Escocia: un viaje por la historia, los paisajes y las leyendas

Durante ocho días del mes de julio de 2026, de la mano de los ya tradicionales Viajes del Cura, referidos al padre Felipe Manuel Gallego, un sacerdote amable y cariñoso que irradia ese don que tienen algunas personas para hacerse querer, y perfectamente conducidos por Juan Luis Bauer, responsable de la agencia de viajes que lleva su nombre, un grupo en torno a las cuarenta personas fuimos recorriendo una tierra, Escocia, donde la historia parece haber decidido instalarse para siempre. Fueron unos días de convivencia, descubrimientos y paisajes inolvidables, recorriendo una tierra donde la naturaleza, la historia y las leyendas parecen caminar siempre de la mano.

Para descubrir Escocia tuvimos además la fortuna de contar con un guía excepcional: Fran, sevillano de nacimiento, pero escocés por elección y por entusiasmo. Cada una de sus intervenciones era mucho más que una explicación turística. Compartía con pasión un conocimiento profundo de la historia, la cultura y las tradiciones de aquella tierra, salpicando sus relatos con anécdotas, curiosidades y ese sentido del humor tan suyo que convertía cualquier trayecto en un auténtico espectáculo. Cercano, ingenioso y siempre dispuesto a arrancar una sonrisa, logró que las horas de viaje transcurrieran casi sin sentirlas. Al terminar el recorrido, todos tuvimos la impresión de que Escocia no solo la habíamos visitado: también la habíamos comprendido un poco mejor gracias a sus palabras.

Nada nuevo se dice si antes de despegar era concebida la idea de que se llegaría a un lugar donde la lluvia tiene domicilio fijo. Las predicciones eras variopintas, aunque variaba el grado de entusiasmo con que haría acto de presencia este bien natural tan preciado. Afortunadamente, solo pudo verse de vez en cuando una fina llovizna que aparecía con la misma naturalidad con la que en Extremadura se pasea bajo un sol de justicia. Un solo día arreció lo suyo pero ya fue cuando se daba por concluida la jornada y la visión lo era a través de los cristales del autobús.

Una parada especial a la entrada y durante otros días fue Edimburgo, una ciudad elegante y llena de historia. Paseamos por la Royal Mile, contemplamos su impresionante castillo dominando la ciudad desde lo alto de la colina y recorrimos sus calles de piedra, donde cada rincón parece conservar el recuerdo de siglos pasados. La mezcla entre la ciudad medieval y la moderna convierte a Edimburgo en una de las capitales más bellas de Europa.

El recorrido continuó hacia The Hermitage, un hermoso bosque donde el rumor del río, los grandes árboles y las cascadas invitan a caminar sin prisas. Muy cerca visitamos Pitlochry, un encantador pueblo victoriano de calles cuidadas, jardines floridos y un ambiente tranquilo que transmite el encanto de la Escocia más tradicional.

La ruta nos llevó después hasta Inverness, considerada la capital de las Highlands o Tierras Altas. Desde allí nos dirigimos al famoso Lago Ness, uno de los lugares más conocidos del país. Navegar por sus oscuras aguas y contemplar las ruinas del castillo de Urquhart, levantadas junto al lago, fue una de las experiencias más esperadas del viaje. Aunque el legendario Nessie no quiso mostrarse, el paisaje compensó con creces su ausencia.

Otro de los momentos más emotivos fue el paso por Glencoe, conocido también como el Valle de las Lágrimas. La belleza de sus montañas contrasta con la trágica historia de la matanza del clan MacDonald ocurrida en el siglo XVII. Es uno de esos lugares donde el paisaje invita al silencio y al recuerdo.

También visitamos St Andrews, famosa por su prestigiosa universidad, considerada la más antigua de Escocia, por las impresionantes ruinas de su catedral y por ser la cuna del golf moderno. Historia, cultura y tradición conviven allí de forma admirable. Por sus playas se rodaron esas magníficas escenas de la película Carros de Fuego. En sus calles medievales se enamoraron los Príncipes de Gales.

El viaje incluyó igualmente la visita a una tradicional destilería de whisky, donde pudimos conocer el proceso de elaboración de la bebida más representativa del país y comprender la importancia que esta industria tiene para la economía y la cultura escocesas.

En la destilería comprendimos que elaborar un buen whisky exige años de paciencia. Se deducía inmediatamente después de las explicaciones que la mejor forma de homenajear aquella tradición escocesa consistía en realizar una cata. La cultura, cuando entra por el paladar, siempre encuentra una acogida extraordinaria.

En Glasgow, la gran capital económica y cultural de Escocia, descubrimos una ciudad vibrante, acogedora y llena de vida, donde el legado industrial se funde con una extraordinaria riqueza artística, arquitectónica y musical. Muy diferente del carácter más histórico y monumental de Edimburgo.

Nuestra ruta continuó por Stirling, cuyo castillo recuerda algunos de los episodios más importantes de la historia de Escocia y las gestas de personajes como William Wallace y Robert the Bruce en la lucha por la independencia del país.

No faltó al final de este viaje la visita a la Capilla de Rosslyn que constituyó, sin duda, uno de los momentos más sugerentes del viaje. Levantada a mediados del siglo XV por William Sinclair, esta pequeña iglesia sorprende por la extraordinaria riqueza de su decoración, hasta el punto de que apenas queda un centímetro de piedra sin esculpir. Columnas, bóvedas, capiteles y arcos aparecen cubiertos por un asombroso repertorio de figuras bíblicas, ángeles, santos, plantas, animales y misteriosos símbolos que han alimentado durante siglos innumerables interpretaciones. La célebre Columna del Aprendiz, envuelta en una antigua leyenda sobre la envidia y el talento, constituye una de las joyas del templo. A la belleza artística se une el halo de misterio que rodea a Rosslyn, acrecentado en las últimas décadas por su relación con las tradiciones templarias y con la popular novela El código Da Vinci, aunque muchas de esas teorías carezcan de fundamento histórico. Más allá de las leyendas, la capilla cautiva por la armonía de su arquitectura, la delicadeza de sus tallas y el ambiente de recogimiento que invita al visitante a contemplar con calma una de las obras maestras del gótico tardío escocés.

Antes de finalizar el recorrido contemplamos The Kelpies, las espectaculares esculturas de caballos de acero de treinta metros de altura que parecen vigilar el paisaje escocés con una mezcla de fuerza y serenidad, y que se han convertido en uno de los símbolos de la Escocia contemporánea y que impresionan tanto por sus dimensiones como por su originalidad.

Resultaba necesario situarse en las cercanías y mantenerse unos minutos en silencio. A la mente venía que aquellos caballos de acero debían de ser los únicos capaces de permanecer inmóviles durante todo el día sin que nadie les pidiera hacerse un selfi… aunque enseguida se comprobó que eran precisamente ellos los que aparecían en miles de fotografías cada jornada. A veces, hasta los gigantes tienen que resignarse a convertirse en estrellas de Instagram.

A lo largo de todo el viaje disfrutamos de excelentes paisajes, carreteras que atraviesan montañas y lagos, pueblos cuidados con esmero y una naturaleza exuberante. Viendo en su hábitat natural a las vacas escocesas, llamadas formalmente Highland Cattle o ganado de las Tierras Altas, que destacan por su característico pelo largo y denso, sus grandes cuernos curvados y su gran resistencia al frío, y que pudimos comprobar por todos sitios que venían a ser un motivo más para convertirlas en figuras de marketing. También tuvimos ocasión de visitar museos, conocer mejor la historia escocesa y compartir agradables momentos con los compañeros del grupo, haciendo del viaje una experiencia tan enriquecedora en lo cultural como en lo humano.

También conocimos la historia e influencia religiosa que ha tenido en estas tierras el enigmático John Knox, personaje fundamental en la Reforma escocesa y en la fundación de la Iglesia Presbiteriana de Escocia, dando forma profunda al panorama religioso y social del país. Tuvimos ocasión de presenciar su imagen en la escultura existente en el interior de la Catedral de St. Giles en Edimburgo, en el cementerio antiguo de Stirling o en la simulada aparición que se hace en las estancias de las ruinas del castillo de St Andrews.

Regresé con la satisfacción de haber conocido un país que ha sabido conservar su identidad, orgulloso de su historia, de sus tradiciones y de su extraordinario patrimonio natural. Escocia ofrece al visitante castillos, leyendas, ciudades monumentales y paisajes inolvidables, pero también una agradable sensación de tranquilidad que invita a disfrutar del viaje.

Ha sido, sin duda, una experiencia muy recomendable y un magnífico recuerdo que permanecerá durante mucho tiempo en mi memoria. Queda por agradecer la organización que ha presidido este viaje y que nos brinda el deseo de poder repetirlo en futuros recorridos.

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