Decidir sobre lo decidido

          En la vida nos encontramos con situaciones que si de por sí son complicadas, mayor es la decisión que debe tomarse para su resolución o para intentar seguir las pautas de conducta apropiadas para ello. Situaciones relevantes que no son de las que constituyen meros trámites cotidianos, que de errar en la posición adoptada no alcanzarían un grado de relevancia mayor que el de lamentarse por el tropiezo pero que, en cuanto a sus efectos, se esfumarían por el mero tránsito de pasar a otra cuestión. Mi referencia lo es a esos actos que podamos realizar y que suponen una decisión que adquiere tintes de relevancia, tanta como para que según sea el camino que se siga así sean las consecuencias y desatinos que pueden producir en ti mismo y en la extensión que produzca a otras personas. El poder de la decisión puede tener efectos devastadores pero que, a veces, te ves envuelto en la vorágine que exige la firmeza de un posicionamiento porque la balanza no admite un tercer contrapeso.

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        No descubro nada nuevo diciendo que la convivencia entre las personas no resulta tan fácil como presuponemos. Conocernos y mantener viva la llama resulta difícil porque a veces nos olvidamos de insistir y  hacer todo lo posible en el día a día para que no se apague. También cuando creemos que el camino del medio es el más apropiado y no nos importa seguirlo con todos los inconvenientes y consecuencias que pueda acarrear. Al final, se encuentran en juego tu propia autoestima, tus principios y valores, y los de otras personas que pueden sufrir efectos de una crueldad manifiesta por nuestra insistente postura poco meditada, sin contar con el suficiente énfasis de sopesar lo que hacemos de forma contumaz, o porque nos creamos quijotes que campeamos por el mundo creyendo que lo artificioso es lo que abunda pero que, cuando paras y meditas comprendes lo equivocado que puedes estar y el daño que puedes estar infiriendo. La oscuridad inunda nuestra mente y nos creemos poseedores de toda la verdad y certeza, sin darnos tan siquiera cuenta de lo que acarrea y lo irreversible que puede resultar tu conducta.

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        Cuando algo de cordura pase por tus adentros, por tu propia meditación o por recibir ayuda externa de quienes puedan querer lo mejor para ti -sean amistades de las que se cuentan con los dedos de una mano o por el concurso de profesionales que no deben dejarse atrás para que te hagan ver el recorrido que haces-, podrás advertir que llegas a un punto donde la resolución no pasa por seguir equivocándote y equivocando a los demás. Es el momento de parar y centrarse en la necesaria soledad que inspire el paso que deba darse. La soledad te beneficia y aunque de por sí puede resultar poco deseable por lo difícil que es mantenerla cuando más se precisa tener gente a tu alrededor, y puede perjudicar seriamente a quienes no desean apartarse de tu camino, resulta a todas luces necesaria para aclarar la mente e intentar volver a ser tú mismo. Para que ese desorden en el que te puedas encontrar por posiciones adoptadas previamente se puedan corregir y te dejes de balancear en el laberinto en el que estás metido. Mejor sentar bases que permitan reconducir la situación y el equilibrio, que proseguir por el tortuoso camino que te lleve al fondo del pozo. Porque si llegas ahí, te va a resultar muy difícil proseguir.

        Lo cierto es que, aun cuando otros no puedan entender tu decisión, incluso puedan sufrir consecuencias no deseadas por ello, conforma la postura más adecuada para no ser un monigote en manos de la suerte que ofrezca la vida. Porque eso que se llama suerte, en su doble cara de mala o buena, a veces no es fruto de la fortuna casual, sino de la consecuencia a la que te lleven los pasos que hayas dado previamente. Tan sencillo como difícil resulta para aclarar las ideas.

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         Convendría, en todo caso, que las personas nos moviéramos en el deseo de favorecer esta resolución en aquellas mentes que veamos flojear, ayudando en la medida de las posibilidades que se tengan para abrir esta brecha hacia la salubridad mental, y no aprovechar el momento para atacar y tratar de hundir a los que se encuentren inmersos en estos procesos. La comprensión humana es aquí donde adquiere tintes de relevancia y descubre al  tipo de personas con las que nos juntamos o relacionamos, para aferrarse a ellas en el camino que se siga, o para detectar a aquellas otras que, por su cruel actitud o simplemente porque no concilian con nuestra paz interior, deben alejarse de inmediato de nuestra cercanía.

        Dolor tras dolor pero no hay herida que sane sin pasar por este proceso. Al final, lo que importa es cómo quedan restablecidos los heridos evitando males mayores. Si complicado fue decidir, mayor exigencia y meditación tiene decidir acerca de lo decidido previamente.

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