Florencia, ciudad del arte.

          Descubrir Florencia, la capital de la región italiana de la Toscana, ha sido para mí una gratísima sorpresa. Esa ciudad medieval, embellecida por los más grandes artistas del Renacimiento, concentra un elevado número de maravillas en un reducido perímetro y, sin duda, brinda al visitante la posibilidad de ver numerosos palacios, iglesias y museos que constituyen el alma florentina. A los italianos les gusta llamarle la ciudad del arte y, cuando la adviertes en su esencia, confirmas que el título le viene a las mil maravillas.

         El caso es que atraído por las recomendaciones de buenos amigos que ya habían tenido el placer de encontrarse en estos lares, me introduzco en la ciudad acompañado de mi mujer y programo los días para que pueda resultar posible ver lo que me había propuesto  y que, por mucho que sea, siempre es menos de lo que hay. Pero no seamos ansiosos y disfrutemos a tope lo que se pueda; es bueno quedar atrás algo que te permita justificar una nueva presencia en otro momento. De cualquier modo, mi relato aparece resumido, limitado a los aspectos que merezca destacar.

         Mi primer contacto con la ciudad ha venido desde un recorrido por el curso del río Arno, que divide el territorio, aunque comunicado por diversos puentes. Los dos más famosos son el Ponte de la Santísima Trinidad y el emblemático Ponte Veccio. Este último es el puente más antiguo de Europa que se construyó totalmente en piedra, si bien primero fue levantado por los romanos en madera. Por este puente pasaba la Vía Cassia, importante calzada romana. Fue ordenado construir por el emperador Adriano en el 120 d.C. El puente actual se construyó en el año 1345. Durante la Edad Media albergaba tiendas y viviendas de comerciantes, artesanos, carniceros y pescaderos. Posteriormente el gran Duque Fernando I percibió el gran hedor que provocaba los negocios de pescaderos y carniceros por lo que decidió prohibir estas actividades e insertar los gremios de joyeros y orfebres que continúan actualmente. La vocación orfebre del puente la podemos contemplar con el busto de Benvenuto Cellini, esculpido por Raffaele Romanelli en el año 1900. Es el único puente de Florencia que no fue derruido por los alemanes en 1944 (para impedir la entrada de las tropas americanas); le salvó su estrechez, que hacía imposible el paso de los tanques. Atravesarlo ahora, con esa multitud de joyerías a uno y otro lado, es impresionante. Al fondo, una heladería propició mi deleite para degustar los famosos helados italianos;  el más grande, por supuesto.

          Las distintas plazas de la ciudad tienen cada una su propia fisonomía e historia. Me encantaron las que ahora relato:

          La plaza de la Unidad Italiana presenta un enorme obelisco en honor a los caídos, y se encuentra rodeada de la estación ferroviaria y la Chiesa e Chiostro di Santa María Novella,  cuya fachada renacentista fue diseñada por Alberti. Cuenta con un Claustro  que, según dicen, es uno de los más armoniosos de la ciudad, que acoge cipreses y presenta unas arcadas a rayas negras y blancas. En la nave de la iglesia  se  advierte una preciosa Cruz pintada por Giotto, además de una sorprendente Trinidad de Masaccio,  y numerosos frescos de Filippino Lippi en la capilla Strozsi, y los de  Guirlandaio en la capilla Tornabuoni, así como un crucifico de madera de Brunelleschi.

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           En la Plaza della Signoria parece que el mundo entero se ha dado cita. Un lugar propicio para sufrir un shock artístico. Esta Piazza ha sido centro civil y profano desde el siglo XIII, escenario de fiestas suntuosas pero también de tragedias y autos de fe (el dominico Savonarola hizo quemar libros y obras de arte antes de morir él mismo en la hoguera). En ella se encuentra una copia de David, de Miguel Ángel (del original tendremos ocasión de hablar cuando nos refiramos al lugar en que se encuentra), al pie del Palazzo Vecchio (sede del Ayuntamiento desde 1872),  que es muy visitado por haber sido aposento de los Médici, y entre 1540 y 1559 residencia de Cosme I, duque de Toscana; y a su alrededor se encuentran desde 1495 Judit y Holofernes, de Donatello, que celebra la huida de los Médici y la creación por parte del dominico Jerónimo Savonarola de una república de la “virtud”; el León Marzocco, y Hércules y Caco. Giambologna es el autor de las estatuas de Cosme de Médici a caballo (en la base del monumento se describen los grandes momentos de su carrera), y del blanco Neptuno que chapotea con sus ninfas en una monumental fuente. También se encuentra la Loggia del Lanzi; bajo el elegante dosel adosado a los Uffizi construido en el siglo XIV para albergar ceremonias públicas, varias estatuas montan guardia en el pórtico de los lasquenetes imperiales (lanzi), temibles soldados que restablecieron el poder de los Médici en 1527.

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          En una de las salidas de la plaza nos encontramos con la Gallería degli Uffizi, instalada en un gran palacio construido por Giorgio Vasari por encargo de Cosme I entre 1560 y 1580 para albergar las oficinas administrativas y judiciales (uffizi) del nuevo estado Toscana. Creada en 1581 por el gran duque Francisco I, hijo de Cosme, a partir de sus colecciones personales, la galería alberga hoy día la más rica representación de arte pictócerrico italiano y Florentino, desde el siglo XIII al XVII. Mucha cola aún cuando llevaba ya las entradas reservadas y pagadas, pero siempre merece la pena cuando se trata de ver en vivo estas maravillas apreciadas tantos años en papeles.

          De su ingente número de obras y salas, que te hacen deleitar transitando por unos corredores cubiertos de infinidad de estatuas romanas y con unos techos de madera y pinturas, resized_IMG_6713destaco en mi modesta opinión las obras de los primitivos toscanos (Cimabue, Giotto y Duccio di Buoninsegna), la escuela de Siena del siglo XIV (representada por una magnífica Anunciación de Simone Martini la Presentación en el templo y las Escenas de la vida de san Nicolás de Bari, de Ambrogio Lorenzetti), la sala que acoge el primer Renacimiento, por supuesto las salas de Botticelli (con dos admirables obras maestras: El nacimiento de Venus y La primavera, como sendos homenajes a la naturaleza y a la belleza femenina que son también las primeras grandes obras laicas del Renacimiento italiano). De Leonardo da Vinci aprecié el valor de La Anunciación. Entre las pinturas del segundo Renacimiento Florentino (siglo XVI) destaco el célebre Tondo Doni de Miguel Ángel, que representa a la Sagrada Familia con desnudos masculinos en segundo plano.

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           La Plaza de la República es una de las más destacadas de Florencia y lugar donde se encontraba el foro romano; no es muy grande de dimensiones y tiene un aspecto actual que data del siglo XI, del momento en que Florencia fue capital de Italia (sí, lo fue desde 1865 a 1871). Desde entonces la plaza ha cambiado tres veces de nombre y en el centro se encuentra la Columna de la Abundancia, única del antiguo mercado que existía en este entorno.

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          Y en este lugar merece la pena adentrarse en un establecimiento comercial (La Rinascente) para subir a su quinta planta y aparecer en una preciosa terraza en su azotea que constituye uno de los miradores más espectaculares de la ciudad. Pues allí, tomándose un capuchino y un limoncello, te pasas un rato de lo más agradable divisando, a vista de pájaro, la plaza de la República y la cúpula de la Catedral y el Campanile con una impresionante proximidad. Una delicia.

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           La Plaza del Duomo es un espacio de la ciudad en el que se concentra todo un conjunto de obras monumentales: la Catedral de Santa María del Fiorentina, el Campanile de Giotto, el Battistero, el Museo de la Ópera de Santa María del Fiorentina. No es de extrañar, por tanto, que la afluencia masiva de turistas sea algo normal. No en vano el impacto visual es tremendo, con unas características constructivas que difieren bastante de las que estamos acostumbrado a ver en otras ciudades. El mármol combinado de color blanco y verde, con algunas apariciones del rosa y paneles de terracota, hacen que adquieran una belleza singular.

         La Catedral se inició a finales del siglo XIII, concluyendo su construcción en 1436 cuando se inauguraba la cúpula con forma ovoide de Brunelleschi. Un edificio colosal que en su momento llegó a ser el de dimensiones mayores de la cristiandad. Inicialmente fue confiada al arquitecto Arnolfo di Cambio, fue continuada en 1334 por Giotto y, más tarde, por Francesco Talenti, quien concibió el plano actual de la catedral, que mide 155 m de largo. Más que anecdótico es el hecho de que una vez terminada su construcción estuvo bastante tiempo a cielo abierto porque no había forma de diseñar y realizar la cúpula. El talento de Brunelleschi se superpuso a otros proyectos, de modo que en 1420 comenzó a construir su rompecabezas, en el enorme hueco del transepto de 42 m de diámetro.

        Para llevar a buen fin su proyecto, Brunelleschi utilizó una pesada lucernaria de mármol que, colocada en la cima de la cúpula de 100 m de altura, bloqueaba los accesos a la misma con nervaduras. Un procedimiento ingenioso que permitió elevar la cúpula progresivamente sin andamiajes. Fueron 16 años de trabajo que ahora puede apreciarse en su conjunto desde el recorrido de 463 escalones que cuesta subir a su cúspide. Una hora y media de cola pero merece la pena tanto la espera como el sacrificio que supone subirla pues, al final, se llega a las alturas divisando la ciudad por entero y eso es un verdadero placer.

         Culminada esta aventura y ya, en el suelo, hay que acudir a la fachada de esta Catedral que igualmente es única. No fue hasta finales del siglo XIX cuando Emilio de Fabris realizó la actual fachada inspirándose en el proyecto inicial de Arnolfo di Cambio y de Talenti derribada en 1587. En la fachada sur se abre la puerta gótica de los Canónigos, adornada con esculturas de Ambrogio y de Tedesco. Al norte, la encantadora Porta della Mandorla está coronada por una Asunción de Nanni di Banco, que anunciaba el Renacimiento.

         En el interior del templo, encima del pórtico central, un mosaico de la Virgen de Gaddo Gaddi cubre la fachada interior del edificio. Está iluminada por la luz abigarrada de las vidrieras de Lorenzo Ghiberti. Una escalera conduce a la cripta de la iglesia de Santa Rearata, del siglo X, construida sobre una basílica paleocristiana (siglo V) cuyos cimientos se pueden ver. Aquí se encuentra la tumba de Brunelleschi. En la nave de la izquierda figuran los retratos de dos condottieri pintados al fresco por Paolo Ucello y Andrea del Castagno. A través de una de las dos puertas que conducen a las sacristías -coronadas por terracotas de Della Robbia-, Loreno el Magnífico pudo escapar de los asesinos de su hermano durante la conjuración de los Pazzi. Esto ocurrió el 26 de abril de 1478.

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        Mi valentía ya no daba para poder subir los 414 escalones que conducen a la cima de esa preciosa torre que se encuentra al lado de la Catedral, el Campanario. Se trata de uno de los campanarios más hermosos de Italia y que yo haya podido ver, en el que destacan los 28 bajorrelieves de mármol que representan las artes y las obras humanas. Los originales están expuestos en el Museo de la Ópera de Santa María del Fiore.

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          En la misma plaza se encuentra el Museo de la Ópera, del que hemos avanzado ya algo. Se encuentra en la parte trasera de la Catedral. En este edificio se almacenaban, en otro tiempo los materiales necesarios para la gran obra de la catedral y albergaba las esculturas surgidas de los diferentes proyectos de decoración exterior. Hasta 1891 se abrió al público y es considerado como uno de los primeros museos de arte religioso de Europa, y representa, con sus esculturas florentinas de los siglos XIII al XVI, sus bajorrelieves y sus estatuas retiradas del campanario y del baptisterio, la mayor colección de Italia.

 

       Voy a destacar aunque lo sea por la devoción que tengo al arte de Miguel Ángel, la Pietá que se encuentra en el entresuelo de este Museo, una obra que realizó a la edad de 80 años y que, sin duda, es una obra maestra en la que el artista presta sus rasgos a Nicodemus, que sostiene el cuerpo de Cristo. Se dice que estaba destinada  a su propia tumba, y algunos biógrafos de Miguel Ángel sostienen que la obra fue abandonada y parcialmente destruida por el maestro por diversas causas (mármol de mala calidad, frustración por algún error irreparable), pero lo cierto es que la obra está inconclusa, en la que no sólo quedó sin terminar el rostro de María y la parte inferior del grupo, sino que la figura de Magdalena está realizada por otra mano, la de su alumno Tiberio Calcagni que la tuvo en su estudio.

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        En la Plaza de San Lorenzo hay que hacer parada obligatoria. Aquí, más que en ningún otro lugar los Médici dejaron numerosos recuerdos de sus actividades como mecenas humanistas. Desde su parroquia en la plaza, rodeada de puestos de artículos de piel (también lo hacían en el Mercado Centrale), hasta su primer palacio residencial, que serviría de modelo a las grandes mansiones florentinas, es un paraje lleno de esplendor.

       La Basílica de San Lorenzo se comenzó en 1420. La arquitectura armoniosa de Brunelleschi (la antigua sacristía es una obra maestra de geometría con sus perfectas proporciones) se completó con la decoración finamente esculpida de Donatello, autor de los dos púlpitos en bronce de la nave (que ahora están en restauración). La capilla Martelli, donde reposa Donatello, alberga una Anunciación de Filippino Lippi. Miguel Ángel diseñó la fachada pero nunca llegó a realizarse. La visita al claustro y a la cripta completan el recorrido de la Basílica, pues cierran a las 17:00 horas. Una pena que no pudiera haber visitado la Biblioteca Medicea Laurenziana, diseñada por Miguel Ángel por encargo del papa Clemente VII (Julio de Médeci) para albergar la biblioteca privada de los Médeci.

           En el corazón de la ciudad, en la Piazza de San Giovanni, se encuentra el Baptisterio. La Basílica de San Juan, consagrada como baptisterio de Florencia en 11128, se encuentra en un edificio de forma octogonal y coronado por un techo piramidal, El baptisterio románico sorprende por su tamaño, que recuerda al Panteón de Roma, e ilustra perfectamente la evolución de las ideas, de la decoración y de la arquitectura florentinas. Se compone de tres puertas.

          La puerta sur fue el primer monumento realizado en bronce en Florencia, en 1330, por Andrea Pisano; está dividida en 28 compartimentos, 20 de los cuales ilustran la vida de san Juan Bautista, patrón de Florencia; las escenas se leen de arriba abajo y de izquierda a derecha.

          La puerta norte fue confiada su realización en 1401 al joven Lorenzo Ghiberti como resultado de un concurso en el que compitió con otros artistas, especialmente con Brunelleschi. En concordancia con la puerta sur, el artista dividió las hojas en 28 compartimentos cuadrito burlados donde se insertan, de manera muy naturalista, escenas de la vida de Cristo.

           La puerta este o puerta del Paraíso, de bronce, estaba cubierta de oro y se divide en diez paneles que narran episodios del Antiguo Testamento (copias); constituye la obra maestra de Lorenzo Ghiberti, quien dedicó 25 años a su realización. Aplicando las reglas matemáticas de la perspectiva apreciadas en el Renacimiento, el artista alcanzó aquí la perfección en la expresión de la profundidad y del movimiento. El nombre de puerta del Paraíso se atribuye a Miguel Ángel.

          En el interior, los mosaicos de ábside muestran un sorprendente Juicio Final dominado por la figura de un sobrio Cristo (1371). A la derecha del altar, la tumba del anti papa Juan XXIII, destituido en 1418 y protegido por los Médici, fue esculpida por Donatello. Los mosaicos de los siglos XIII y XIV, realizados en su mayoría por Cimabue, cubren la cúpula. Estos ilustran, en círculos concéntricos, el Génesis, la historia de José, la vida de Cristo y la de san Juan Bautista.

           Pues bien, en este maravilloso y rico espacio repleto de mármoles policromarlo y de mosaicos de oro era donde los recién nacidos se convertían en florentinos de pleno derecho, en el transcurso de una ceremonia que tenía lugar dos veces al año. Los paneles originales de las tres puertas, una vez restaurados, se encuentran en el Museo de la Ópera di Santa María del Fiore.

            Sales medio extasiado de tanto arte y, en plena Piazza de San Giovanni escuchas una deliciosa voz de alguien que canta el famoso Ave María de Schubert. No puedo resistirlo, me acerco con entusiasmo y escuchar esta voz en este paraje como que me produjo un escalofrío de felicidad. El arte se junta con el arte.

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            En la grandiosa Piazza de Santo Croce se encuentra la iglesia franciscana más grande del mundo, la Santa Croce, con sus tres naves y sus seis capillas andadas con frescos de Giotto. El refectorio alberga el famoso Crucifijo de Cimabue. Pero en su interior descansan Miguel Ángel, Ghiberti, Leonardo Bruni y otras glorias del Renacimiento, algo que le ha valido el sobrenombre de “panteón Florentino“. La iglesia contiene bonitos frescos, en especial obras de Giotto, y una Anunciación de Donatello.

         Pero particularmente me voy a referir a la tumba de Miguel Ángel Buonarroti, que se encuentra en este lugar. Es obra de su amigo Giorgio Vasari, arquitecto y biógrafo, del año 1570, y se encuentra al principio de la nave de entrada, a su derecha, cerca de la puerta principal de la Basílica. Pero esta sepultura tiene su historia. Miguel Ángel falleció en Roma el 18 de febrero de 1564, a la edad de 89 años. El cuerpo fue colocado en la Iglesia de los Santos Apóstoles de Roma. Pero Lionardo, su sobrino, para dar cumplida ejecución al deseo del maestro, con el permiso del Papa, y por orden del Duque Cosme de Médici, propició su traslado a Florencia; pero temiendo que pudiera ser obstaculizado, ocultó el cuerpo de Miguel Ángel en un rollo de ropa y lo cargó en un carro con otras mercancías. Llega a Florencia tres semanas más tarde, el 10 de marzo de 1564. Es depositado inicialmente en la Compagnia dell´Assunta, detrás de Pier Maggiore,  y dos días después es transportado a Santa Cruz, en la noche, por los artistas de la Academia, en medio de una inmensa multitud de personas, a la luz de las antorchas.

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          El conjunto del monumento sepulcral se compone de dos triángulos equiláteros dispuestos sobre una fachada clásica, de orden romana decorada con bellísimos frescos llenos de ángeles que velan por el alma del artista, y que recuerdan enormemente los frescos de la Capilla Sixtina, cuya autoría es sobradamente conocida que corresponde a Miguel Ángel. Sobre el sepulcro propiamente dicho hay tres esculturas, esculpidas en tamaño natural, que representan la personificación de la Pintura (figura de Battista Lorenzi), Escultura  (figura de Valerio Cioli) y Arquitectura (en figura realizada por Giovanni dell´Opera), entristecidas por la muerte del gran maestro. Corona la tumba un busto de Miguel Ángel, obra de Battista Lorenzi.

        Y justo al lado, otro monumento, el sepulcro de Dante Alighieri, el más grande poeta italiano de la historia. Pesa una historia sobre este sepulcro que debe aclararse. Dante fue exiliado de por vida de Florencia, so pena de muerte si pisaba la ciudad, por lo que habría que preguntarse cómo es posible que esté aquí la tumba. Sencillamente, el cuerpo no está aquí, y la tumba es lo que se llama un Cenotafio. Una tumba vacía, un monumento de carácter fúnebre en honor a una persona querida; la verdadera tumba de Dante está en Rávena, una ciudad al norte de Italia. A la izquierda de la fachada de la iglesia se encuentra igualmente una estatua de Dante Alighieri, lo que denota el cariño de un pueblo al mítico poeta, cuya casa y museo tuve también ocasión de conocer en mis paseos por la ciudad.

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          En el antiguo dormitorio de la iglesia de la Santa Croce, puede advertirse la existencia de un taller de marroquinería fundado por los franciscanos (Scuola del Cuolo), que desde 1950 es el emblema de la artesanía florentina, transmitida por una decena de maestros a sus alumnos. Proveedor oficial del rey de Marruecos y de la corte de Inglaterra, el taller fabrica asimismo artículos de marroquinería y bolsos personalizados por Francesca Gori.

            Y cerca a esta histórica Iglesia se encuentra una de las casas donde vivió Miguel Ángel Buonarroti, en la Vía Ghibellina. La visita a esta antigua residencia merece la pena por la calidad de los dibujos del maestro, así como por algunas figuras de terracota, preludio de su obra esculpida. os obras de juventud, la Virgen de la escalera y la Batalla de los centauros, muestran la riqueza de su repertorio.

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           La Piazza San Marco alberga la Iglesia y Convento del mismo nombre. En esta zona se encontraba la casa de fieras de los Médicis, un lugar que poseía muchos animales exóticos, como jirafas, elefantes y leones pertenecientes a esta reconocida familia florentina.

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         Cerca de esta plaza, en la vía Ricasoli se encuentra la Gallería dell´Accademia, que ansío ver por lo que en ella espera. Efectivamente, esta Galería contiene las Salas Florentinas, que permite hacerse una idea de la vida cotidiana de los florentinos en el siglo XV, la Gipsoteca, que reúne una de las colecciones de figuras en yeso del siglo XIX más importante del mundo, como bocetos que sirvieron para las futuras realizaciones de mármol y que se atribuyen en su mayoría al escultor Lorenzo Bartolini. A ello se una una Galería de Miguel Ángel, un conjunto de estatuas que también se conoce como “galería de los Cautivos”, porque expone las cuatro estatuas inacabadas destinadas a la tumba del papa Julio II, junto con los bocetos de los Esclavos y de la Pietá de Palestrina. Un busto en bronce del artista figura en este conjunto de obras de Miguel Ángel, que fue realizada or su alumno Daniele de Volterra.

        Pero lo que te hace emocionar hasta la saciedad, y que me permite recrearme desde todas las posiciones posibles, fotografiarla desde todas las posiciones, con un largo éxtasis sentado delante de él, es el David de Miguel Ángel, colocado sobre la Tribuna. A los 29 años, Michelangelo Buonarroti se convirtió en el escultor más venerado de Florencia. Animado por esta voluntad de romper con el Renacimiento tradicional para afirmar mejor su tendencia barroca, creó el famoso David (1501-1504) tallado en un estrecho bloque de mármol de Carrara.

        Pesa 5,5 toneladas y mide 5,17 metros sin pedestal, aunque hasta hace unos diez años se anunciaba que su medida era de 4,34 metros. Era así por la confianza arrastrada que venía haciéndose de un estudio realizado en 1950 por el historiador Charles Tolnay, y que llevaba a la confusión en todos los manuales de arte, hasta que en 1999 un examen realizado con escáner descubrió el clamoroso error. La obra de arte estuvo colocada en la Plaza de la Signoria hasta el año 1873, pero por la conveniencia de preservar una obra de esta magnitud, se ubicó en la Galería.

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       En la Piazza de la Santísima Annunziata, amplia pero un tanto descuidada, adornada por dos fuentes y una estatua ecuestre de Fernando I esculpida con el bronce de los cañones capturados por la armada Toscana a algún enemigo, se encuentra la Basílica Santuario de la Santísima Annunziata. Fue construida en el siglo XV por Michelozzo, el arquitecto preferido de Cosme el Viejo; el santuario conserva, en un templo de mármol, el fresco de la Anunciación, venerada por los florentinos. El atrio, que alberga numerosos eventos, fue pintado al fresco por Andrea del Sarto y sus dos brillantes alumnos, Pontormo y Rosso Fiorentina. Debo decir, no obstante, que me pareció un templo excesivamente oscuro y que no permitía disfrutar sus grandes obras internas. Incluso el elegante pórtico de la iglesia muestra un descuido impropio.

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           Visitar la zona comercial también tiene su encanto. La zona comercial de élite de Florencia está en la Vía de Tornabuoni, que es la que calle más aristocrática de la ciudad. Desde la perspectiva que da el elegante puente de Santa Trinitá, esta amplia avenida peatonal bordeada de majestuosos Palacios es el feudo de las tiendas de lujo, de las grandes joyerías y de la alta costura italiana. En su trayecto está la Chiesa de Santi Michele e Gaetano, una más con magnífica fachada y majestuosa interioridad.

          Junto a todo este arte que envuelve la ciudad de Florencia, y del que he relatado en parte, también merece la pena deleitarse con su gastronomía y bellos rincones. En esos momentos en que el depósito flojea, y para recuperar fuerzas, he tenido ocasión de acudir a ristorantes, trattorias o meros establecimientos que servían comida rápida cuando no se podía perder mucho tiempo. En la vía de Georgofili se encuentra un lugar donde preparan unas sabrosas ciabatta, aderezadas con aceite de oliva, jamón de la Toscana y  otros ingredientes a elegir,  y que acompañados de un buen vino local te dan las energías necesarias para seguir. En la Piazza del Mercado Centrale, mientras mi mujer come una pizza con mucho queso, a mí que no es lo mío me llena un delicioso pappardello al cinghiale, como no, acompañado de Chianti. Magnifico momento en el que un grupo nos deleitaba con esas canciones italianas de toda la vida. En el interior del Mercado Centrale, en su primera planta hay un conjunto de establecimientos que, al modo del Mercado de San Miguel en Madrid, suministran comidas de todo tipo. Obvio es decir que la pasta y las pizzas son estrellas. Bonito de verdad.

         En la Piazza de San Giovanni, la cafetería pastelería Da Scudieri es lugar más que apropiado para hacer un descanso remozado con capuchino y un delicioso pastel de los que a mí me vuelven locos. Ni que decir tiene que saborear un buen helado italiano es otra gozada, sobre todo para los que somos un tanto golosos y no nos conformamos con uno chiquitito.

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           Y para recrearse viendo la ciudad desde las alturas, un lugar apropiado es en la terraza del Hotel Excelsior, saboreando un rico capuchino y un limoncello; con el relax de la panorámica, el recuerdo imborrable del David de Miguel Ángel, y ese río Arno que atraviesa Florencia brillando por el sol que ahora mismo va dejando su última estela del día, me despido encantado de esta ciudad…y lleno de arte.

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4 comentarios en “Florencia, ciudad del arte.

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