Inmerso en el grupo de treinta y un peregrinos del Club del Caminante de Badajoz, afronto mi cuarto recorrido por los senderos jacobeos de Galicia, con la misma meta que ha guiado durante siglos a millones de caminantes: alcanzar la ciudad de Santiago de Compostela, donde se conservan las reliquias del apóstol Santiago.
La emoción irrepetible de mi primer Camino pertenece ya al recuerdo. Sin embargo, no ha desaparecido ese nerviosismo sereno que precede a cada partida. La experiencia me ha enseñado que ninguna peregrinación es igual a otra, aunque las flechas amarillas sigan indicando la misma dirección. Cada Camino ofrece paisajes distintos, rostros nuevos y, sobre todo, una forma diferente de mirar y de mirarse.
En los años anteriores había recorrido otros itinerarios jacobeos. Había conocido la dureza de las largas etapas, compartido el trayecto con otros peregrinos de muy diversas procedencias, contemplado amaneceres inolvidables y comprendido que el verdadero Camino no concluye al llegar a Compostela. La peregrinación continúa mucho después, cuando regresamos a nuestra vida cotidiana llevando con nosotros cuanto hemos aprendido durante la marcha.
En esta ocasión, sin embargo, me atraía especialmente el Camino Inglés programado en sus rutas anuales por el Club del Caminante de Badajoz. Una ruta utilizada durante siglos por los peregrinos que arribaban por mar desde Inglaterra, Escocia, Irlanda y otros países del norte de Europa. Su historia, su proximidad al Atlántico y el carácter apacible de sus paisajes despertaban en mí una curiosidad especial.
Tras recorrer los casi ochocientos kilómetros que separan Badajoz del punto de partida de nuestra peregrinación, y guiados con la habitual profesionalidad de Ismael, veterano conductor de la empresa Luengo, alcanzamos la ciudad de Ferrol cuando la tarde comenzaba a declinar.
Ferrol nos recibió con el aire salino de su ría, el suave balanceo de las embarcaciones y esa luz atlántica que parece envolverlo todo con una serenidad especial. Antes de dar comienzo a la aventura del día siguiente y con la siempre grata compañía de Patro, Antonio (dos), Jesús, Ángel y Paco, dimos un tranquilo paseo por el puerto y por algunas de sus calles, tomando el primer contacto con una ciudad desconocida para mí, pero que desde los primeros instantes transmitía la sensación de custodiar una larga historia ligada al mar y a los peregrinos que, siglos atrás, iniciaban allí el último tramo de su viaje hacia Compostela. Dejando atrás los calores propios de una Extremadura que no se cansa de marcar el rojo oscuro de un mapa de climatología extrema, llegamos aquí alcanzando unos 30º, cosa que para nosotros parece una normalidad pero que para los lugareños supone estar con altas temperaturas.

La programación diseñada por el Club adaptaba el trazado oficial del Camino Inglés a las características del grupo. El itinerario, que habitualmente se completa en seis etapas, se había dividido en siete para acomodarlo mejor a las condiciones físicas de todos los participantes. Pequeños recortes en algunos tramos contribuían igualmente a suavizar el recorrido, evitando ciertos puntos de mayor exigencia. Así lo explicaron los guías del Club, Pedro y Loredano. En cualquier caso, el itinerario respetaba la distancia mínima de cien kilómetros exigida para obtener la Compostela, ese certificado que expide el Centro Internacional de Acogida al Peregrino a quienes culminan el Camino cumpliendo los requisitos establecidos.
El 3 de julio de 2026 comenzó nuestra primera etapa, entre Ferrol y Neda. Nos aguardaban 15,5 kilómetros de dificultad baja, sobre un terreno predominantemente llano, una excelente toma de contacto antes de afrontar jornadas de mayor entidad.

Tras el desayuno llegaba uno de esos pequeños rituales que todo peregrino termina convirtiendo en costumbre: revisar la mochila y comprobar los bastones. Conviene sopesar con cuidado cada objeto, porque todo lo que se introduce habrá que cargarlo durante horas y, con frecuencia, muchas de esas cosas jamás llegarán a utilizarse. Quienes ya habíamos recorrido otros caminos habíamos aprendido una enseñanza todavía más valiosa: el peso más difícil de transportar rara vez viaja dentro de la mochila.
Existe además una ley no escrita del peregrino: aquello que uno decide dejar en el alojamiento será precisamente lo que echará en falta durante la etapa, mientras que el objeto transportado con mayor sacrificio regresará a casa sin haber abandonado jamás el fondo de la mochila. El Camino tiene un extraño sentido del humor.
La marcha comenzó a primera hora de la mañana en el puerto de Curuxeiras, cuando Ferrol apenas desperezaba sus calles. Allí se encuentra el emblemático mojón que marca el inicio del Camino Inglés, junto a la oficina de turismo, primer lugar donde puede sellarse la credencial del peregrino, ese pequeño cuaderno que funciona como un auténtico pasaporte jacobeo. Su origen se remonta a la Edad Media, cuando servía como salvoconducto para quienes emprendían la peregrinación hasta Compostela. Hoy continúa siendo un símbolo imprescindible del Camino y debe sellarse, al menos dos veces al día, durante los últimos cien kilómetros recorridos a pie para poder obtener la Compostela.




Desde ese punto nos internamos en la ciudad siguiendo las inconfundibles flechas amarillas. Atravesamos los barrios de Ferrol Vello y A Magdalena, caminando junto al largo muro que protege las instalaciones militares y el astillero de Navantia. Más adelante alcanzamos el barrio de Caranza y, al llegar al Auditorio, descendimos por un sendero que nos condujo nuevamente hasta la ría. A partir de allí el mar se convirtió en compañero inseparable de la jornada. Solo un breve tramo, ya en el límite entre los municipios de Ferrol y Narón, nos obligó a alejarnos momentáneamente de la costa.
Los primeros kilómetros sirvieron para acompasar la respiración y despertar una memoria que el cuerpo conserva con sorprendente fidelidad: caminar durante horas sin otra obligación que seguir la dirección indicada por una sencilla flecha amarilla. Poco a poco desaparecieron las preocupaciones cotidianas y el paso encontró su cadencia natural, esa que únicamente conoce quien ha aprendido a caminar sin mirar constantemente el reloj.
Como sucede en casi todos los grupos de peregrinos, pronto comenzaron a hacerse evidentes las diferencias de ritmo. Cada caminante posee su propia pisada y su particular manera de entender el Camino. Algunos parecían llevar incorporada la marcha más larga desde el primer instante; otros preferían un paso sereno, consciente de que el objetivo no era llegar antes, sino llegar bien. Aunque siempre había quien padecía lo suyo por seguir adelante o simplemente pugnaban por mantener una solitaria y romántica escena en la soledad trasera.
Patro, Antonio y Carlos marcaron desde el comienzo un ritmo exigente y enseguida dejaron de verse entre el resto del grupo. Detrás de ellos caminaban Sofi, Carmen y algún otro compañero dispuesto a mantener aquella velocidad. Jesús y Antonio, con edades un poco más avanzadas, seguían su propia estela conservando siempre el rigor de la continuidad. En la parte posterior también comenzaron a abrirse huecos inevitables, muchos de ellos por esos naturalistas que se detenían a fotografiar cualquier cosa que apareciera a la vista y mereciera completarse con su imagen. Para los guías nunca resulta sencillo gestionar estas diferencias, aunque la experiencia termina enseñando que la mejor solución consiste en dejar caminar a cada cual según sus posibilidades, procurando únicamente mantener el control visual sobre quienes cierran la marcha. Pretender otra cosa en un grupo tan heterogéneo, formado por personas de edades, preparación física y circunstancias muy diversas, sería poco menos que una quimera.
En mis primeros caminos parecía existir una competición silenciosa conmigo mismo. Mi propósito consistía en alcanzar cuanto antes el final de cada etapa, como si la llegada fuese más importante que el propio trayecto. Ahora, sin embargo, había renunciado definitivamente a esa forma de entender la peregrinación.
Con los años he descubierto que la edad concede un privilegio extraordinario: sustituir la prisa por la contemplación. Ya no necesitaba demostrar nada, ni siquiera a mí mismo. Caminaba para observar, para pensar y, sobre todo, para escuchar ese silencio interior que con tanta frecuencia queda sepultado bajo el ruido de la vida cotidiana. Durante casi todas las etapas preferí avanzar solo, inmerso en mis pensamientos, incorporándome al grupo únicamente en las paradas o en los lugares de descanso. No tardé en comprobar que no era el único que buscaba esos espacios de intimidad donde el Camino deja de ser un simple recorrido geográfico para convertirse en un viaje hacia uno mismo.
No faltó tampoco, en esta primera jornada ni en las siguientes, la incansable actividad fotográfica de Paco, directivo del Club. Con paciencia y buen ojo iba capturando cuanto consideraba digno de conservar: un paisaje, una conversación, un detalle arquitectónico, un instante compartido o una simple sonrisa. No es una tarea tan sencilla como pudiera parecer. Fotografiar mientras se camina exige detener la mirada allí donde los demás apenas conceden un segundo. Gracias a esa silenciosa labor, muchos de aquellos momentos efímeros permanecerán vivos cuando el recuerdo empiece, inevitablemente, a difuminar sus contornos. Le agradezco que me permita incorporar a este relato algunas de sus instantáneas.
Si algún arqueólogo del futuro quisiera reconstruir nuestra expedición, probablemente dispondría de más documentación que la existente sobre algunas campañas de Julio César. La cámara de Paco parecía poseer el raro don de descubrir escenas que el resto apenas alcanzábamos a intuir. Y algún que otro u otra peregrina del grupo debe conservar un arsenal fotográfico que ya quisieran para sí famosos de las portadas de revistas.
Entramos en Narón por un polígono industrial embellecido por un sendero: el paseo marítimo de A Gándara que sigue pegado a la ensenada del mismo nombre. En muy ligero ascenso y aunque no figura en el trazado del Camino Inglés, se alcanza como hito destacado, dando un pequeño desvío, el Monasterio de San Martiño de Xubia (también conocido como San Martín de Jubia o Mosteiro do Couto), uno de los monasterios medievales más antiguos y relevantes de Galicia, que se fundara como monasterio benedictino a mediados del siglo IX y en la actualidad cuenta con la iglesia de base románica y las dependencias anexas a modo de rectoral reformuladas en diferentes épocas.

Seguimos por la avenida do Mar, que discurre paralela a la ría, y tomamos dirección Neda, a cuya población se llega cruzando el puente del río Xubia.
La etapa ha tenido sus connotaciones negativas por algún que otro accidente sin mayores consecuencias, eso sí dejando las huellas en esos inoportunos dolores que recuerdan lo sucedido.

La segunda etapa tuvo lugar el 4 de julio y unió Neda con Pontedeume a lo largo de dieciséis kilómetros, con una dificultad baja, aunque el trazado presentaba un perfil más sinuoso que el de la jornada anterior.
Dejamos atrás el ambiente fluvial de Neda para adentrarnos en el concello de Fene. Durante varios kilómetros avanzamos por caminos secundarios paralelos a la carretera N-651 hasta descender hacia el concello de Cabanas, situado en la desembocadura del río Eume, ya muy cerca de la ría de Ares. Fue una jornada cómoda en términos generales, aunque más variada que la precedente: pequeños desniveles, sucesión de aldeas, magníficas panorámicas sobre la ría y una llegada especialmente hermosa a Pontedeume.




El acceso por el histórico puente de piedra sobre el Eume supone un auténtico cambio de escenario. El peregrino abandona el paisaje disperso del medio rural para penetrar en una villa que conserva intacto su carácter medieval y marinero.

La tercera etapa discurría el día 5 de julio entre Buiña y Betanzos, con un recorrido de 17,9 kilómetros y una dificultad media. La organización decidió suprimir el primer tramo, el más exigente del itinerario oficial, que asciende por la ladera del monte Breamo entre Pontedeume y Buiña. Apenas tres kilómetros, pero de fuerte pendiente, cuya eliminación permitió afrontar el resto de la jornada con un esfuerzo mucho más equilibrado.

Tras caminar por tranquilas carreteras interiores, entre bellos paisajes y ya dentro del concello de Miño, el Camino Inglés continúa por corredoiras y senderos de tierra que atraviesan los terrenos próximos a un campo de golf e incluso una parte del propio recorrido discurre junto a él, entre robles y castaños centenarios que confieren al lugar una belleza singular.





Más adelante descendemos hasta Ponte Baxoi, uno de los siete puentes que mandó construir en el siglo XIV Fernán Pérez de Andrade (uno de los grandes señores feudales de la Galicia bajomedieval que dejó un importante legado arquitectónico y religioso). Desde allí el camino nos conduce suavemente hacia el núcleo urbano de Miño.

Abandonada la población, un magnífico mirador permite contemplar la ría de Betanzos. Poco después alcanzamos la desembocadura del río Lambre, junto a la playa de A Alameda, donde se levanta el conocido Ponte do Porco.
Desde este punto comienza una larga ascensión entre pinares, robledales, castaños y algún eucalipto aislado. El esfuerzo encuentra pronto recompensa cuando, desde lo alto, aparece por primera vez la silueta de Betanzos. El posterior descenso hasta el río Mandeo nos conduce a la ciudad, uno de los conjuntos monumentales más notables de Galicia. Allí almorzamos y establecimos el alojamiento de la jornada.
Si hubiera que resumir esta etapa en una sola palabra, probablemente sería «quebrada». Las continuas subidas y bajadas castigaron las piernas y el calor terminó por hacer el resto. La mañana había comenzado con una agradable temperatura cercana a los veinte grados, pero el mercurio alcanzó los treinta y seis en los últimos kilómetros, convirtiendo el final del recorrido en una verdadera prueba de resistencia que pasó factura a muchos de nosotros.
Mi compañero Ángel se reía de mí cuando haciendo este recorrido final profundamente fatigado le llegué a decir que me entraban ganas de dejarme caer en la cuneta y que vinieran a recogerme.
Las etapas cuarta y quinta corresponden, en realidad, a una sola jornada del trazado oficial. La organización decidió dividirla en dos para facilitar el avance del grupo.

La cuarta etapa, realizada el 6 de julio, unió Betanzos con Santa Eulalia de Leiro, a lo largo de 14,4 kilómetros y con dificultad baja. Tras cruzar el puente de As Cascas, el Camino afronta un ascenso de unos ochocientos metros. Superada la autovía, el terreno se suaviza y continúa entre pistas flanqueadas por bosques de pinos, robles y eucaliptos que acompañan al peregrino durante toda la jornada.
El recorrido prosigue por caminos forestales hasta alcanzar Presedo, cuando ya se han recorrido unos doce kilómetros. Desde allí el itinerario continúa en un ascenso progresivo, alternando pequeñas zonas llanas que permiten recuperar el aliento antes de llegar finalmente a Santa Eulalia de Leiro, que es una parroquia y una localidad del municipio de Abegondo, en la provincia de La Coruña.






La quinta etapa, del 7 de julio, enlazó Santa Eulalia de Leiro con Hospital de Bruma, a lo largo de 13,9 kilómetros. Sobre el papel era una de las jornadas más exigentes del Camino y precisamente por ello había sido dividida. Sin embargo, la reciente mejora del trazado había suavizado considerablemente las pendientes, de modo que la dificultad resultó mucho menor de la esperada. Lo que parecía una caminata de cuatro horas quedó resuelto antes de las once y media de la mañana. Hubo tiempo sobrado para descansar antes del almuerzo y disfrutar, cómo no, de una bien merecida Estrella Galicia que ayudó a combatir el calor.




Hospital de Bruma conserva un encanto especial. Su nombre recuerda al antiguo hospital de peregrinos que durante siglos ofreció refugio a quienes caminaban hacia Compostela. La tradición sostiene que allí pernoctaron Carlos I de España, camino de Alemania para ser coronado emperador como Carlos V, y años más tarde su hijo Felipe II, cuando se dirigía a Inglaterra para contraer matrimonio con María Tudor. Sea o no completamente cierta la tradición, el lugar invita a detenerse y comprender la importancia que tuvo este enclave en la historia de las peregrinaciones.

La sexta etapa, del 8 de julio, volvió a ser acortada respecto al trazado oficial. En lugar de iniciarse en Bruma, comenzó en A Rúa y concluyó en Sigüeiro tras recorrer 17,7 kilómetros, todos ellos de dificultad baja.
Probablemente fue la jornada más hermosa de todo el Camino. Gran parte del recorrido transcurre bajo un espeso bosque que envuelve al peregrino en una sucesión de robles, laureles, castaños y pinos. En algunos momentos el sendero forma un auténtico túnel vegetal donde resulta fácil imaginar el paso ininterrumpido de generaciones de peregrinos durante siglos.



El camino conduce hasta A Calle, donde, además de un hermoso cruceiro, se conserva —aunque yo fui incapaz de encontrarla— una inscripción que recuerda el paso de Felipe II en 1554. Poco después alcanzamos el puente de Pereira y, más adelante, el bosque de As Carrás, uno de los tramos medievales mejor conservados del Camino Inglés. Allí reaparece la tradicional corredoira gallega, encajada entre altos muros de piedra y prácticamente inalterada desde hace siglos.
A partir del límite entre los concellos de Oza-Cesuras y Oroso el terreno se vuelve completamente llano. El Camino avanza paralelo a la autopista, aunque sin perder nunca su trazado histórico. Afortunadamente la jornada amaneció con el cielo cubierto y la temperatura apenas alcanzó los veintiséis grados, circunstancia que hizo mucho más llevadero el largo recorrido. Tras atravesar un polígono industrial entramos en Sigüeiro junto al Rego Carboeiro, que cruzamos por el medieval Ponte Ulloa antes de recorrer el agradable Parque do Carboeiro. Allí nos esperaba una agradable comida que ayudó a restablecer energías.

La última etapa comenzó en Morantes y concluyó en Santiago de Compostela, con un recorrido de 12,3 kilómetros. También en esta ocasión la organización decidió eliminar el tramo inicial entre Sigüeiro y Morantes, algo más de tres kilómetros, manteniendo una jornada de dificultad baja.
El itinerario serpentea entre los últimos bosques gallegos antes de transformarse paulatinamente en un paisaje suburbano. Los senderos rurales dejan paso a calles asfaltadas y barrios cada vez más poblados, anunciando la cercanía del destino.





Una escultura de un peregrino con los brazos abiertos (que me sirve de portada a este relato), situada junto a la calle Pastoriza, señala el camino hacia el centro histórico. Poco después cruzamos la Porta da Pena, antigua entrada de la muralla compostelana. Dejamos atrás la imponente fachada del monasterio de San Martín Pinario y avanzamos por la calle Azabachería hasta desembocar en la plaza del mismo nombre. Finalmente, atravesando el arco del Palacio Arzobispal, apareció ante nosotros la esperada Plaza del Obradoiro.
Es difícil describir lo que se siente en ese instante. El murmullo de los recién llegados, los abrazos compartidos, las lágrimas discretas y la alegría contenida terminan por fundirse en una emoción común. Durante unos minutos nadie piensa en los kilómetros recorridos, en las ampollas o en el cansancio acumulado. Solo existe la satisfacción serena de haber llegado. La fotografía de grupo inmortalizó aquel momento, pero el verdadero recuerdo quedó grabado en un lugar mucho más resistente que cualquier imagen: la memoria de quienes habíamos compartido el Camino.

Este ha sido mi cuarto camino y, sin embargo, tenía la sensación de haber descubierto aspectos que habían permanecido ocultos en los tres anteriores. Quizá porque los caminos cambian con nosotros. O quizá porque somos nosotros quienes cambiamos mientras caminamos.
Al entrar en la plaza del Obradoiro comprendí que ningún peregrino llega siendo exactamente la misma persona que salió de Ferrol unos días antes. Los kilómetros no solo desgastan las suelas de las botas; también liman las asperezas del carácter, ordenan los pensamientos y devuelven al corazón un ritmo que la vida cotidiana suele arrebatarnos.
Pensé entonces en cuántas cargas inútiles llevamos por dentro: resentimientos, desencuentros, orgullos o palabras que nunca debieron pronunciarse. El Camino enseña, sin necesidad de discursos, que avanzar resulta mucho más fácil cuando uno aprende a desprenderse de ese equipaje invisible.

Acudieron entonces a mi memoria unas palabras del papa Francisco que siempre me han parecido de una extraordinaria hondura: «Dios perdona y olvida». Si el perdón de Dios alcanza esa plenitud, quizá también nosotros deberíamos esforzarnos por dejar atrás las heridas que únicamente prolongan el peso del pasado. No siempre será posible olvidar, pero sí elegir no vivir encadenados al rencor. Tal vez esa sea una de las enseñanzas más valiosas que ofrece el Camino.

Abandoné la plaza del Obradoiro junto a mis compañeros de peregrinación, caminando despacio y sin volver la vista atrás. Sabía que no estaba cerrando una etapa, sino alimentando el deseo de regresar algún día. Porque quien ha recorrido el Camino más de una vez termina descubriendo un secreto que no aparece en ninguna guía: nunca somos nosotros quienes decidimos volver; es el propio Camino quien, tarde o temprano, acaba llamándonos de nuevo.
Tampoco podía concluir esta peregrinación sin vivir plenamente su dimensión espiritual. Descendí a la cripta para orar ante la sepultura del apóstol Santiago, cumplí con la tradición del abrazo a su imagen y participé en la Santa Misa del Peregrino, culminando así un itinerario que había sido mucho más que un simple recorrido a pie. Por medio apareció el necesario almuerzo, en este caso especial para deleitar esos manjares que ofrece Galicia.

La celebración nos deparó además un momento inolvidable. Gracias a la generosidad de unos donantes ingleses pudimos contemplar el solemne vuelo del botafumeiro por las naves de la catedral. Aquel gigantesco incensario, de cerca de metro y medio de altura, más de sesenta kilos de peso y revestido de plata, fue impulsado por los ocho tiraboleiros hasta describir un impresionante arco sobre las cabezas de los fieles. Más allá de la espectacularidad del movimiento, aquel incienso suspendido en el aire parecía simbolizar las oraciones, las esperanzas y las gratitudes de tantos peregrinos que, desde hace siglos, llegan a Compostela buscando algo que, en muchas ocasiones, ni ellos mismos sabrían definir.