Entre bambalinas

Rodeado de emuladores de perros, gatos y otros animalitos, junto con el enconado enfrentamiento de unos ciudadanos que somos presa del malestar engendrado por los que deberían procurar la paz, me muevo en un mundo donde a veces me pierdo en el sinsentido.

Será la edad, o quizá la educación recibida, pero el caso es que me cuesta creer como verosímil aquello que veo y el mundo en el que me encuentro inmerso. Incluso, y esto puede ser gravoso, entro en el declive mental de lo que pensaba que era vivir en democracia, asumida como esa aspiración tan deseada para que las libertades afloren junto al respeto, en una vivencia en paz sin coacciones que impidan a cada persona ser lo que guste ser, sin temor a represalias impúdicas de los que desean mandar para ser obedecidos sin rechistar. Dicho sea todo ello con el debido orden y espíritu de convivencia solidaria. Libertad no es, por evidente, libertinaje.

Pensaba que la civilización y la formación conduciría a mejorar la vida, a sentirse agraciado por estar en ese privilegiado «primer mundo» de la coherencia y bienestar, pero al final llego a darme cuenta que todo parece ser una gran mentira. La que propician los salvadores de la patria, esos que se apropian de poderes desorbitados nunca otorgados por las urnas ―aunque piensen lo contrario―, para atacar a la inteligencia de unos pueblos que por incrédulos se ven metidos en el agujero donde estamos. Borreguiles que observamos cómo los guardianes se despedazan para dejar el rebaño a los pies de los lobos que acechan.

No me gustan las dictaduras, ni de derechas ni de izquierdas, como también aborrezco las posiciones ultras, de un lado y de otro. Lo de imponer para coartar es un deseo de los que irradian maldad interna, odio arraigado a sus pasados vividos o, quizá también, por ser lo que verdaderamente atesoran como viles humanos. Por eso, cuando la democracia cabalga por el terreno de la autocracia, se me eriza el bello por sentirme manipulado.

Ocurre que, en esto de las cavilaciones, cada día me llegan a sorprender más los pensadores clásicos, por el rigor de actualidad que representan aquello que dijeran en su momento.

Me fijo en Sócrates, ese filósofo griego, maestro de Platón, y este a su vez de Aristóteles, que fue un crítico severo de la democracia ateniense. Para este erudito lo de gobernar suponía un arte que requería conocimiento, sabiduría y ética, no era un derecho basado en el azar o la popularidad. Lo comparaba con un barco donde el capitán fuera elegido por sorteo o por popularidad, en lugar de por su habilidad para navegar, en tanto que ello llevaría al desastre. Advertía que los líderes democráticos halagaban al pueblo (esa «gran bestia») para obtener poder, en lugar de buscar el bien común. Pretendía, iluso de él, que el gobierno se ejerciera por sabios y no por la mayoría ignorante, a la que comparaba con una turba fácil de manipular por demagogos. Creía, en definitiva, que la política requería conocimiento experto, no popularidad, y con esta visión escéptica cayó en la propia trampa del sistema, que le condenó a muerte.

Ahora ocurre que cualquier indocumentado, salido de la más cruenta bajeza moral y ética, sin lugar donde caerse muerto y sin que ello tenga nada que ver con la pobreza o riqueza de sus orígenes, se permite convertir en dogma su posición para llevar al pueblo por el terreno pantanoso de las desavenencias, generando enfrentamientos que cada día son más cruentos. El poder, el sillón, los sueldos privilegiados y las prebendas corruptelas propician que el bien común de esta dormida España quede en segundo plano. Hasta los más incrédulos históricos de ideologías reaccionarias se ven sorprendidos por el fenómeno que se está viviendo y que, por ello mismo, son tachados de retrógrados que no merecen más que el asilo. Exigir que quien gobierne posea raciocinio y conocimiento es mera utopía, y quien lo pretenda puede fenecer en el intento, al modo del filósofo griego utilizándolo en sentido metafórico.

Una España con puertas abiertas y con el decidido apoyo al libertinaje deambula por el camino de las tinieblas sin medir consecuencias. El tiempo dirá lo que estamos ahora generando.

Y justo al lado, en ese mundo tan ancho pero tan cercano, la gente padece los horrores de las guerras, las que buscan otros para afianzar sus privilegiadas posiciones. Al final, el pueblo llano padece las consecuencias de unos poderes envilecidos. Y lo más triste de todo es que se nos llama a reforzar defensas porque lo que hoy está en otro lado mañana puede estar más cerca o incluso afectarnos de lleno. Vivir dormitando, en ese estado parsimonioso de duermevela, no debería afectar al entendimiento de lo que está ocurriendo. El mundo se agita por momentos, preso de una locura bélica que no surge porque sí, sino que es el resultado de los que van generando día a día ese enfrentamiento que empieza por alimentar el odio y termina por alzarse en represalias y en armas. Cuando no lo es por convertirse en potencias dispuestas a dominar el espacio terráqueo.

Quizá sentirse un animalito sea la escapatoria para evadirse. Las máscaras ayudarán a ser otros, los que le gustaría ser. Un permanente estado carnavalesco que hace creerse el disfraz para olvidar la esencia de lo que se es y el compromiso que se tiene en la sociedad. Valiente manera de escabullir el bulto. Mientras buscamos distracciones, seguimos la cruenta estela del desatino.

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