El misterio de la campana

           Cualquier visitante que se acerque a las entrañas de la ciudad española de Badajoz seguro que repara en su casco antiguo y los monumentos que en ella se encuentran. Acudir a la plaza Alta y ver su colorido aspecto, apreciando un lateral de las murallas de la Alcazaba y una de las antiguas ubicaciones de las casas consistoriales seguro que hace detenerse para apreciarlo como se merece. Pero no faltará la mirada a una torre que destaca, y que sin grandes apariencias ornamentales llama poderosamente la atención. Los badajocenses le tenemos como uno de nuestros emblemas de la ciudad, pues no en vano se trata de uno de los monumentos almohades más relevantes de la Península Ibérica constituyendo la torre de vigilancia más fuerte de todo el recinto de la Alcazaba de Badajoz, y que data del siglo XII (año 1170, construida en concreto por el Califa Abu Yaqub Yusuf). Se llama Torre de la Atalaya aunque es más conocida como Torre de Espantaperros, término popular que arrastra de su historia, cuando una campana ubicada en su cúspide emitía un potente sonido que no era del todo agradable y que hacía huir hasta los perros.

        La Torre, situada en la parte oriental de la Alcazaba de Badajoz, de planta octogonal, es del tipo de las concebidas como albarranas, esto es, de las que se construían por delante de la muralla y unida a ella por un arco y un estrecho pasillo. Se conserva en toda su altura y no siempre es posible visitar su interior al estar abierta solo en momentos puntuales, permitiendo la subida y divisar la panorámica desde ese trayecto final. Una torre que ha tenido que pasar por muchas vicisitudes, incluso produciendo en un momento histórico un amplio debate en el Ayuntamiento de la ciudad sobre si el lamentable estado de ruina que presentaba aconsejaba su demolición, cuestión que afortunadamente no prosperó y con el tiempo ha permitido que las sucesivas reconstrucciones hagan que florezca en toda su extensión y, además, lo haga bajo la protección de la Declaración genérica que le dio el Decreto de 22 de abril de 1949 y la Ley sobre el Patrimonio Histórico Español.

        Las imágenes hablan por sí mismas, en un ante y un después que permite apreciar lo acaecido. Las históricas van de 1885 a 1934, realizadas por Fernando Garrorena, Vicente Rodríguez, Vda. de Claramón, Ed.; y M. Arribas. Sobre las más actuales me atribuyo la autoría, aunque las dejo abiertas a su uso.

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       En sus orígenes estaba rematada por una pequeña construcción cuadrada decorada con arcos entrecruzados, al que en la época cristiana se le superpuso el remate de estilo mudéjar que ahora puede verse. Eso sí sin contar con todo el esplendor que en su momento tuvo por cuanto que este remate tuvo un fin evidente, cual era alojar una campana que existió y fue desmontada a finales del siglo XIX.

       Los visitantes, y también los lugareños buscamos razones y explicaciones que puedan hacernos entender lo sucedido pero la realidad es que, a pesar de que podamos estar hablando de una realidad histórica relevante, en torno a esta campana pululan muchas leyendas y poca información oficial. Un misterio que me ha llevado a entrar en detalle porque creo que merecemos saber lo sucedido con más detalle que el que uno puede ver en las escasas informaciones existentes en los relatos resumidos, limitados a señalar que en su momento tuvo una campana y, en el colmo del detalle, que se rompió y sus trozos se encuentran en el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz. Hasta aquí llegamos.

       En un reciente relato hecho por uno de los muchos visitantes que se acercan a la ciudad y publican en redes sociales la experiencia vivida, leo lo siguiente: “No penséis que la han robado ni nada de eso, sino que la misma se conserva en el Museo Arqueológico. Me pregunto hasta el día de hoy por qué la han retirado pues pierde sentido ese templete allí arriba sin la campana, pero en fin, son decisiones tomadas pero esperemos que en algún momento sea devuelta a su lugar de origen”. Claro y preciso este turista, que no alcanza a comprender lo que sucede, como tampoco ocurre a los lugareños. He tenido la paciencia de ir preguntando a conocidos de la ciudad si sabían algo de lo que ocurre en torno a este hecho, y las respuestas son de crasa ignorancia. Me pregunto, ¿por qué este oscurantismo?¿qué razones llevaron a quitar y esconder esta campana?¿por qué no está visible en el Museo?¿qué lleva a mantener un monumento tan significativo amputado de un detalle tan relevante?¿alguien se dignará algún día en dar explicaciones a la ciudadanía y, a ser posible, restituir la pieza con alguna réplica, como ocurre en la mayoría de las ciudades europeas que preservan sus originales? Muchas preguntas que posiblemente no recibirán todas las respuestas que yo quisiera dar pero al menos me voy a atrever a decir algo más que los que esos minipanfletos puedan decir.

        La resolución a las incógnitas me han venido en parte al conocer el expediente que existe digitalizado en la Fundación Biblioteca Virtual Miguel Cervantes, donde se constatan hasta 13 documentos relativos todos ellos a la polémica que se suscitó en su momento sobre la campana en cuestión. vicente barrantesEspecialmente el informe fechado el 10 de enero de 1879, emitido por Vicente Barrantes Moreno, extremeño de cuna y de corazón, que el callejero de la ciudad de Badajoz le otorga la condición de político y poeta, aunque su biografía detalla la polifacética vida que tuvo, también como escritor, historiador, académico, bibliófilo, cronista de Extremadura, nacido en Badajoz en 1829 y fallecido en Pozuelo de Alarcón (Madrid) en 1898. Un informe que realiza como comisionado de la Corporación de Badajoz para contestar a las interrogantes que tenía el entonces Ministerio de Fomento, acerca de la problemática suscitada por el derribo de la campana de Espantaperros en 1878.

De este examen extraigo las siguientes cuestiones:

• La antigüedad de la campana existente en esta torre no podía situarse más allá del siglo XV, deshaciendo cualquier vinculación con el mundo árabe que erróneamente se transmitía por un sector. Ello por las inscripciones que tiene y que se concilian con el estilo llamado gótico alemán, del que permanecen en Castilla muchas inscripciones notables y que, en este caso, resultan similares a las que aparecieron al restaurar la fachada de la casa del mayorazgo de los Morales en la calle de la Magdalena de Badajoz, que ocupaban todo el frontis, colocadas artísticamente en reglones a maneras de grecas.

      La inscripción que pudo advertir la comisión de monumentos, y que Vicente Barrantes contrasta, se completaba con el siguiente tenor: “Esus Mará i Joseph esta campana se hiço ano de mil quinientos i diez i siete anos siendo corregidor el muy magnífico señor Antonio Hernandez Guevara”. Así pues, la campana data de 1517.

• Aunque con esta escasa antigüedad, no puede considerarse un objeto vulgar. La calidad de los metales empleados en su fundición aclara que se utilizaron restos de alguna antigua campana del tiempo de la Reconquista. Así lo deduce Barrantes al considerar la tradición de que hacían gala las damas muzárabes, poseídas de religioso entusiasmo, arrojando al crisol (cavidad en los hornos que recibe el metal fundido) sus alhajas de oro y plata. Y así aparecen en los trozos de astillas de la campana que vienen a demostrar cuanto se dice.

      También por el hecho de que dispusiera de una cruz (con elementos sobrepuestos al parecer y en distinto molde fundidos) casi tan grande como su copa, desde los rebordes que a manera de cenefa coronan el labio hasta la cabeza.

       Igualmente destacan los adornos que ocupan los cuatro ángulos formados arriba por los brazos y abajo por la peana. Al parecer, se figuran con ellos los cuatro clavos de la crucifixión según la iglesia griega.

• El Ayuntamiento de Badajoz ha conocido diversos emplazamientos pero en 1799 se instala ya en el “Campo de San Juan”, aunque el edificio actual, cuyo proyecto corresponde al arquitecto municipal Francisco Morales Fernández, comenzó a construirse en 1852 para finalizar en 1856. Presenta una fachada de estilo neoclásico de gran sencillez y elegancia, en cuyo piso bajo destaca un cuerpo avanzado de arquerías de medio punto sobre el que se asienta una terraza balconada con seis columnas de orden toscano. Sobre el segundo cuerpo se encuentra otro que acoge el reloj colocado posteriormente en 1889 y cuatro escudos con las armas de la ciudad. La fachada queda rematada por una balaustrada que se corona con un campanil de hierro forjado, muy criticado en la época, que aloja la sonería del reloj.

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          A esta nueva dependencia del Ayuntamiento se traslada la campana que comentamos en el referido año 1856, procedente de la torre del Castillo. Su sonido se hacía notar por regla general en solemnidades fúnebres, como la muerte del Pontífice, de las personas reales y de individuos del Municipio, y después para dar señales de la existencia de fuego.

         En consecuencia, la Torre de Espantaperros quedó desprovista de la campana desde este año 1856.

• Después de treinta y dos años de ubicación de la campana en el Palacio Municipal de San Juan, se precisa que tenía resentida la espadaña que la sostenía, con el consiguiente riesgo de provocar algún incidente lamentable, por lo que la Corporación municipal adopta el acuerdo, el 10 de junio de 1878, conforme a la recomendación que le hacía el auxiliar facultativo de obras, de destruir la campana para refundirla y colocarla en el sitio que ocupa, en mejores condiciones a las existentes al momento de esta decisión.

        Una decisión que se adopta con suma ligereza, sin sopesar la incidencia que iba a tener entonces y aún hoy en día, y además que se hiciera sin consultarse a otros expertos ni a la Comisión de monumentos, de modo que los vecinos de la población se vieron sorprendidos y sobrecogidos por los golpes de mazo que se daban sobre la campana para su destrucción, en ese sonido tan peculiar que parece ser venía de encontrarse cascada y que, según Barrantes, podría ser la verdadera causa de la rapidez en ejecutar la decisión, en la que tuvieron una participación muy activa los dependientes del Ayuntamiento que tienen su vivienda debajo de la espadaña.

• Promovidas numerosas quejas por lo sucedido, que llegó incluso a tener publicidad en los periódicos de Madrid, y a la par que la Comisión de monumentos presentaba las suyas al Gobernador de Badajoz, quedó suspendida la refundición pretendida. Permitió por ello examinar los restos y extraer las conclusiones oportunas sobre su antigüedad y características que reunía.

• En definitiva, aun sin tener la consideración de monumento histórico que podría haber generado responsabilidades mayores al Ayuntamiento, la actuación del Consistorio era digna de censura. Barrantes señala que “Como éste y más que éste ocurren diariamente en España sucesos que nos privan de nuestras ya menguadas glorias artísticas, o las llevan a enriquecer los Museos extranjeros”.

• La cuestión es que para el examen que hacía Barrantes se intentó reconstruir sus fragmentos sobre un molde, en la medida que se pudo y que finalmente ha quedado depositado desde el año 1890 en el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, eso sí, con el desprecio que supone arrinconarlo en sus almacenes (la imagen que incorporo es la única que puede advertirse públicamente, de autoría anónima, y que me atrevería a aventurar que sería realizada sin permiso oficial por advertir la ausencia de todo tipo de cuidado en la exposición que se hace y que denota la escasa o nula atención que recibe), y sin posibilidad de apreciarlo por cuantos tuvieran curiosidad de conocer personalmente un elemento que va camino de los tres siglos, amén de disponer del relato que permita apreciar a los visitantes el despropósito que se hizo, sin haberse restablecido por la oportuna réplica que ayude a devolver a su sitio lo que nunca debió quitarse de él.

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      No voy a omitir que un determinado grupo político de los que actualmente conforman el Ayuntamiento de Badajoz, ha solicitado recientemente que se realice una réplica de la campana, dada la importancia de este símbolo y por entender que si fue el Ayuntamiento el que la condenó en su momento a la “desaparición”, pueda ahora devolverla a su lugar. Enmendar entuertos aunque sea tardíamente.

         Pero como detecto que en la actualidad aquello de unir esfuerzos entre grupos políticos para satisfacer intereses generales es pura utopía, creo que la petición será algo que quede en el baúl de los recuerdos pues no se permitirá que alguien reciba un galardón que pudiera servir de reproche a otros por no haberlo impulsado. Con estas posturas, así nos va, claro. No me resisto a tener el anhelo y la ilusión de que algún día luzca una campana como la que existió en su momento, de 1,21 m., para engrandecer los monumentos que tanto han padecido por esa bendita mano que tiene el hombre.

 

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