Por el norte de las tierras levantinas

          Salir de tu entorno cotidiano te da la oportunidad de conocer lo que ofrece el mundo, y además, en no pocas ocasiones, tienes la ocasión de acercarte a sitios que todavía se resistían a entrar en tu panorama visual. Así me ocurre ahora cuando por diversos motivos llego a la zona norte de la Comunidad Valenciana, y con ello aprovecho mi paso por estas tierras para conocerla en lo que me depare el escaso tiempo de que dispongo.

            Castellón de la Plana es una ciudad que, como he escuchado decir a su alcaldesa en la recepción que nos ha brindado, no dispone de un patrimonio enriquecedor como para hacerla atractiva por ello, siendo así que lo mejor que brinda es su gente, afable y con una clara vocación de avanzar y mejorar en todos sus aspectos. Y, efectivamente, así lo he podido comprobar, por su ambiente universitario, por su comunidad avanzada, y todo ello sin perder de vista cualquier aspecto que en el tránsito del consabido paseo por sus calles he podido advertir, y como no, siempre dispuesto a recoger en fotografía lo que estoy viendo al instante.

           En esta urbe, de aproximadamente unos 180.000 habitantes, podría distinguir tres partes principales: el núcleo central histórico, los nuevos barrios modernos y, tocando el mar, el Grao o el puerto. El poco tiempo del que he dispuesto me lleva a centrarme en la zona del centro, que concentra un mayor número de patrimonio histórico.

            En el recorrido que ahora inicio atravieso un bello parque que me hace reparar en varios monumentos esparcidos en su recorrido. El Parque Ribalta constituye una de las zonas más representativas de la capital de la Plana. Su configuración parte del último tercio del siglo XIX cuando Castellón inicia tímidamente un despliegue hacia la industrialización que se impone en toda la región y que no llega a arraigar con fuerza, manteniéndose las tradicionales actividades del artesanado.

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            En la plaza central del parque se encuentra un obelisco proyectado por Francesc Tomàs Traver e inaugurado en 1898, recuerda las jornadas del 7, 8 y 9 de julio de 1837 cuando la ciudad resistió los ataques carlistas en la primera guerra civil. Embellece el conjunto una balaustrada que, decorada en su parte baja con cerámica, respalda el banco circular que rodea la rotonda. Dicho obelisco fue destruido en 1932, y rehecho en 1980.

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            En el interior del parque se encuentra un peculiar templete con 16 columnas geminadas con capitel corintio que sustentan una cúpula de media naranja que no se refleja al interior, y diversos bustos repartidos por el parque, dedicados a personajes castellonenses importantes (de Tárrega en bronce, de Adsuara, y busto de Vicente Castell, también en bronce, de Octavio Vicent). Junto a la antigua rosaleda, hoy parque infantil, un monumento al Año Internacional del Niño de 1979, en chapa metálica. Y junto al estanque podemos encontrar un monumento a Domingo Herrero, de Tomás Colón Bauzano.

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          Al salir del parque llego a la Plaza de la Independencia, conocida popularmente como la Plaza de La Farola. Debe su nombre en recuerdo a la Guerra de la Independencia Española, situada en un lugar donde se hallaba una de las puertas de acceso a la antigua ciudad de Castellón.

          En el lugar que se había coronado la imagen de la Patrona de la ciudad, la Madre del Déu del Lledó, se construyó la actual Farola, uno de los símbolos más representativos de la ciudad. Su estructura metálica fue obra del arquitecto Maristany en 1929, y pese a  ser un monumento religioso, no alberga ningún elemento, salvo la placa de homenaje. Está ubicada entre bellos edificios modernistas e historicistas, como la Casa de las Cigüeñas y la Casa Alcon.

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           Estamos ante una glorieta que enlaza todas las calles que en ella desembocan. En 1876 se construyó el paseo adjunto, llamado de la Alameda y, más tarde, del Obelisco, siendo trazado por el arquitecto Godofredo Ros de Urbinos.

          La Casa de la Cigüeñas es el edificio más modernista cuya ornamentación a base de cerámica le otorga una policromía muy llamativa. La Casa Alcon es una vivienda con un curioso eclecticismo de mezcla de estilos en su ornamentación, propia de la escuela vienesa y con remates seudogóticos y triglifos modernistas.

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             El recorrido del centro de la ciudad me lleva a  un punto estratégico del entramado urbano de Castellón, con la Avenida de Jaime I al sur y la plaza de Tetuán al norte, en la que aparece un edificio administrativo construido en el año 1932, obra de los arquitectos Demetrio Ribes Marcos y Joaquín Dicenta Villaplana. Su implantación como edificio exento queda reforzada por un volumen de tres plantas con las cuatro esquinas redondeadas que produce una imagen muy unitaria y de gran contundencia. El ladrillo, la cerámica y el vidrio constituyen los principales elementos de las fachadas de esta construcción, que recuerda la tradición musulmana.

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         Avanzamos para llegar al punto más emblemático de la ciudad, la conocida como Plaza Mayor, cuyo entorno nos muestra el Ayuntamiento, el Mercado Central, la Torre Campanario y la Concatedral. Todo ello en torno a la plaza que acoge una fuente en su parte central.

             El edificio del Ayuntamiento de Castellón, construido a principios del siglo XVIII, bajo la dirección de Melchor Serrano y Gil Torralba, tiene un corte clasicista cuya fachada sigue el modelo de estilo toscano, y consta de tres plantas que descansan sobre un porche con siete arcos apoyados en pilastras corintias. En su fachada, resaltan tres balcones y, en su interior, una escalera central de mármol da acceso a las distintas dependencias, entre las que se encuentra el salón de plenos, con unos interesantes frescos, de los siglos XIX y XX.

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          El Mercado Central es un edificio igualmente llamativo en este lugar. Fue fundado a mediados del siglo pasado, y desde entonces alberga el mercado más emblemático de la ciudad, un lugar lleno de color y vida.

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           La Torre Campanario se sitúa al frente del Mercado Central, en un edificio exento de planta octogonal de 58 m. de altura, y que cuenta con ocho campanas y tres más para señalar las horas en la terraza. Constituye actualmente el símbolo de la ciudad. Fue construida entre 1591 y 1604 por Francisco Gallança de la Lancha y Guillem del Rei.

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         Al lado se encuentra la Iglesia de Santa María la Mayor, que es la concatedral junto con la de Segorbe de la sede del Obispado de Segorbe-Castellón. La historia de esta concatedral está llena de avatares desde el inicio de su construcción que data del siglo XII.

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         De la original iglesia gótica sólo quedan sus tres puertas de acceso, además de algunos elementos ornamentales. El templo se derribó por un acuerdo del pleno municipal en los años treinta y las obras de reconstrucción, finalmente, culminaron el año 2001. La portada más antigua se encuentra en la calle Arcipreste Balaguer.

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       El acceso por la plaza de la Hierba presenta decoración vegetal en los capiteles, mientras que la portada principal es de un gótico más avanzado que las anteriores. En su interior se encuentra una imagen de la Inmaculada del siglo XVIII; imágenes barrocas; varios lienzos interesantes ; así como piezas de orfebrería y otros ornamentos.

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          En los aledaños de la Iglesia te encuentras con un monumento en bronce al pintor local Juan José Salas, parece ser que en recuerdo de su pasión por la pintura en la zona de la Plaza Mayor.

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           En las cercanías se advierte otra plaza que llama la atención: la plaza de la Puerta del Sol. El nombre tiene que ver con que en ella se encontraba una de las puertas de acceso a la ciudad amurallada. El origen del apelativo de el Sol, se debe a que es la plaza histórica castellonense en la cual da más el sol durante el día.

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            Y sentados en una de las terrazas divisamos los alrededores. Así, junto al edificio de la entidad bancaria valenciana que acoge el reloj desde el cual se dan las campanadas de fin de año castellonenses, se encuentra el Casino antiguo, construido en 1922 por el arquitecto Francisco Maristany y Casajuana, y es un buen ejemplo de transformación y reforma de un antiguo palacete del siglo XVIII. En la actualidad se utiliza para la celebración de eventos públicos y privados. Es un edificio de aspecto distinguido con curiosos elementos ornamentales que dan la nota de distinción y elegancia.

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            En la recogida me encuentro con algunos signos característicos y, en especial, un edificio que me llama la atención. Es la Lonja de Cánamo, construida entre los años 1606 y 1617 por Francisco Galiança. Se hizo sobre una base rectangular y formada por doble logia con un par de arcadas en cada plano. En 1984 se declara monumento histórico-artístico, fundamentalmente por lo pictórico de su fachada que le hace perfectamente reconocible. Tras diversas vicisitudes a lo largo de su historia, la Universidad Jaume I adquiere el edificio en 1999 y lo convierte en un centro cultural y educativo.

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           Y en el trayecto final paso por la Plaza de Toros de Castellón, que me llama la atención por su estructura y cuya construcción se comenzó en 1885, inaugurándose dos años después. En la fachada principal se encuentra la escultura realizada en un medallón de bronce en el que destaca la cabeza de un toro, obra de José Viciano Martí. El recinto taurino presenta una fachada con grandes arcos de ladrillo aplantillado en la planta inferior, correspondidos por ventanales bíforos en la superior.

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           Ante la Puerta Grande de la plaza de toros  el aficionado y peatón se encuentra con la escultura de bronce que la Asociación de la Prensa Taurina encargó a la escultora Maite Saura. La pieza dada en Castellón rinde homenaje a José María Iglesias, más conocido como Arenillas, considerado uno de los críticos y cronistas taurinos más relevantes de la capital de La Plana ya otro de los críticos taurinos, Paco Pascual. La pieza recrea al periodista tomando apuntes junto a su inseparable cámara.

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         Una escapada a los alrededores de la capital me lleva a la ciudad de Peñíscola. Su casco antiguo conserva las huellas de su pasado más remoto, ligado al Pontífice Benedicto XIII, el llamado Papa Luna, y da fe de la importancia de la ciudad en la majestuosidad de su castillo-fortaleza.

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            El tiempo que voy a pasar aquí no me permite otra cosa que divisar esa famosa fortaleza que se advierte sobre la parte más alta de la localidad, y que desde una de las terrazas situadas en su entorno lleva a deleitarse con su hermosura y el baño del Mar Mediterráneo sobre su preciosa playa. Ya de por sí, esta vista me produce recuerdos que, cuando las analizo, aparecen vinculadas a una película de las que me han entusiasmado, como no protagonizada por ese gran actor que es Charlon Heston. Sí, claro, me refiere a la película de El Cid, rodada en su momento en este entorno, y que no ha sido la única que tuvo por sede este maravilloso paraje. Peñíscola también acogió el rodaje de Calabuch de García Berlanga, y más recientemente, la famosa serie de Juego de Tronos.

           Y, con en este escaso tiempo que tengo visito el Castillo, que alcanza una altura de 64 m. sobre el nivel del mar. Con el perímetro de unos 230 m. tiene una altura media de 20 m. La fortaleza se debe a los Templarios, que construyeron esta obra románica sobre restos de la antigua alcazaba árabe entre 1294 y 1307, a imagen y semejanza de las fortalezas de la Tierra Santa. Benedicto XIII, el Papa Luna, realizó pequeñas reformas durante su estancia transformándolo en palacio papal.

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      La fábrica de los muros es de piedra labrada y todas las dependencias se cubren con bóvedas de cañón que arrancan de impostas muy simples formadas por un cordón moldurado. Destaca en todo su conjunto la sobriedad y solidez de su construcción tanto en las estancias templarias como en las estratégicas e intrincadas dependencias pontificias.

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         A pesar de las modificaciones introducidas por Felipe II para artillar la fortaleza y de los bombardeos sufridos en las numerosas guerras y asedios no se ha visto sustancialmente alterada la conformación del castillo.

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        En el entorno se encuentra el Ermitorio de la Virgen de la Ermitana, centro de devoción popular de origen medieval. Las obras de este Santuario fueron realizadas entre 1708 y 1714, en una inmejorable fábrica de sillería de perfecta labra en sus adornos, escudos y molduras. La traza de su fachada integra el campanario al hastial con una sobria elegancia compositiva poco frecuente dentro del barroco valenciano.

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            El faro es otro aspecto que destaca en esta altura, cuya actual edificación data de 1892. Con anterioridad a la luz eléctrica, la señal luminosa se producía mediante fogatas, y de ahí el nombre que aún perdura en la calle inmediata, Farons, denominación alusiva a los faros o luminarias desde allí emitidas.

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