Silos, la droga de la paz

Acudo, un año después de mi primera estancia, a ese remanso de paz que se llama Santo Domingo de Silos, un pueblo burgalés que acoge al monasterio de Silos. O quizás sea al revés: un monasterio que crea en sus inmediaciones una pequeña población. Es precisamente este recóndito lugar el que llena mi interior y me hace buscar el refugio en su paraje para compartir momentos con los monjes de la orden benedictina que allí interceden por nosotros ante Dios con sus permanentes oraciones, y con otros peregrinos de la vida que acuden como yo, a saber por qué llamada. Si algo de común tiene a todos los que recalamos aquí es, precisamente, la búsqueda de la paz para descargar la pesada carga que podamos llevar a nuestras espaldas y llenar el depósito con la benignidad que nos haga mantenernos erguidos y seguir el camino.

Llegar a este monasterio es como verse envuelto en algo que atrae y que precisas saborear. Resalto así el título sugestivo de esta entrada que he sacado de las palabras que me dirigía el padre Bernardo García Pintado, monje consagrado durante muchos años a este ora et labora (reza y trabaja) que instituyera como regla San Benito. Tantos como para simplemente dar un dato relevante: su noviciado comenzó cuando yo vine al mundo, allá por ese año 1954. La conversación se vuelve atrayente, sin que haga falta propiciar los temas en tanto que van surgiendo de su boca como si fuera intermediario de alguien. Una pista de lo que pudiera inquietarte se convierte en hilo conductor de sus dictados y sabios consejos, propios de quien tiene una vida llena de magia espiritual.

No en vano, su faceta es tan rica como para que, a pesar de sus dolencias palpables por esa encorvada figura que le obliga a tener un andador por permanente compañía, sea el artífice de sacar sonido a ese órgano que entona los cantos gregorianos, y que en esa unión vienen a ofrecernos salmos y textos bíblicos que como oraciones musicales de bella factura envuelven a los que podamos tener el privilegio de oírlos en directo. En palabras del monje: traslada «aroma [de Cristo] con sus efluvios de paz, sosiego y alegría».

Por si fuera poco, el padre Bernardo es además poeta, y así queda plasmado en parte por los «Coloquios con un monje poeta» que hiciera con Antonio Gil Moreno como entrevistador, en una obra que merece leerse para conocer no solo la experiencia que anuda a su condición de monje benedictino, sino también las interioridades de la vida en el monasterio (la celebración que hacen los monjes de las principales festividades y los tiempos litúrgicos, aquello que representa y es un monasterio contemplativo, su hospedería, y cómo viven los monjes). En la dedicatoria que me hace de este libro, el padre Bernardo me plasma lo que descubre en mí «Para Luciano que sabe disfrutar de ese “algo” que tiene Silos difícil de definir pero que engancha».

No puede quedar atrás la propia concepción que tiene de sí mismo como persona que es, y así el epitafio que le gustaría que apareciera tras su ida, define su trayecto de su vida: «Niño travieso, mimado de Dios».

Mi nueva estancia me brinda la posibilidad de intentar descubrir qué envolvente tiene que producirse para que en este paraje de bella factura arquitectónica y artística, lleno de espiritualidad, recalen seres humanos de variopinta condición e ideología. Monjes, huéspedes y visitantes transitan y conviven bajo una única exigencia: respetar el silencio. Lo demás no se pregunta ni es importante, porque a la postre lo que el monasterio representa es un habitáculo donde está Dios con los brazos abiertos. El que quiere penetra en él, y el que no campea por igual con el respeto a su voluntad. Nada obliga y nada se impone. Cada uno es libre de «buscar» lo que quiere. Son pocas las reglas que se imponen al huésped, ninguna afectando a su intimidad que es respetada por el propio concepto que se tiene del ser humano como criatura traída al mundo sin más exigencia que dar amor.

Pero en todo este contexto, si existen dos palabras que sean comunes a todos son la de «buscar» y «encontrar», porque si se llega aquí es buscando algo e intentando encontrarlo. El punto de mira es diverso pero nadie recala aquí por casualidad. El turismo como tal no tiene cabida pues para eso están otras alternativas. Lo difícil es encontrar lo que se desea, porque a veces existe la errónea creencia de acudir a una especie de centro sanitario de los males mentales que acechan al ser humano. Si hay cura o mejoría no es por estar sumido en tratamientos e ingerir pastillas. Tampoco es preciso que uno busque soluciones imposibles o de difícil consecución. La mera búsqueda de la paz es ya un deseo que encontrarlo culmina el horizonte del peregrino.

En cualquier caso, creo que existen distinciones claras. Los creyentes que buscan la cercanía de Dios, no siempre fácil de detectar, y que está muy presente en los monjes que día a día buscan este encuentro e interceden para que llegue a los demás. También en los que la fe conmueve sus corazones y llegan aquí para dejar atrás durante unos días al mundo que distrae y se centran en la búsqueda del que tienen por orientador de sus vidas.

Otros, lejanos -o no tanto- de la fe cristiana llegan aquí movidos por el deseo principal de encontrarse a sí mismos. Un proverbio árabe lo define bien: «Nadie es sabio, si no dialoga con su propio corazón». Este encuentro en soledad y bajo el silencio que impregna el monasterio constituye el lugar apropiado para mirarse por dentro. Y recapacitar.

En fin, los que sin verse envueltos en cuestiones religiosas o de problemática personal acuden a este refugio simplemente para poner en orden sus piezas mentales. Leer, escribir, pasear, descansar, acudir a las liturgias que desees, sin tener que abrir la boca es ya una cura de valor incalculable. Se refuerza el cuerpo y, aunque no lo creas, también el alma, porque quien permite este paraíso no deja de estar presente en tus pasos, aunque no lo adviertas ni te veas obligado a darle explicaciones. Por no abrir la boca, si lo deseas puedes caminar por estas estancias (qué decir de ese claustro que tanto sosiego produce, o el huerto de la inmediación arquitectónica) sin tan siquiera tener que saludar a unos monjes que transitan imbuidos por la regla del silencio.

No obstante todo ello, no puede resultar ajeno el simple contacto que se mantiene con monjes y huéspedes pues, a la postre, muchos males se ven paliados por la cercanía de quienes se han puesto a tu lado y te brindan palabras que ayudan…y mucho. El creyente dirá que Dios no se presenta directamente sino que está muy presente en cualquier hecho o circunstancia de las que acaecen a tu alrededor. A veces una palabra sacada de la boca de otros o que ocurra alguna circunstancia, son «mensajes» que de forma ansiosa esperas que te dé el Santísimo, reacio a mostrarse por sí mismo.

Qué decir de esas uniones que se conforman entre creyentes y los que no lo son que, porque sin saber por qué, llegan a verse unidos para contribuir a llenar ese saco que has traído hasta aquí vacío o casi vacío. En este punto incido para referirme a un grupo en el que me he visto integrado y que sembrado en mi anterior estancia ha brotado hasta traernos a todos de nuevo para revivir nuestro encuentro. Y qué provechoso ha sido nuevamente.

Merece que sin descubrir a nadie repare en lo que me inspiran esas personas que quedamos imbuidos en cuatro personalidades diferenciadas. Pocos, diversos, pero bien avenidos.

Uno es creyente en extremo, con precedentes remotos de signo teológico, locuaz al máximo. De tanto hablar llega a pregonar sabiduría por doquier. Tanta como para que por otro de los integrantes le llegue a calificar de «silopedia». De edad avanzada acude a este monasterio con asiduidad, quizá por recibir llamadas constantes para ir al refugio que deje un poco de lado la soledad que le acosa, la que la vida le ha dado por la ruptura de una relación conyugal que no desea pero que le viene impuesta, tal vez por su propio carácter o por la razón que fuera y que nadie pide como explicación. Su amor eterno a la mujer que adora es lo único que puede mantener vivo en un corazón lleno de bondad. No hay persona en este monasterio que no acuda a él para siempre recibir la grata ayuda que da este emisario de Dios. Las horas canónicas o de rezo constituyen para él un bálsamo que sigue junto a los monjes con meticulosidad, recreando la alabanza a Dios mediante la oración. Desde «Maitines» a «Completas», allí se verá a este buen siervo siguiendo la letra latina de las oraciones.

Otro no es para nada creyente pero eso no le impide ser respetuoso al máximo con los demás y sus ideas, prueba evidente del noble corazón que atesora y que posibilita la llaneza en el tratamiento. Recala aquí casi tropezando conmigo en la entrada, en un roce que no hizo más que presagiar el forjado de una buena y gran amistad. Él mismo se sorprende de cómo pudo llegar, sopesando hasta el final si entraba o no en la hospedería. Quizá puse un granito de arena, pero por esas casualidades que a veces quiere que ocurra quien nos mira desde las alturas. Con la sonrisa permanente en su cara, se llena de orgullo y felicidad cuando te enseña foto tras foto a una mujer que califica de guapa y maravillosa, tanto como para que después de una etapa de felicidad en pareja se conforme ahora con acudir al lugar que yace en paz, tras la embestida de esa voraz enfermedad que tanto asola a las mujeres y que se la llevó sin dar explicación. Dice querer ser feliz para así acceder al deseo de su amada. Sin duda, oírle especialmente cambiando el nombre de las personas y oraciones que no consigue -o así aparenta- retenerlos, tratar con él con la bondad que atesora, verle asiduamente tecleando esa tableta que le acompaña a todos lados y que le lleva a plasmar por escrito cuanto se le viene a la cabeza, y que pronto verá la luz con la publicidad que haga del libro que desea ultimar, me ha supuesto valorarlo como merece y aprender lecciones de la vida, esas que día a día me ha dado.

En fin, el tercero es también creyente, con años a sus espaldas de acudir a este centro monástico de paz, y que vimos acercar para satisfacción de todos. Engalanado con una capa que dice haber recibido como regalo de un buen amigo, es un tanto parco en sus palabras, respetuoso con lo que oye, sin sobresalto alguno, pero dador de cariño y de compañía sin pedir nunca nada a cambio. El misterio de su vida es descubierto por él mismo, temeroso de recibir respuestas que no deseaba tener. Su signo de personalidad es confesado voluntariamente y su tranquilidad interna sobrevino cuando recibió el apoyo de todos los demás. Porque con el respeto se convive, sin exabruptos ni impertérritas voluntades que únicamente conducen al desasosiego, al insulto a Dios y a su dictado de amor.

Quedaría por referirme a mí mismo y cómo encajo en el grupo, pero eso creo que queda reflejado en el contexto de mis palabras. Sería poco afortunado si pretendiera decir el motivo que me lleva al monasterio, porque es un misterio que a mí mismo me resulta difícil detectar. Quizá la clave esté en ese «algo» que decía el padre Bernardo, aunque concretarlo no parece que resulte fácil. De todo un poco diría yo. Sí sé que estuve hace un año, he estado ahora, y me atrevería a decir que volveré, por aquello de que el silencio tiene sonido y pulula en mis oídos. Alguien sopla, desde luego.

Unas palabras dichas por el Papa Francisco, en el discurso que pronunciara en la Confederación benedictina celebrada en 2018, pueden resultar sumamente interesantes para concluir esta entrada.

Venía a decir que en esta época en la que las personas están tan ocupadas, los monasterios se convierten en oasis, en los que hombres y mujeres de todas las edades, orígenes, culturas y religiones, pueden descubrir la belleza del silencio y redescubrirse a sí mismos. En mensaje que dirigía a los integrantes de la orden benedictina, resaltaba que no hay oposición entre la vida contemplativa y el servicio a los demás, y así los monasterios son lugares de oración y acogida.

Lo dicho, un lugar donde la droga de la paz hace estragos. ¡Bendito silencio y susurros del viento!

4 comentarios en “Silos, la droga de la paz

  1. Luis-León Aragón Zamora

    Precioso «mensaje», amigo. No se pueden expresar mejor los sentimientos que se tienen cuando se vive en ese rincón del cielo con unos amigos como vosotros. Lo que cuentas de mí, lo guardaré siempre como lo que nunca he oído de nadie.
    Un abrazo bien fuerte.

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