La actitud en el trabajo

          El ideal de cualquier persona es conseguir un trabajo que le enriquezca en todos los sentidos. Para que lo que se haga sea de total agrado y esté acorde con la formación y pretensiones que se tengan, además de suponer la plena integración en una organización donde la relación fluya con la mejor de las camaraderías posibles. Un grupo cohesionado es, sin duda, el sueño de todo empleador y de los empleados, hombres y mujeres, porque a la postre incide en el estado de ánimo que se tenga, en la tranquilidad y relajación que permita desarrollar el cometido, y en definitiva para conseguir que con estos ingredientes aumente la productividad y el cumplimiento de los objetivos propuestos.

        Pero no siempre es así. Lo idílico es frecuente que quede en mera utopía. A veces el terreno laboral resulta espinoso, porque el trabajo que desarrollas no cubra las expectativas puestas en ello, incluso estando con los colegas apropiados, o porque estos sean al final los que traban la felicidad completa. Tampoco es infrecuente que la comodidad laboral se convierta en un reparo para avanzar y progresar, por aquello de que los posibles cambios que genere la estructura y organización exija esfuerzos complementarios que no siempre se está dispuesto a hacerlos, o se sienta pavor de verse implicado en este bullicio innovador.

       Sea como fuere, hay que sopesar en las consecuencias negativas que todo esto pueda producir, para combatir o intentar limar las asperezas de una infelicidad que únicamente puede producir efectos negativos. El rendimiento baja debido a la incidencia que tiene sobre la salud del trabajador, que se ve afectada seriamente produciendo consecuencias no deseadas, que de no intentarse atajar a tiempo pueden llegar a que, finalmente, el empleado odie el trabajo.

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       Las organizaciones deben meditar sobre ello para implantar medidas preventivas. Las encuestas de satisfacción laboral y los estudios de riesgos psicosociales constituyen medidas para detectar lo que venimos diciendo, aunque no son las únicas pues, por citar un ejemplo, una labor de liderazgo apropiada es a veces un arma fundamental para corregir situaciones conflictivas.

       Existen claros síntomas personales que encienden las luces rojas para tomar medidas. La situación de estrés es una alarma fidedigna cuando se produce en niveles superiores a los que se precisa para movernos con inquietud y deseo de superación, por el efecto negativo que produce sobre el sistema inmunológico. El cuerpo libera adrenalina para superarlo y se tensiona hasta el extremo de que bien parece que hayas corrido un maratón, en esa jornada laboral agotadora y que parece interminable. Qué decir de esas jaquecas y dolores crónicos que igualmente te llevan a la desesperación.

       Pero también ocurre que una constante preocupación por las tareas a realizar. o por el nivel de compañerismo que se tiene, lleva a problemas para conciliar el sueño, e incluso al insomnio, lo cual acarrea otros problemas añadidos para la salud.

        Con estas sensaciones, lo apropiado es tomar medidas al respecto. Si es preciso, con la conveniente ayuda de profesionales. Pero dejar transcurrir el tiempo es, simplemente, llevarte al filo del abismo, por no llegar a entrar en más detalles sobre la profundidad que esconde. Los prevencionistas en riesgos laborales dicen que ningún trabajo debería costar la salud.

        En el otro extremo de incidencias en el clima laboral lo constituye esa resistencia que se hace para afrontar un cambio laboral, cualquiera que sea la identidad y alcance que suponga, pues para algunas personas conlleva un exacerbado sufrimiento, capaz de producirles secuelas de tristeza y frustración que igualmente repercute en el estado de salud.

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        Leía hace poco el comentario que hacía un empresario sobre el hecho de cómo algunos de los empleados que tenía a su cargo despilfarran tanta energía emocional para seguir aferrándose a los viejos hábitos y convicciones que no les quedaban fuerzas para afrontar los cambios necesarios que debían acometerse. Una actitud negativa que nublaba la capacidad que tenían para tomar decisiones con notable incidencia negativa hacia los compañeros de trabajo, y respecto a su propia progresión de éxito para el futuro.

       ¿Por qué fluye esta actitud negativa? En principio por una causa común, cual es el miedo al cambio. Una vez acomodados en la rutina, deshacerla y progresar para adaptarse a los nuevos tiempos y métodos cuesta lo suyo. Un proceso de mentalización que debe ir en la dirección de romper los temores que genera lo desconocido, a perder el control que se pueda tener y la zona de seguridad en la que se está inmerso, a fallar y generar con ello amenazas profesionales. En definitiva, el miedo y el temor confluyen.

      Es aquí donde quien encabece la organización debe afrontar el importante reto de caminar al lado de los temerosos. Ayudar a su progresión y a facilitarle la adaptación.

       Pues a la postre, desde esa radical actitud de inicio con el miedo y dudas metidas en el cuerpo, pasando por la incomodidad que vaya generando el tránsito, con el refuerzo necesario para superar los momentos de abatimiento, el líder ha de conseguir que lo negativo transmute para que se empiece a ver la luz del final del túnel, de modo que el trabajador se percate de que el cambio puede ofrecer ventajas o circunstancias favorables, y con ello el estado de ánimo se reaviva positivamente, implicándose en lo que al final favorecerá su actividad. Llega así la integración, e incluso puede suponer que se involucre en afianzar la confianza de los que vengan por detrás en las etapas iniciales que ellos ya han superado.

         Naturalmente que todo lleva su tiempo, dependiendo muchas veces del propio sujeto y cómo tenga forjada su propia personalidad. Claro que potenciar los estados emocionales de los empleados es también un elemento a cubrir por esos dirigentes que quieran generar un clima laboral apropiado, convirtiendo a los trabajadores en sujetos dispuestos a afrontar los cambios con la seguridad que les aporte, sin quejas ni temores. Recibir la opinión previa a los cambios contribuye igualmente a favorecer la implantación, sobre todo por el hecho de que atender sugerencias servirá para mejorar la relación y la confianza mutua.

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        Pero no olvidemos que para lograr un ambiente laboral ideal, con la motivación de los trabajadores, hay que convenir medidas que, por un lado, no propicien competencias innecesarias que al final lo único que generan son enfrentamientos; tampoco que se favorezca el aislamiento entre los compañeros de trabajo, porque un clima organizacional respetuoso hacia los seres humanos es clave para infundir confianza al colectivo.

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