Símbolos del pasado: los rollos y picotas de Extremadura (I)

         En el recorrido que podamos hacer por los distintos pueblos extremeños, en especial por la provincia de Cáceres y de forma más aislada en la de Badajoz, nos encontraremos con unos singulares monumentos que presentan como elementos fundamentales la existencia de una columna (que puede ser cilíndrica o poliédrica), por lo general de piedra caliza o granítica, lisa o acanalada, plantada directamente en el suelo o elevada sobre gradas, para concluir coronada por un capitel del que pueden salir figuras de diverso tipo a modo de gárgolas. Y, con cierta frecuencia, se observa la personalización con escudos indicativos de su abolengo.

         Si se desconoce la historia que envuelve este emblemático símbolo, quizá lo que pueda llamarnos más la atención es su misma existencia y la circunstancia de encontrarse en bastantes poblaciones, lo que nos dará una ligera idea de que algo en común deben tener, pero nos veríamos privados de saber lo que hay realmente detrás de estas piedras labradas. Pretendo con esta entrada examinarlos con mayor detalle, al menos dando una ligera descripción de lo que suponen.

            Para ello, lo primero que debe aclararse es que su expansión es mayor que la circunscrita al territorio extremeño, aunque mi pretensión sea ahora limitada a este ámbito. Debe decirse, no obstante, que fueron monumentos de arquitectura civil levantados en la edad media y que aparecían como otorgamientos que se hacían a los señores feudales como símbolo de su poder sobre un territorio. A finales del siglo XV, momento de mayor esplendor, se otorgaban por los Reyes a los linajes nobiliarios que les habían apoyado en sus empresas bélicas (caso de la Guerra de Sucesión en Castilla o en la Reconquista), como pago o recompensa otorgada por los servicios prestados. También cruzó el mar esta costumbre y los rollos fueron levantados en las ciudades que los conquistadores españoles y portugueses fundaran en América, contando con una estructura similar, esto es, un basamento sobre el que se levanta una columna de granito.

           En la práctica hay que distinguir entre los denominados como “rollos” y “picotas”, siendo los primeros símbolos de jurisdicción (señorial, municipal o real), y los segundos el lugar de ejecución de penas que llevaban aparejada la exposición a la vergüenza pública del reo, que era atado en la columna para cumplir castigo. De aquí precisamente viene el dicho popular de “poner en la picota”, cuya existencia como sitio punitivo encuentra su origen prerromano, por tanto con mayor antigüedad que el concebido como rollo, de índole administrativo. Puede advertirse su existencia en “Las Partidas” de Alfonso X, y así lo recuerda el prestigioso arabista e historiador español Serafín Fanjul, que precisa como “una parte de la punición de los delincuentes su exposición a la vindicta pública en la picota o el rollo, a veces en fragmentos, después de descuartizados o decapitados en casos graves o, en los leves, enteros pero desnudos y bien enmelados y emplumados para que casi se los comieran las moscas y sujetos a los garfios y argollas encastrados en el rollo”, para añadir que “al daño físico se agregaba el escarnio del condenado que, por supuesto, quedaba estigmatizado y apartado de por vida, caso de conservarla”.

        Dado que era costumbre utilizar la misma columna para cumplir los dos fines, es comprensible que se llegue a utilizar indistintamente ambos términos en el lenguaje popular,  convirtiéndolos así en términos sinónimos.

           Muchos de estos emblemáticos monumentos pudieron haber desaparecido a lo largo de la historia, pues no en vano las Cortes de Cádiz, el 26 de mayo de 1813 promulgó un decreto por el cual se ordenaba quitar o derruir estas construcciones por considerarlas símbolo de vasallaje de un régimen de opresión de los señoríos jurisdiccionales. El caso es que no debió tener un fidedigno cumplimiento pues muchos de estos los encontramos dispersos por España, sobre todo en Extremadura, Castilla-La Mancha, y Castilla y León. En pro de su conservación se encuentra también las iniciativas que se produjeron de transformar el rollo y la picota en cruceros, como monumento religioso que le liberaría de la demolición. El caso es que esta circunstancia también merece resaltarse para comprender que con todo ello se indujera aún más al equívoco, al no saberse diferenciar entre rollo, picota y crucero.

         El recorrido por Extremadura depara la existencia de los que puedan conservarse aún, a los que me referiré en cuanto haya podido conocer de ellos y, en algunos casos, recogidos en mis pinturas. Destaquemos, por lo pronto que los rollos de justicia extremeños han sido declarados Bienes de Interés Cultural por la Ley de Patrimonio Histórico y Cultural de Extremadura.

          Ha de partirse por ver la notoria diferencia que existe entre los rollos y picotas que se conservan en la provincia de Cáceres, y las escasas muestras que hay en la provincia de Badajoz. Del porqué de esa diferencia numérica ha llevado a bastantes tesituras, de las que quizá pueda decirse como más fidedignas la de obedecer a variadas razones (así Marino González Montero). Partiendo por lo principal, que en sí supone que fueron muchas menos las levantadas en esta última provincia, se debate en torno al dato de la demografía, esto es, al hecho de que la obtención de derechos jurisdiccionales que supone este monumento, lo es por comprarlos especialmente por los señoríos de la época y eso no estaba al alcance de cualquiera. El vínculo de localidades a los grandes núcleos de Cáceres, Plasencia o Trujillo, que aglutinaban casi dos centenares de pueblos, suponía un mayor interés legítimo por obtener la independencia jurisdiccional. En fin, la destrucción ordenada por las Cortes de Cádiz no parece que tuviera iguales consecuencias en una u otra provincia, quedando incólumes muchas de las existentes en Cáceres.

        Dicho lo anterior, pasaré a exponer mi repaso a estos monumentos, partiendo en este primer post por los escasamente identificados en la provincia de Badajoz, y dejando para el siguiente los de la provincia de Cáceres.

Cabeza la Vaca (Badajoz)

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           En 1594 Felipe II le concede a la localidad el título de villa, otorgándole con ello el privilegio de impartir justicia. Como testimonio del deseo del rey  se construye en el año 1600 la Cruz la Rollo, símbolo jurisdiccional y picota para exponer a los reos a vergüenza pública o para ser ajusticiados. El nombre que se le da obedece a la cruz con que se remató la columna en su momento. Hoy tiene un especial valor por tratarse del único monumento de su especie que perdura en la Baja Extremadura

        La Cruz del Rollo está formada por una triple grada de granito sobre la que se levanta un fuste cilíndrico simple compuesto por varios bloques de granito superpuestos. Se remata con el capitel que cuenta con cuatro salientes estilizados sin figuración alguna y que simbólicamente lanzan el mensaje jurisdiccional a los cuatro vientos. El remate lo es en forma de cruz.

Fregenal de la Sierra (Badajoz)

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           No ha tenido la fortuna como para que pudiera mantenerse erguido el rollo que en su momento tuviera esta localidad. De sus restos, ignorados por mucho tiempo, únicamente quedan tres piedras labradas en tambor y estriadas, escasas pero suficientes para hacernos una idea de cómo estaba conformado el cuerpo principal del rollo. Estas piezas fueron colocadas en una esquina del edificio del ayuntamiento, con motivo de una restauración que se produjo en el mismo.

Mérida (Badajoz)

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        Esta localidad es todo un conjunto monumental, y cuenta con un rollo de estructura sencilla que hasta el siglo XVI se hallaba instalado en la plaza, muy cerca de la iglesia de Santa María, y en la actualidad está ubicado en la salida del puente romano, en la orilla izquierda del río Guadiana.