos decisorios son hábilmente manejadas por los que las convocan para obtener el refrendo a sus perversos propósitos. Técnicas absolutamente contrarias a la coherente y eficaz comunicación en las relaciones interpersonales.

Porque la escucha eficaz no es solo necesaria en las relaciones interpersonales sociales de la vida privada. También en el ámbito laboral debería favorecerse su puesta en práctica. El tomar decisiones requiere comunicación en el grupo de trabajadores, y eso supone tener la habilidad de captar la información que se escucha para analizarla. El moderador de las reuniones es pieza fundamental del sistema, para que fluya la comunicación con la serenidad que precisa. Qué decir en la enseñanza, en la que resulta imprescindible y un auténtico desafío que los estudiantes mantengan la concentración, que escuchen y no sean meros oyentes. Hubo quien dijera que oír supone olvidar, se enseña para recordar, y si se opta por aprender se exige participación. Escuchar es, por tanto, preludio necesario para recibir y captar la enseñanza que pretende impartirse.

Sin querer convertirme en el precursor de técnicas que ayuden a la comunicación satisfactoria entre las personas, como ámbito propio que es de especialistas en la materia, sí me atrevería ahora a dar dos pinceladas de elementales actuaciones que creo deberían seguirse como puntos de inflexión para mejorar el dispendio palabrero, por aquello de encontrarme entre los sujetos que se ven inmersos en este mundo del bullicio comunicativo.

Por lo pronto, creo que es fundamental que se hagan esfuerzos para escuchar más, esto es, que se invierta y module el deseo de hablar, de intervenir, con el de prestar atención mientras habla quien se comunica con nosotros. No se trata de convertirse en mera figura decorativa de la comunicación, sino en participar activamente con el orden y la atención que resulta necesaria. Esto exige concentración.

Si hay algo que produzca una sensación más nefasta es comprobar cómo la persona con la que se entabla conversación se ve distraída y sin prestar la más mínima atención. No es nada infrecuente este proceder y seguramente todos la hayamos experimentado o sufrido, en este último caso con la consiguiente desazón de sentirse ridiculizado. Si somos unos plastas o es la sensación que podamos ocasionar con quien estemos conversando, mejor será cortar rápidamente el momento y no comportarse sin el más mínimo respeto. Una comunicación eficaz exige que se miren las personas y se intente comprender lo que se dice. Evitemos, por todos los medios, ese fatídico momento de la desidia en la comunicación.

Dicho cuanto antecede, me sentiría satisfecho si este recuerdo sirve a alguien para intentar mejorar el mundo de la comunicación interpersonal. Lo que no se intenta no produce resultado alguno.

4 comentarios en “Aprender a escuchar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s