El mundo de los incomprendidos

Si hay una faceta de las vivencias de una persona que denotan malestar es aquella de la incomprensión. Esa postura hostil externa que se burla de los sentimientos hasta el punto que hace decaer al incomprendido en lo más profundo del fango y que le impide salir a flote. Ves cómo queriendo recibir ayuda, no solo no se da sino que se humilla con la más absoluta descortesía humana que se produce cuando hay burla grotesca del estado.

Todos estamos necesitados de ayuda en muchos momentos de nuestra vida. No creo que de esto quepa la menor duda, salvo que el egocentrismo humano llegue al extremo de desafiar la más elemental regla de la convivencia social. La confianza se deposita en aquellos que merodean alrededor en la creencia que ahí estará la mano que se tenderá para abrazarte y salvarte de las embestidas que vaya dando la vida. Ocurre que, a veces, creyendo que las espaldas pueden estar cubiertas, compruebas que el aislamiento, la soledad, fluye en tu discurrir. No solo estará ausente ese aliento que se precisa sino que, posiblemente, se te dará el pisotón apropiado para que la agonía no perdure mucho tiempo.

Por qué profundizo ahora en este tema que parece un tanto espinoso. Sencillamente porque compruebo que hoy por hoy la vida va por el sendero de no querer padecer o verse involucrado en los problemas que pueda tener el ajeno. Mejor quitarse del medio que empezar a prestar ayuda porque así se vive más feliz, sin incordio. Y quien los tenga pues que se las entienda por sí mismo con el destino que le depare su infortunio. Para qué intentar comprender al que muestre poca sensación de cordura en sus actos, cuando es menester no inmiscuirse para así bordar el descanso propio, el que no produce quebraderos de cabeza.

Los incomprendidos no tienen escapatoria. Serán calificados de todo menos de cuerdos. Y así se seguirá avanzando en la vida profiriendo gritos que piden ayuda. Hasta que las fuerzas flaqueen y se encierren en el mundo del silencio. No estaría de más parar un poco el desenfreno de la carrera cotidiana y apartar el egoísmo para intentar asistir al que vaya por tu vereda pidiendo ayuda. Seguramente nos sentiríamos mucho mejor si desde la humildad nos esforzáramos para buscar la comprensión, el intentar entender la situación y estado que pueda tener el necesitado. Con un poco de asistencia, a buen seguro que nos iría mejor.

Benditas sean esas personas que no reparan en esfuerzos para brindar ayuda. Buscando entender, porque casi con toda seguridad siempre habrá razones que justifiquen los comportamientos. A los que vendrá muy bien recibir el empujón que puedan estar necesitando para encontrar sentido a la vida. Poco debo decir de quienes se amparan en el desprecio y buscan el alejamiento para no intentar siquiera dar el mínimo resquicio de aliento a quien lo busca por todos los medios a su alcance. Ya se califican por sí mismos. El caso es que, en el fluir del murmullo del gentío, aflora más desazón, más incomprensión de lo que pudiera pensarse, y en nuestras manos se encuentra, la mar de las veces, minimizar el impacto para que se levanten las cabezas mullidas en la oscuridad de los túneles.

La desazón del adiós

Si hay una palabra que define un sentimiento con especial profusión es la del “adiós”, esa que se dice con intensidad cuando se deja atrás algo más que una mera despedida temporal. El “adiós”, dejando de lado esas otras connotaciones que aparecen recogidas en el diccionario de la Real Academia Española por su uso como interjección que enuncia una desilusión, un desencanto o una sorpresa, es una palabra de término, de finalización, de soslayo, de contumaz decisión y, en definitiva, de dolor, porque normalmente se pronuncia cuando despides a algo o alguien que no te gustaría hacer, o queriéndolo se enfatiza para arrancar de tu interior una profunda sensación de ahogo.

Es cierto que en no todas las ocasiones  reviste esta característica tan dramática, y el uso corriente de la palabra marca una mera cortesía que, a veces, para los que no les gusta ser tan drásticos, se cambia por un simple “hasta luego”, más apropiado para quedar patente que no se convierte en una separación definitiva, en ese concluyente “hasta siempre”.

Pero el adiós dicho desde la profundidad del sentimiento se produce cuando realmente hay ruptura. Y ese ahogo que produce se torna, para los que pudiéramos ser más sentimentales, en unas lágrimas que brotan para dejar patente la pureza de lo que acompaña a una mera palabrería. Hay tristeza de por medio y esa fuerza interior llega a superar nuestro estado de normalidad.

El adiós a las personas queridas es ciertamente la situación más delicada. La que profundiza en tus raíces para arrancarte el sentimiento doloroso, de tremenda tristeza. Nada calma esa sensación salvo que pudiera revestir una temporalidad que se sepa a ciencia cierta que no tiene carácter definitivo. Porque perder a un ser querido, cuando se produce sin retorno, es algo que marcará tu vida desde ese instante. Podrás remontar la situación, por lógica necesidad de que la vida siga por sus derroteros, pero siempre estará abierta la herida interna que te haga recordar el dolor que tienes tan presente.

No es cuestión de banalizar el término para vincularlo a un único sentimiento o acción humana. El adiós, como decíamos antes, tiene muchas aristas, tantas como representaciones se presentan en la vida. La despedida incluso no tiene que ser dicha hacia otros humanos, porque el sentimiento frágil de la tristeza puede aparecer cuando despides algo material apegado a ti. Decir adiós a una ciudad, unas vacaciones, un período de feliz estancia en un sitio querido, un vehículo o vivienda que nos haya acompañado durante buena parte de nuestras vidas, son meros ejemplos de situaciones donde la tristeza del adiós puede aparecer con especial sentimiento. La palabra incluso puede quedar exenta de una manifestación externa, y ser representada mentalmente, protegida en nuestro interior. La lágrima que lo abraza es la única que denota hacia fuera el sentimiento que se tiene, cuando no provista de un silencio que hace sospechar lo que ocurre en tu interior.

El adiós amoroso tiene también su enjundia. ¿Quién no ha vivido ese instante de un adiós a la persona que parecía se convertiría en tu sombra permanente? A veces tú, a veces yo, como dice la canción, el adiós se ha producido necesariamente, porque los caminos no seguían la misma dirección. Claro que una cosa es el adiós de un amor con poco recorrido, y otra el que lleva años de conjunción. Es aquí el momento donde la tristeza inunda tu pesar. Porque queriendo o pensando que has sembrado todo lo que había que sembrar, compruebas que has dejado flecos que llevan a este estado tan contradictorio con tu incrédula vivacidad. El adiós denota en este momento frustración, desilusión, una tristeza que hace especialmente doloroso el instante y todo lo que pueda rodear. Porque quienes más se han amado ahora quieren convertirse en simples desconocidos cuando no en firmes enemigos, luchando ferozmente por hacer prevalecer cada uno su ego, su estigma. Pero esa muestra externa no deja de ser otra cosa que el disfraz de la tristeza que embarga un adiós no buscado, no querido, pero que aparece sin solución de continuidad.

Sea como fuere, “adiós” es una palabra que no se incorpora a mis preferidas. Mentarla me produce sensaciones nada agradables. Aunque la vida te deparará momentos y situaciones en las que resultará necesaria que fluya por la boca, lo será por mera obligación y no porque haga que los labios agradezcan que se diga mediante una leve comisura de felicidad.

La edad del pavo

De todos es conocida esa etapa de la vida en que los jóvenes muestran una actitud de despiste o de tontería supina que hace que te entren ganas de zarandear al contagiado por este virus propio del crecimiento, del paso de crío a adultos. Una etapa ciertamente compleja y complicada para unos padres que asisten al espectáculo tontuno del día a día, de quienes parecen buscar su independencia y se acercan más en la búsqueda de pertenencia a un grupo que creen que los entenderá mejor. Unos padres que deben recordar que también ellos pasaron por el trance. Cierto que el nivel de pesadez y trastadas tiene también sus escalas, y los hay que pasaron la etapa sin tan siquiera darse cuenta de ello, pero lo cierto es que ninguno nos hemos dado cuenta de lo que hacíamos porque, sencillamente, vivíamos en el mundo de yupi y todo era jolgorio y pomposa felicidad.

Lo de ser gamberretes también aparece vinculado a ese instante de confusión supina. Las trastadas se hacen sin intención de dañar pero a veces pueden resultar difíciles de entender, sobre todo cuando las vemos ahora que el sosiego de la edad nos ha puesto las banderillas oportunas para quedarnos aletargados en cualquier intento de sacar los pies del tiesto.

No voy a relatar mi experiencia propia, lo que pueda recordar de esos bellos e intrépidos instantes de gracia, inocencia y pesadez, sacando de quicio a mis familiares cercanos o profesores que para contenernos al grupo de tontainas se las veían y deseaban, sobre todo cuando se atrevían a llevar al grupo de excursión o salidas para visitas culturales. Pobre gente, que ahora recuerdo con la paciencia que les caracterizaba para sostener a tanto cafre, pero así es la vida y gracias a estos voluntariosos mentores puedes caminar atravesando el mundo de la fantasía. Hasta que las luces aparecen al final del túnel y ya no hay más tontería que la de dar el callo para introducirte en un mundo donde el que para es pisoteado por la multitud que te acecha.

Mi reflexión aquí y ahora es porque me hace reparar en la situación de cuantos memos aparecen alrededor, a los que envidio sanamente por la aureola que les envuelve y la inocencia que preside su rebeldía sin causa. A los que quisiera hacerles ver que divertirse y brincar no está reñido con la educación. Y que una cosa es la rebeldía juvenil, el querer ser un tanto pasota, y otra no respetar la más elemental norma de convivencia que exige respeto a los demás y al orden establecido. La locura de la edad no puede nunca llevar a la ceguera.

Ocurre que en los tiempos que corren se hace todavía más patente la necesidad de extremar el desenfreno juvenil. Convertir ese momento pasional en el abandono de las más mínimas y elementales medidas de seguridad puede conducir a perder el rumbo a la sociedad. Por muy complicado que pueda resultar, el diálogo se hace ahora más necesario que nunca, para que el raciocinio impere.

Claro que en este entramado puedes ver a padres que sufren más de lo previsto cuando la pavera hace que los hijos cometan actos un tanto desmedidos. Cuando los chavales parecen no entender nada de lo que se les dice y, en su trepidante mundo del descuido, hacen cosas que dañan al más pintado. Difícil sostener al bravío que tenemos cerca, y a veces ya no te quedan fórmulas ingeniosas para reconducir las situaciones.

Pensando en todo ello, y dejada muy atrás esa etapa, incluso viendo la más cercana de los hijos, ahora divisas los retoños de nietos que, con diferenciación de edad, vas viendo con mayor serenidad su evolución. Los críos que no hay quien los canse, pletóricos de fortaleza y entusiasmo, y los jóvenes que maduran con esos tropiezos del pavoneo propio de la edad. Con el dolor que a veces produce este descabellado proceder en chicos y chicas que tienen un gran corazón, y que solo la corta edad les convierte en algo irresistible a nuestro empeño porque todo transcurra como si de una vida monacal se tratara. Pero la paz conventual no se consigue con la ebullición de una edad que exige pasión y dinamismo, donde parece que todo ocurre a los demás y nada a ellos, presuntuosos de gozar de la fuerza que ya va faltando a los que los vemos protegidos ya en la barrera.

Para esta juventud que vive con lozanía y avidez, para esos padres y familiares que deben echar cuanto tienen para ayudar y que se siga por un camino recto, y para esos profesores que se atreven a meterse por medio de la multitud de locuelos temporales, mi retahíla bloguera no puede dejarles de lado, porque lo viven y yo también. Paciencia a todos porque la vida es, y debe ser, de entusiasmo cuando se tiene cierta edad. Las travesuras pueden ser inevitables, aunque el proceso de educación quizá ayude a que no se desmadre la situación que es, sin duda, temporal. Ya vendrán tiempos de sosiego obligado.

Momentos de convulsión

El año 2020 va a quedar muy grabado en nuestras mentes, como ese año que cambió nuestras vidas, nuestra dirección y que nos obliga a hacer esfuerzos para no caer en la tentación de olvidar y ser tan atrevidos como para pensar que lo vivido ha sido simplemente una mala pesadilla. Pero está tan presente, tan real, que la tensión marca nuestro día a día. Si te atreves a estar actualizado con el noticiario cotidiano, seguramente que entrarás en depresión. Quizá por ello son muchas las personas que me dicen o comentan que la televisión ni la ven, mucho menos coger una prensa escrita u on line para tener que hacer el soberano esfuerzo de leer e interpretar cosas funestas. Mejor vivir en paz… mental.

Pues sí, tras un arranque fulminante, con un brindis navideño que auguraba o deseaba lo mejor para este bonito número que es el 2020, de pronto, sin saber por dónde venía el tiro, nos vimos metidos en la refriega del ya familiar Covid19, con listas diarias de contagiados, fallecidos a mansalva, hospitales saturados, profesionales sanitarios desbordados, gobernantes dando bandazos, hasta vernos encerrados en casa para regocijo de una mente que cabalgaba a sus anchas, y así han pasado días de verdadera angustia para los más favorecidos, los que el tiro ha pegado en los alrededores pero no ha llegado a impactar en la diana personal. Otros, por desgracia, ya no pueden decir lo que piensan, o pensaban.

Llega el verano, sin canción favorita como solía ocurrir de antaño, y sin deseos de moverse a lado alguno, temerosos de que ese bichito que está por ahí pudiera vernos y apetecerle hacernos una visita interna. Hasta que el ser humano, caprichoso siempre de aventuras y de valentía inusitada, ha ido rápidamente olvidando malos momentos, para ir despabilándose y hacer escapadas a playas, restaurantes, sitios de confluencia, y todo ello con mucho gel en las manos y con el disfraz de una máscara que igualmente parece sentirse que es un artilugio de moda chabacana. Con la angustia de la temperatura y el bozal puesto, haciendo el truquillo de bajarla o cuando no quitársela en momentos que creemos no vernos nadie. Y eso de la limpieza en la novedosa prenda es ya cuestión también de analizar. Como creemos que ya estamos de vuelta en la pandemia, y que lozanos y gallardos famosos como Miguel Bosé, cuando no intrépidos y atrevidos profesionales que con su sapiencia calan en nuestra vista y oídos, hacen ver que esto en un mal rollo inventado para sacar dinero pero que no tiene fundamento científico alguno, ahí estamos nosotros pasando cada día más de cuidar el invento. Menudo incordio, es lo menos que solemos decir.

Y cuando el sonido playero y las frescas cervezas tomadas en momentos vacacionales empiezan a decaer, con la cercanía de un nuevo período en el que dar el do de pecho, volvemos a retomar el hilo de la cuestión. En este intermedio no ha pasado nada. Incluso los gobernantes se han tomado un buen período estival, desaparecidos en combate por aquello de que están sumamente cansados del fatigoso trabajo que les ha tocado hacer, y había que recuperar fuerzas para la que se viene encima. Claro que la dejadez veraniega no se va a poder recuperar en dos días y lo que está por venir es para poner un poco mucho los pelos de punta.

Que si la vuelta de los niños al colegio, que si los rebrotes se juntarán con la gripe común, que si no hay un euro en las arcas públicas, que si pitos y flautas, lo que está claro es que esta película no ha terminado. Como “Lo que el viento se llevó” queda mucho de dramatismo. Que nunca segundas partes fueron buenas y aquí, me temo, que tampoco augura buenos presagios. Con la mascarilla puesta hasta los chavales que acudan al colegio con mayoría de seis años, lo cierto y verdad es que parece anunciarse un cierto caos, empezando por esos protocolos para los colegios que, como no se ha querido enfadar a los de la autonomía más radical, se ha dejado en manos de cada uno, para ahora, deprisa y corriendo, intentar unificar unos mínimos criterios a seguir. Diles tú ahora a algunos –los más avezados- que cambien lo que ya tenían decidido.

Resulta curioso que al comienzo de este tsunami todos los dirigentes y responsables gubernativos daban el mensaje claro de que lo primero y fundamental era la salud, aunque otras cosas se vieran seriamente perjudicadas por la caída en picado de la producción, del turismo, de la economía en general. Ahora, tras ver el funesto momento coyuntural que presenta la economía del país, y las necesarias y obligadas medidas que van a tener que adoptarse, entre las que ya da todo el mundo por hechas cuales son el recorte de sueldos de funcionarios y el bocado a las pensiones, los tertulianos de cualquier sabroso debate que pueden atreverse a hablar, empiezan a decir que la economía hay que salvarla y que eso de cerrar o volver a estados de abatimiento y sequía productiva no puede ser posible. La salud parece que ya queda relegada por un bien principal y crematístico mayor, y claro está para poder compaginar el discurso con la enjundia que interioriza, se dice que es evidente que todos o casi todos tendremos que pasar por el contagio, para así inmunizar la población. Y cuando llegue la vacuna pues pelillos a la mar. Vivir para ver.

Aquí estamos, pues, los valientes o más bien afortunados que hemos sobrevivido hasta ahora, dispuestos a la enconada lucha. Para no contagiarnos y para acometer las medidas económicas que nos rasquen en el bolsillo. Y digo yo, a este paso, ¿cómo llegaremos a despedir el 2020? Pregunta de nota. A esperar y, mientras tanto, seguir recorriendo el camino minado. Cuidado donde se pisa.

Detrás de cada cual

         En la historia de la humanidad y de sus gobernantes siempre ha existido la idea de que detrás del protagonista principal se encontraban otros personajes que con cierta sumisión quedaban un tanto ensombrecidos hacia el exterior, sin dejar entrever su brillante y sagaz intervención que quedaba en una especie de encantamiento que resultaba irresistible hacia quien, con total predisposición, se dejaba llevar por el camino que se les señalaba y acometer las acciones que se aconsejaban. Seguir leyendo “Detrás de cada cual”

Los esperados cambios sociales

        Se dice que el paso de este mal que nos ha tocado padecer, y que ya duele hasta mentarlo, va a suponer un antes y un después en la mentalidad y forma de actuar del ser humano, por aquello de que el aprendizaje se ha hecho con la profusión necesaria como para no olvidar el mal trago a quienes la diosa fortuna ha perdonado de una fatídica y radical resolución vital. Seguir leyendo “Los esperados cambios sociales”