La magia eterna de la pintura (II)

         En el repaso que hago de las figuras badajocenses de la pintura me adentro en el siglo XIX, que da muestra del orgullo que representan nuevas figuras extremeñas de relevancia.

         Por la cronología de los acontecimientos, debo referirme primeramente a Rafael Lucenqui, hijo de un pintor polaco que se había asentado en Badajoz, donde posiblemente había llegado formando parte del ejército napoleónico, y que nació en localidad extremeña en 1809. Su apellido Luschinski o Luchensky lo españolizó por «Lucenqui». Bajo la tutela de su padre, el joven Rafael se inició en el arte de la pintura y la escultura, para colgar temporalmente la paleta y los pinceles por comenzar en 1833 la carrera militar. En 1848, año en que toda Europa se veía encendida una vez más por el ardor revolucionario, Rafael Lucenqui abandona el Ejército y comienza a ejercer como profesor de dibujo en el Instituto de Cáceres. Desde entonces pudo retomar la pintura y dedicarse en exclusividad a ella. Su obra, aunque de una calidad indiscutible, no es muy conocida, ya que la mayoría de los cuadros que pintó fueron encargos de las principales familias cacereñas y, junto a algunas obras que seguramente se habrán perdido, la mayor parte se encuentran en manos de particulares.

         Lucenqui falleció en Cáceres, soltero y sin descendencia, en 1873. Tras de sí dejaba una profunda huella en algunos alumnos y seguidores, de modo que podemos considerar a este artista como el precedente en el que se fundamenta la pintura cacereña de finales del siglo XIX y principios del XX.

          Realizó diferentes obras de carácter tanto público como privado, siendo una de ellas el cuadro que se situó durante más de un siglo, en el testero del denominado Portal Llano de la Plaza Mayor de Cáceres, y hoy en el patrimonio artístico del Ayuntamiento, en el Museo Municipal, luciendo una réplica en la hornacina del Portal. Se trata del cuadro de Nuestra Señora de la Paz.

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Badajoz recuerda a este paisano dando nombre a una de sus calles.

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       El fuentecanteño Nicolás Megía Márquez (1845-1917) es de los casos en que su relevante figura aparece casi desconocida, pues aunque fuera considerado a nivel internacional, dado que en vida sus obras fueron muy cotizadas, especialmente sus acuarelas, que se vendieron por toda Europa y América, e incluso calificado como el mejor pintor extremeño del siglo XIX, pasa un tanto desapercibida para los propios lugareños de su localidad natal, quizá por aquello de la envolvente figura que representó Francisco de Zurbarán.

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          Destacaremos de su vida que cuando cumplió los veinte años se marchó a estudiar a la Academia de San Fernando de Madrid. Su gran proyección motivó que la Diputación de Badajoz le becase para completar la formación en Roma y París, donde tomó contacto con los más relevantes artistas de la época. Esta beca posibilitó que hoy el museo pacense cuente con obras del pintor, ya que como becado debía enviar sus trabajos a esta institución.

         En su obra, de tinte realista, abordó temáticas muy diversas, desde el retrato hasta el paisaje, escenas costumbristas, pintura histórica u orientalismo. Igualmente variada es su técnica, aunque destacó especialmente como acuarelista, con una obra repartida por todo el mundo.

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         La mayor parte de su obra se encuentra en la actualidad en el Museo de Bellas Artes de Badajoz.

       Sin solución de continuidad hay que referirse a Felipe Checa Delicado, para decir que nació en Badajoz el 24 de marzo de 1844, en la actualmente nominada calle Sepúlveda. Tras sus inicios en el Instituto de Segunda Enseñanza de Badajoz, teniendo como primer profesor al pintor granadino José Gutiérrez de la Vega, hijo del célebre pintor sevillano del mismo nombre, fue becado por la Diputación de Badajoz en 1867 para desplazarse a Madrid e ingresar en la Escuela Superior de Pintura (posteriormente Academia de San Fernando). Tras el fallecimiento de su padre en 1872 vuelve a Badajoz donde desarrolla su labor docente y artística hasta su muerte acaecida el 31 de marzo de 1906, dejando tras de sí un legado artístico de calidad sobresaliente, como demuestra el más de un centenar de sus obras conservadas en la excepcional colección del Museo de Bellas Artes de Badajoz.

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        Felipe Checa destacó por el realismo más puro en su obra. Sus bodegones, representan tal realismo que le convirtieron en el primer pintor español de este género durante su época.

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       La ciudad de Badajoz le tiene muy presente no solo por su legado artístico sino también dándole nombre a una gran arteria del callejero de la ciudad, desde la plaza de San Francisco hasta la perpendicular con la calle Virgen de la Soledad, en pleno casco céntrico.

        Sostiene la doctrina que aunque el costumbrismo extremeño tiene su origen en las obras casticistas y de género de los pintores de fines del siglo XIX, como los referidos Nicolás Megía y Felipe Checa, cuya obra conecta con las últimas consecuencias del romanticismo pictórico del siglo XIX, sin embargo, no podemos hablar de una pintura costumbrista extremeña hasta que a principios del siglo XX artistas como Eugenio Hermoso o Adelardo Covarsí proporcionan la respuesta de nuestra región a la dada a nivel nacional  a la reacción cultural de la Generación del 98.

         Eugenio Hermoso nació en Fregenal de la Sierra el 26 de febrero de 1883, en el seno de una familia de labradores. Se formó en la Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla, becado por el Ayuntamiento y la Diputación de Badajoz. Allí tendría como maestros a Gonzalo Bilbao y José Jiménez Aranda. Una época en la que realizó numerosas copias de los grandes maestros del Museo del Prado.

        Tras recorrer países como Francia, Bélgica e Italia, ya en 1918 se instaló obligada y definitivamente en Madrid, debido a una enfermedad de su mujer que le llevaba a encontrarse internada. Logró una cátedra en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando.

         La obra de Eugenio Hermoso se caracteriza por su vibrante colorido. Se dice que nadie como él supo plasmar los colores de las puestas de sol, y por sus escenas costumbristas extremeñas, en los que dio vital importancia a la figura humana. Su obra está presente en distintos e importantes museos, entre ellos el Museo de Bellas Artes de Sevilla y el Museo de Bellas Artes de Badajoz que posee una importante muestra de ella. Murió en Madrid el 2 de febrero de 1963.

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     También tiene su calle en la capital badajocense, muestra del orgullo y reconocimiento de la ciudad a su figura y legado.

         Otra figura de relevancia nació en Badajoz el 24 de abril de 1885. Se trata de Adelardo Covarsí Yustas, que aunque en su etapa formativa estuviera en la Escuela de Bellas Artes San Fernando de Madrid, y viajara por casi toda España, Italia, Francia, Portugal, Gran Bretaña y los Países Bajos para completar su formación, su vida estuvo íntimamente unida a su Badajoz natal, en la que además de la labor docente, consiguió la dirección de la Escuela de Artes y Oficios de Badajoz y fue uno de los fundadores del Museo Provincial de Pintura.

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      Debido a la influencia de su padre, gran coleccionista de arte, se convirtió en discípulo de Felipe Checa que lo orientó hacia el realismo y le enseñó la importancia del dibujo como base de la pintura.

     Con una excelente técnica, su obra se caracteriza por un marcado carácter costumbrista, en que predominan los paisajes y los temas de ­caza -probablemente influenciado por su padre, Antonio ­Covarsí, célebre cazador y autor de varios libros de montería- alternados con el retrato.

      Murió en Badajoz, 26 de agosto de 1951, y sus restos reposan en un sencillo y elegante panteón del cementerio de la localidad, obra historicista con tintes gregolatinos y elementos decorativos neoegipcios, que fue diseñado por el marmolista local Ángel Zoido.

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      Badajoz le mantiene vivo en sus obras y en su trayecto e historia. Desde su nombramiento como Hijo Predilecto de la Ciudad en 1947, cuenta con la calle céntrica que recibe su nombre, además de encontrar un busto de piedra en un tranquilo rincón del Parque de Castelar, que fue instalado en 1952, obra de José Silva.

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      Al mismo tiempo se erige a su memoria un singular momento, obra en piedra ejecutada por Juan de Ávalos reproduciendo una de las escenas venatorias características del artista compuesta por varios personajes, que se sitúa en la cabeza del Puente de la Universidad.

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         En el período hay que resaltar igualmente a Godofredo Ortega Muñoz, nacido en San Vicente de Alcántara, provincia de Badajoz, en 1899. Estudió en Salamanca y Madrid, donde se trasladó en 1921. Se consideró a sí mismo como un pintor autodidacta y solía decir que aprendió a pintar en el Museo del Prado.

       Residió algunos años en Italia y volvió a su tierra natal después de participar en varias exposiciones internacionales. Falleció en Madrid, en 1982, pero su cuerpo descansa en el cementerio de Badajoz.

     La pintura de Godofredo Ortega Muñoz es un continua referencia al paisaje extremeño, aunque haya abordado con frecuencia el bodegón y el retrato. Como paisajista de su tierra fue único, alcanzando sus cuadros una progresiva esencialidad y un magistral despojamiento. De él se dijo que podía pintar el silencio.

       Afianzó a lo largo de su vida un estilo muy personal, austero y en línea de herencia con sus paisanos Morales y Zurbárán, que le sirvió para expresar la soledad de la tierra extremeña, a través de tonalidades apagadas sobre ocres potentes, en un contraste que le servía para imprimir violencia y espiritualidad a sus lienzos, que le han convertido en el pintor por excelencia de las tierras y de los hombres de Extremadura.

        Badajoz le recuerda permanentemente con su obra y la calle que tiene su nombre.

        De la época es también Antonio Candelas Cortés, nacido en Badajoz en 1834 y fallecido en 1904. Fue un pintor de ámbito local, y al parecer no tenía formación académica, que vino a realizar varias obras en la capital pacense aparte de los encargos institucionales que conserva el Ayuntamiento de Badajoz. Sus creaciones se atesoran a su vez en el Museo Provincial de Bellas Artes de Badajoz y en colecciones particulares. El Salón de Plenos del Ayuntamiento de Badajoz aparece decorado en sus techos con pinturas al temple de motivos alegóricos, angelotes y narraciones de la conquista americana realizadas por Antonio Candelas Cortés. Asimismo, tiene otras notables pinturas murales en la capilla del Sagrario de la Catedral de Badajoz.

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   José Caballero Villarroel, nació en Barcarrota (Badajoz) en 1842, iniciando sus estudios pictóricos en el Instituto de Badajoz para ingresar, mediante pensión, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, siendo condiscípulo de Francisco Padilla y Felipe Checa. Continuó su formación en Madrid por medio de una beca de la Diputación de Badajoz. Falleció en 1877.

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        Su obra se encuadra dentro del realismo figurativo de corte academicista decimonónico, presente en todos los géneros que trata, como bodegones, paisajes o costumbres folklóricas. Varios ejemplares de su fecunda producción se conservan en el Museo de Bellas Artes de Badajoz, y la Diputación tiene en propiedad alguna de sus obras aunque con depósito en el Ayuntamiento de la localidad badajocense.

                 Para rememorar su nombre, tiene su calle en Badajoz.

         En Segura de León (Badajoz), nació José Pérez Jiménez (1887) que se formó artísticamente en la Escuela de Artes Industriales y en la Academia de San Fernando de Madrid gracias a la ayuda económica de la Diputación de Badajoz, y completó su formación viajando por Italia, Francia y Suiza. Su producción artística se vio limitada cuando en 1914 lograra por oposición una plaza como profesor en la Escuela de Artes y Oficios de Oviedo, y en 1934 se incorpora al Instituto Alfonso II como Catedrático de Dibujo, permaneciendo en este puesto durante veintitrés años con una exitosa carrera docente. Fue Director de la Escuela de Bellas Artes de Oviedo. A pesar de dedicar gran parte de su vida a pintar, no expuso su obra ni vendió sus cuadros, por lo que resulta bastante desconocida para el público. Murió en Oviedo en 1967.

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          Entre las escasas obras públicas pueden advertirse las que se conservan en el Museo de Bellas Artes de Badajoz con dos temáticas diferenciadas. Por un lado, escenas de costumbres, con juegos y galanterías, y por otro, la conciencia social del pintor haciendo hincapié en las carencias de una región deprimida como lo era la tierra extremeña del momento.

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Badajoz le magnifica con la calle que le dedica.

          Ángel Carrasco Garrorena nace en Badajoz el 4 de febrero de 1893, en la calle Bravo Murillo, en el seno de una humilde familia trabajadora. Sus primeros estudios los cursará en el Instituto General y Técnico de Badajoz, apareciendo posteriormente matriculado en la Escuela de Artes y Oficios de la capital badajocense en la asignatura que impartía Adelardo Covarsí. Becado por la Diputación Provincial para ampliar sus estudios artísticos en la capital de España. Luego fue alumno de Joaquín Sorolla. Sus excelentes dotes como pintor le hacen merecedor de múltiples distinciones y diplomas. Sin embargo una horrible enfermedad mental le lleva a que vuelva a Extremadura para ser ingresado en el psiquiátrico de Mérida, hasta su fallecimiento cuando contaba 67  años (1960). Su última obra manifiesta la irrupción de la enfermedad que le superaba.

 

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