La España que nos ha tocado vivir

         No soy de los que utilizo este medio para relatar inmundicias que lleven al desánimo y a realzar lo que de negativo presenta la vida, entendida en su más amplia acepción de las vivencias que acaecen sin necesidad de buscarlas. Por el contrario, si en alguna ocasión saco a relucir aspectos que pudiéramos considerar negativos, siempre lo son con la pretensión de que despertemos para sobreponernos al envite y buscar soluciones, o para encontrarnos alerta de lo que puede venirnos si entornamos los ojos confiados con lo que superficialmente se divisa como pacífico.

        Si de política se trata, hace tiempo que igualmente me ruboriza ese tintineo constante al que nos vemos sometidos. La permanente traba, las zancadillas de unos y otros, el discurso fácil y agresivo, el enfrentamiento desmedido, el aliento al odio, la búsqueda de la ruptura de todo, son cuestiones que vivimos y soportamos ya, tristemente, con absoluta o aparente normalidad. Y cuando veo que en momentos de tremenda necesidad en los que debería existir unión, al menos por instinto de supervivencia colectiva o para amparar a una sociedad que precisa de protección, se fracciona aún más el panorama por quienes estando al acecho buscan conseguir la tajada de lo que pueda acontecer, pues entonces me lleva ya al colmo de la desilusión y desasosiego. A decir verdad, prefiero alejarme de todo ese mundillo pues ni unos ni otros me dan muestras de cordura suficiente como para resaltarlos con benevolencias verbales. Mejor ver y…callar, y hacer el repaso en el interior, que es donde nadie entra para escupirte.

          Ocurre que los momentos que vivimos en esta querida España no son para otra cosa que para echarse a temblar. El despropósito ha llegado a tal dimensión que lo divisado entre tinieblas asusta. Ya no se defiende la unidad de una nación, por muy encomiable que se nos presente la hazaña, sino la integridad de un pueblo que, en el colmo de la desesperación, llega a ensalzar el odio hacia todo y todos los que no sigan las posturas radicales que se mantienen. El miedo se apodera de nuestro interior y, como un presagio o presentimiento, advertimos que esto no parece llevar a buen puerto.

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          Los estadistas y analistas políticos y de lo que sea no paran de diagnosticar cómo va el episodio y cuál puede ser el final. Como brujos que visionan el futuro. O al menos creen verlo. Los más atrevidos no solo diagnostican sino que, con el alarde de asistir al espectáculo desde una cómoda posición, son determinantes en lo que debe hacerse, cómo y cuándo, porque si no…. Tan fácil como temerosos planteamientos de quienes no tienen que responder de lo que se haga. Pero los más prudentes, entre los que me pudiera encontrar, no tenemos nada claro el paso a dar. Es más, de todos los posibles no detectamos que alguno sea mejor que otro pues, como quien se somete al acertijo del revolver que dispara con la incertidumbre de que salga o no la bala, somos conscientes de que no es un buen método someterse a este juego, tan peligroso como mortal. Más bien acudimos a la divina providencia de quienes pudiendo y no haciendo lo debido, esperamos despierten para tender la mano que se precisa.

         España llora, porque lo hacemos todos. El temor y la preocupación se ha apoderado de los ciudadanos. Buscamos la paz pero no dejan alcanzarla. Queremos avanzar pero la insolidaridad es lo que encontramos en el camino. Unos buscando el cielo y otros un tren que permita acercarte a los demás. Una España con territorios y ciudadanos de primera y de tercera. No hay término medio. Sin solución de continuidad. Pesimista, puede que sí, pero creo estar cargado de razón. La que me permito extraer de la actuación de quienes asumido el poder o la representación, se atrincheran en el palco para conducirnos a la división cuando no a una pelea callejera. Mala forma de resolver los problemas. Por algo se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

         En el partido que jugamos entramos en el segundo tramo. Parece de cordura pero lo es desafiante. Como lo era desde un principio, aunque ahora ya nada será igual.

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