La edad del pavo

De todos es conocida esa etapa de la vida en que los jóvenes muestran una actitud de despiste o de tontería supina que hace que te entren ganas de zarandear al contagiado por este virus propio del crecimiento, del paso de crío a adultos. Una etapa ciertamente compleja y complicada para unos padres que asisten al espectáculo tontuno del día a día, de quienes parecen buscar su independencia y se acercan más en la búsqueda de pertenencia a un grupo que creen que los entenderá mejor. Unos padres que deben recordar que también ellos pasaron por el trance. Cierto que el nivel de pesadez y trastadas tiene también sus escalas, y los hay que pasaron la etapa sin tan siquiera darse cuenta de ello, pero lo cierto es que ninguno nos hemos dado cuenta de lo que hacíamos porque, sencillamente, vivíamos en el mundo de yupi y todo era jolgorio y pomposa felicidad.

Lo de ser gamberretes también aparece vinculado a ese instante de confusión supina. Las trastadas se hacen sin intención de dañar pero a veces pueden resultar difíciles de entender, sobre todo cuando las vemos ahora que el sosiego de la edad nos ha puesto las banderillas oportunas para quedarnos aletargados en cualquier intento de sacar los pies del tiesto.

No voy a relatar mi experiencia propia, lo que pueda recordar de esos bellos e intrépidos instantes de gracia, inocencia y pesadez, sacando de quicio a mis familiares cercanos o profesores que para contenernos al grupo de tontainas se las veían y deseaban, sobre todo cuando se atrevían a llevar al grupo de excursión o salidas para visitas culturales. Pobre gente, que ahora recuerdo con la paciencia que les caracterizaba para sostener a tanto cafre, pero así es la vida y gracias a estos voluntariosos mentores puedes caminar atravesando el mundo de la fantasía. Hasta que las luces aparecen al final del túnel y ya no hay más tontería que la de dar el callo para introducirte en un mundo donde el que para es pisoteado por la multitud que te acecha.

Mi reflexión aquí y ahora es porque me hace reparar en la situación de cuantos memos aparecen alrededor, a los que envidio sanamente por la aureola que les envuelve y la inocencia que preside su rebeldía sin causa. A los que quisiera hacerles ver que divertirse y brincar no está reñido con la educación. Y que una cosa es la rebeldía juvenil, el querer ser un tanto pasota, y otra no respetar la más elemental norma de convivencia que exige respeto a los demás y al orden establecido. La locura de la edad no puede nunca llevar a la ceguera.

Ocurre que en los tiempos que corren se hace todavía más patente la necesidad de extremar el desenfreno juvenil. Convertir ese momento pasional en el abandono de las más mínimas y elementales medidas de seguridad puede conducir a perder el rumbo a la sociedad. Por muy complicado que pueda resultar, el diálogo se hace ahora más necesario que nunca, para que el raciocinio impere.

Claro que en este entramado puedes ver a padres que sufren más de lo previsto cuando la pavera hace que los hijos cometan actos un tanto desmedidos. Cuando los chavales parecen no entender nada de lo que se les dice y, en su trepidante mundo del descuido, hacen cosas que dañan al más pintado. Difícil sostener al bravío que tenemos cerca, y a veces ya no te quedan fórmulas ingeniosas para reconducir las situaciones.

Pensando en todo ello, y dejada muy atrás esa etapa, incluso viendo la más cercana de los hijos, ahora divisas los retoños de nietos que, con diferenciación de edad, vas viendo con mayor serenidad su evolución. Los críos que no hay quien los canse, pletóricos de fortaleza y entusiasmo, y los jóvenes que maduran con esos tropiezos del pavoneo propio de la edad. Con el dolor que a veces produce este descabellado proceder en chicos y chicas que tienen un gran corazón, y que solo la corta edad les convierte en algo irresistible a nuestro empeño porque todo transcurra como si de una vida monacal se tratara. Pero la paz conventual no se consigue con la ebullición de una edad que exige pasión y dinamismo, donde parece que todo ocurre a los demás y nada a ellos, presuntuosos de gozar de la fuerza que ya va faltando a los que los vemos protegidos ya en la barrera.

Para esta juventud que vive con lozanía y avidez, para esos padres y familiares que deben echar cuanto tienen para ayudar y que se siga por un camino recto, y para esos profesores que se atreven a meterse por medio de la multitud de locuelos temporales, mi retahíla bloguera no puede dejarles de lado, porque lo viven y yo también. Paciencia a todos porque la vida es, y debe ser, de entusiasmo cuando se tiene cierta edad. Las travesuras pueden ser inevitables, aunque el proceso de educación quizá ayude a que no se desmadre la situación que es, sin duda, temporal. Ya vendrán tiempos de sosiego obligado.