Caminar para vivir

Los tiempos que corren llevan mucho al recogimiento, para evitar los peligros que inunda la convivencia, y con ello a interrumpir el tránsito por ese camino que nos ha tocado vivir a cada uno y que, aun estando lleno de virulencias y curvas que lo hacen un tanto complicado, siempre será mejor que sufrir esta parálisis tan indeseable. Pero ahora toca parar, aunque el reloj de la vida no se interrumpa y el camino vea recortado su horizonte. Por desgracia para tantos y tantos, el camino ha llegado a su fin terrenal.

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Los incitadores del odio

Ahora que me puedo permitir dedicar algo más de tiempo para la reflexión no dejo de sopesar los acontecimientos que crujen a una sociedad que percibo presa del odio, en esa osada prestancia de quienes aprovechando la libertad que ofrece esta democracia tan peculiar como la española, no dejan de poner en riesgo todo un sistema de convivencia humana. El respeto me parece a mí que es el principal valor que debería tener cualquier persona que se preste de ser demócrata, porque impregnará toda su actividad y aliviará los ataques de quienes quieran sustituir ese valor por otros donde la alteración, la represión, la incitación al odio, sirva para que se dividan y enfrenten los integrantes de la comunidad.

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Jugar a «la pelota»

Ahora que han pasado los Reyes Magos y han venido cargados de tecnología y medios acordes con los tiempos que corren, me llega el recuerdo de una infancia e incipiente juventud en la que, casi era lo normal, los pedimentos de las ilusionadas cartas que se les había dirigido quedaran menguados a lo que las posibilidades del camino permitían traer a SS.MM. Sea como fuere, y salvando ese momento puntual donde la majestuosidad llegara hasta las cosas más increíbles, como ese en el que las lágrimas brotaron por ver la tan deseada bicicleta, nunca pude ver al lado de mis zapatos y la bandeja de consumida copa de anís y polvorones, un atuendo coincidente con los que lucían mis estrellas futboleras, ni el soñado balón de reglamento que facilitara la práctica sin depender de alguno de los pocos amigos cuyas posibilidades familiares permitían tener ese increíble sueño de muchos.

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Tiempos para soñar

Llegó 2021, ese año considerado como de la esperanza tras el turbulento precedente de otro que tendrá nombre como para ser recordado entre los más trágicos vividos por la humanidad. Un nuevo año con doce puertas abiertas y 365 pasos que dar, en el que se ha depositado la confianza para que aquello que se concibe como normalidad -nueva para algunos progres y vieja para los que añoran lo que éramos- pueda presidir nuestras vidas, nuestra relación, nuestro devenir de lo cotidiano. Ojalá pueda transcurrir como deseamos, porque si algo preside nuestras vidas es la de hacerlo con la libertad de soñar, con la profundidad y sentido que queramos, deseemos o añoremos. Son, sin duda, tiempos para soñar.

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El adiós sin razones

Queda bien poco para dar por concluido un año que no merece tan siquiera una digna despedida y, si acaso, intentar olvidarlo cuanto antes mejor, aunque estar aquí ahora y poderlo contar es ya toda una odisea en el bullicioso estruendo que nadie podía imaginar que se produjera por estas mismas fechas del fenecido 2019. Por eso mismo, quizás más que olvidar sea oportuno el tenerlo muy presente para que no se flaquee cuando perdamos nuestro horizonte dejando la piel en cosas mezquinas.

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La desazón del adiós

Si hay una palabra que define un sentimiento con especial profusión es la del “adiós”, esa que se dice con intensidad cuando se deja atrás algo más que una mera despedida temporal. El “adiós”, dejando de lado esas otras connotaciones que aparecen recogidas en el diccionario de la Real Academia Española por su uso como interjección que enuncia una desilusión, un desencanto o una sorpresa, es una palabra de término, de finalización, de soslayo, de contumaz decisión y, en definitiva, de dolor, porque normalmente se pronuncia cuando despides a algo o alguien que no te gustaría hacer, o queriéndolo se enfatiza para arrancar de tu interior una profunda sensación de ahogo.

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La edad del pavo

De todos es conocida esa etapa de la vida en que los jóvenes muestran una actitud de despiste o de tontería supina que hace que te entren ganas de zarandear al contagiado por este virus propio del crecimiento, del paso de crío a adultos. Una etapa ciertamente compleja y complicada para unos padres que asisten al espectáculo tontuno del día a día, de quienes parecen buscar su independencia y se acercan más en la búsqueda de pertenencia a un grupo que creen que los entenderá mejor. Unos padres que deben recordar que también ellos pasaron por el trance. Cierto que el nivel de pesadez y trastadas tiene también sus escalas, y los hay que pasaron la etapa sin tan siquiera darse cuenta de ello, pero lo cierto es que ninguno nos hemos dado cuenta de lo que hacíamos porque, sencillamente, vivíamos en el mundo de yupi y todo era jolgorio y pomposa felicidad.

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Momentos de convulsión

El año 2020 va a quedar muy grabado en nuestras mentes, como ese año que cambió nuestras vidas, nuestra dirección y que nos obliga a hacer esfuerzos para no caer en la tentación de olvidar y ser tan atrevidos como para pensar que lo vivido ha sido simplemente una mala pesadilla. Pero está tan presente, tan real, que la tensión marca nuestro día a día. Si te atreves a estar actualizado con el noticiario cotidiano, seguramente que entrarás en depresión. Quizá por ello son muchas las personas que me dicen o comentan que la televisión ni la ven, mucho menos coger una prensa escrita u on line para tener que hacer el soberano esfuerzo de leer e interpretar cosas funestas. Mejor vivir en paz… mental.

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Cuando el tiempo parece fenecer

Mucho se habla, y todos lo hacemos, de ese torbellino que supone el paso del tiempo. El que vuela de forma misericorde, despiadado, dejando atrás todo lo que pretendemos mantener, arrasando con el hoy y ahora ante sus prisas por llegar al mañana. Y nosotros, incrédulos, pretendemos hacernos amos del tiempo, del momento actual, porque pensamos que ese mañana despavorido no llegará a lanzarnos olas que puedan superar nuestros tobillos. Somos tan inconscientes pensando que el mundo es nuestro, que pretendemos sortear – o así lo creemos-, con el acierto cuasi torero, hasta la más tenebrosa de esas salpullidas mareas que se acercan para insultar nuestra incrédula pedantería altanera. Vamos sobrados, con las riendas sueltas, y así, sin darnos cuenta, el reloj sigue avanzando sin hacernos tan siquiera caso alguno.

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