Cuesta abajo, y sin frenos

         Los tiempos actuales son de permanente cambio, lo que nos hace actuar con rapidez si no queremos quedarnos atrás y perder el tren.Cambio que se produce también en la forma de comportarse el ser humano y, curiosamente, en las denominaciones que se utilizan y que, de no estar al día, hace que permanezcamos abstraídos en el argot de las conversaciones.

         Pues sí, ahora la gente se integra o pertenece a grupos o tribus urbanas, cuando antes el sistema era más simple y las únicas referencias eran las de ser hijo de tal, amigo de cual, o ser fino o paleto. Ahora queremos innovar a toda costa y buscar un referente que nos distinga a nosotros o nuestro comportamiento. Y, en esta progresión, aumenta en la sociedad el número de grupos y de términos que los definen. Poco a poco intento ir desmenuzando este arsenal urbanístico y hoy voy a referirme a un grupo formado básicamente por mujeres, que aumenta en número llamativamente, y que atienden a la llamada de chonis. Y, en la variedad del sexo, aunque esto ya tampoco adquiere relevancia social, se encuentran los canis. Unos y otros merecen que los tratemos.

         Por lo pronto, hay quien se atreve a decir que tanto unos como otros son una tribu urbana que surge normalmente en las zonas de extrarradio, y que no sólo marca un estilo de moda sino un modelo de vida. Ahí queda eso. En nuestro variopinto país, estas tribus empezaron a surgir a finales de los años 90 del siglo XX en comunidades como Madrid y Andalucía, extendiéndose en muy poco tiempo, y con ellos sus costumbres, al resto del país. Y la clase política, que procura acercarse a todo aquello que acumule votos a su favor, no deja de decir lindezas como que los jóvenes deben identificarse con grupos a los que pertenecen y que debe dejárseles realizar en su forma de vestir y expresarse; películas y programas televisivos hacen lo propio fomentando este jolgorio.

         El caso es que los canis y chonis, aunque tienen características comunes, no son exactamente iguales y difieren en algunos aspectos. Elemento común es, sin duda, la vestimenta, compuesta de camisetas sin mangas en el caso de los canis, sudaderas sin camiseta debajo en el caso de las chonis, y en ambos pantalones caídos con cinturones muy grandes y calzoncillos de marca. Las chicas llevan vestidos de la longitud de las camisetas normales y éstas del tamaño de un sujetador corriente, pero siempre acompañados de multitud de complementos enormes y coloridos. Les gusta comprar ropa pero dentro de sus limitados recursos económicos, el chicle casi siempre en la boca y, por supuesto, la boca abierta. El look es variopinto; unos con el pelo rapado por el lateral y el flequillo levantado, que tiene variantes como la coletilla en trenza o suelta. Las chicas, por su parte, llevan moños enormes o flequillos que les tapan la cara. Aman sus teléfonos móviles, posando con morritos en los selfies.

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      Su lenguaje es abierto, y dicen sin rubor que les gustan las “cocretas” y las “almóndigas” (¡se viene alguien a la mente, verdad!). Deriva de una falta de estudios evidente, y en el lenguaje escrito hacen un uso abusivo de haches intercaladas en palabras que no las tienen, y alternan minúsculas a mayúsculas sin ningún orden concreto. Y lo de la “v” o la “b” es una osadía plantearse su distinción. Llaman a sus amigos o amigas con un “la” delante: la Mari, la Jenny, la Chusa…

       Algo más, unos y otros tienen una afición importante: agujerearse el cuerpo, sobre todo la cara, y tatuarse cosas como seres mitológicos, tribales, por todo el cuerpo. La mayoría del tiempo las pasan en parques públicos, no rehúyen a la camorra cuando se presenta la ocasión y, en sus momentos más íntimos, se miran al espejo del baño haciéndose fotos sacando morritos para colgarlas en su perfil en las redes sociales.

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        En los colegios se hace lo que se puede, que no es poco, pero en los hogares, que es realmente la cuna de la educación, en muchos casos ni están ni se les espera. Las redes sociales nos muestran realidades palpables: una página web se encarga de traducir castellano a choni; en youtube no es difícil encontrar personajes que enseñan cómo ser una verdadera choni o un cani.

       Y si la lectura anterior puede servir de risa, un tanto divertida para quienes vemos la realidad reflejada en estas letras, lo cierto es que merece una reflexión para saber qué tipo de sociedad estamos creando, y qué podamos hacer por enmendar este entuerto. Lo tenemos francamente difícil, sobre todo porque muchos de ellos están llegando incluso al poder gubernativo o, en su caso, y si esto supone un poco de trabajo, acudirán a los lugares donde vivir lo mejor posible, por supuesto y de ser posible, con un fabuloso botellón.

     Con saber lo que nos rodea no hemos avanzado. El diagnóstico necesita medicación. Pero la verdad es que lo tenemos complicado en una sociedad que se opone a los dirigismos. Valga mi reflexión para saber qué es lo que tenemos frente a nosotros.

p.d.: los efectos de esta moda no sólo la vemos reflejada en vestimentas, sino que, además de ello, la peculiaridad en el uso del lenguaje convierte en costumbre reiterada reconocida por la Real Academia Española lo que inicialmente parecía una horterada producto de la incultura de las personas que continuamente las utilizaban. De este modo podemos ver que ciertas palabras ya son perfectamente válidas: “asín” (por así), “cederrón” (por CD-ROM), “güisqui” (por whisky), “bacón” (por panceta), “almóndiga” (por albóndiga), “vagamundo” (por vagabundo), “murciégalo” (por murciélago), “toballa” (por toalla) y “crocodilo” (por cocodrilo). Seguimos avanzando, cuesta abajo y sin frenos.

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