Feliz Navidad vs Felices Fiestas

En esta vida parece que las personas estamos decididas a enfrentarnos de la manera que sea. Mucha igualdad y deseos de bienaventuranza navideña o de jolgorio festivo, con la ternura del corazón abierto, pero a la postre la división y el enconamiento interno se mastica por doquier, porque siendo conscientes de lo que se cuece en este período, parece propicio para algunos eso de empeñarse en verlo desde ópticas bien diferenciadas y con afán de hacer prevalecer la posición que se tenga, a veces rayando lo irrisorio. Y digo yo, si esto se hiciera desde la óptica del respeto mutuo no habría más que hablar, pero no es así, los que siguen esta doctrina del enfrentamiento intentan por todos los medios salir victoriosos del pulso que se propicia para dominar el cotarro de la forma que sea.

Viene todo ello al hilo de esa variopinta fórmula de felicitación que se hace en estas fechas para que reine la paz y la concordia entre los humanos, que conocemos de toda la vida, y que si hasta el momento no presentaba mayor motivo de preocupación con la variedad como premisa aceptada por todos, ahora se debe tener mucho cuidado en lo que se dice porque unos pueden encasillarte en profesar una determinada fe a la que se intenta acorralar, y otros pueden achacarte que eres un desalmado que no utilizas el lenguaje inclusivo, detonante de una marginación y desigualdad en tus palabras y extrapolable a tu consciencia (sí, con “s” por medio). Vamos, que te quieren ver el plumero. Conmigo o contra mí.

No exagero con lo que digo si acudo a la información que ha salido de las entrañas de nada más y nada menos la Comisión Europea, en una guía de uso interno que se divulgaba para promover el lenguaje inclusivo, en la que se recomendaba que la felicitación de estas fechas fuera de las fiestas y no la Navidad, por aquello de que, como resalta la comisaria de Igualdad, Helena Dalli, se perseguía el objetivo importante de “ilustrar la diversidad cultural de Europa y destacar la naturaleza inclusiva de la Comisión Europea con respecto a todos los modos de vida y creencias de los ciudadanos europeos”. Pero la polémica ha llevado a la rápida retirada de la guía, respaldada por la contumaz afirmación de la susodicha señalando en un comunicado que “no es un documento maduro y no cumple los estándares de calidad de la Comisión”, para llegar a la conclusión de que las recomendaciones claramente necesitan más trabajo lo que obliga a la retirada del documento para examinar su contenido. Bien me parece que se puede hacer el ridículo de muchas maneras, y una es esta.

El propio Vaticano, lejos de considerar meramente anecdótico semejante intento de humillación, y dejar correr las aguas por el surco del olvido entre la fugaz agonía de los auspiciadores, entra al trapo. Porque como bien se dice, no ofende el que quiere sino el que puede. El caso es que el Secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, comenta la jugada advirtiendo que “destruir las raíces es destruir a la persona…”, en clara alusión al signo católico como excelencia de la Navidad.

Me sorprende tanto este enconado movimiento de hacer retorcido lo que debe ser simple que no he resistido a resaltar y hacer esta entrada sobre ello. Lo hago desde la curiosidad que me produce pues, profesando la fe católica y disfrutando la esencia de la Navidad por lo que entraña para todos los católicos, he tenido la costumbre de hacer las felicitaciones en estas fechas con una terminología expansiva y aludo a la consideración de las fiestas en general, y con ello creo que no hago ninguna dejación de mi condición religiosa. Porque todo tiene su encaje en una sociedad del respeto y quien quiera verlo de otro modo pues no hace más que impulsar el recelo, cuando no odio, entre las personas, y eso no soy capaz de digerirlo, y mucho menos en unos momentos que pretenden serlo de paz y concordia entre todos los terráqueos.

Tampoco voy a arremeter contra estos intentos de insulto al prójimo de la forma contundente que en algún momento dijera al escritor Arturo Pérez Reverte, al que sigo asiduamente. El afamado escritor dice que “Cuando se celebre el día del Orgullo del Gilipollas no vamos a caber en la calle”. Puede que no le falte razón en el contexto de lo que pretende decir con esta castiza frase, abarcando al número considerable de personas tóxicas que intentan sacar a relucir aspectos ridículos que enturbien la convivencia.

Prefiero acudir, no obstante, y una vez más, al insigne historiador económico italiano Carlo M. Cipolla, que en su momento sacara la obra titulada Las leyes fundamentales de la estupidez humana, que define muy acertadamente a la persona humana en la división que hacía en grupos (incautos, inteligentes, malvados y estúpidos). Está claro el encaje que ahora podríamos dar a esos incrédulos humillantes de la inteligencia ajena, pues su estupidez llega al extremo de generar un conflicto gratuitamente, si bien encuentra el peligro en la extensión que pudieran hacer de su estado en otros congéneres por el mero hecho de estar entremezclado en una sociedad que lo acoge todo. El peligro está en la interrelación, que el insigne profesor vaticinaba con contundencia como el camino a seguir hacia la autodestrucción humana.

Dicho lo cual, me resisto ―y creo que todos deberíamos hacerlo― a seguir la doctrina que propugnan los estúpidos, los que se empecinan en generar conflicto, suscitar enfrentamientos, contra los que debemos propiciar una rebeldía con causa, que huye de la indiferencia y de los dictados borreguiles.

Por eso mismo, mi rebeldía navideña va a ser, precisamente, cambiar la felicitación mantenida de antaño, no siéndolo para las fiestas sino para la Navidad, porque en definitiva la navidad surca todo el período que marca la condición humana, desde que los Ayuntamientos alumbran las calles y las grandes superficies comerciales engalanan sus estancias, hasta que los niños salen a la calle tras una noche llena de magia. Entre tanto, cada uno se vanaglorie y festeje lo que dicte su condición y creencias. Como digo, yo tengo las mías propias. Y allá quien quiera ver en mis palabras otra cosa, porque creo que la libertad es fundamental en una sociedad y con unos gobernantes que se empeñan en encasillarnos para marginarnos. Que la estupidez les mantenga en su sitio, que el mío será siempre el que me dicta el respeto hacia los demás, independientemente de su género, religión, o cualquier otra circunstancia o condición personal que tengan quienes conviven en el globo terráqueo. Eso supone alentar el ¡vive y deja vivir!, sin corralitos.

¡Feliz Navidad!, queridos amigos y amigas.

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