Workaholics o trabajólicos: adictos al trabajo.

            Leía en fechas recientes que las frases en latín que corrientemente se incorporan a la jerga jurídica debían ser eliminadas de las sentencias, de cara todo ello a una mejor comprensión de los pronunciamientos judiciales por parte de los ciudadanos en general. Aunque me parece estupendo que se tienda a este objetivo de facilitar la comprensión, como compromiso que asume España tras el acuerdo adoptado por la Cumbre Judicial Iberoamericana en la XVIII Asamblea celebrada en Paraguay, lo cierto es que en este país es difícil comprender ciertas cosas. Lo que constituye un legado de la cuna del saber jurídico parece que sobra en unos momentos donde el vulgarismo se hace patente en el lenguaje cotidiano que podemos advertir en los afamados programas televisivos y, lo que es todavía más relevante, en los considerados como debates parlamentarios. Pero a la par, quizá por aquello de que “mola”, vamos incorporando a nuestro léxico común términos anglosajones que suenan mejor que la palabra española que pudiera corresponderle, y que a buen seguro sería de agradecer por quienes no se consideran tan modernos.

           Dicho esto, vengo incorporando artículos a mi blog donde estos términos los desgrano para que podamos entenderlos. Yo, el primero. Y hoy toca referirme al workaholic, que en su correspondencia española se concibe como trabajólico, esto es, las personas adictas al trabajo, como comportamiento que supone una necesidad excesiva e incontrolable de trabajar de forma constante y que, como se deduce, puede claramente interferir en la salud física y emocional, y en las relaciones sociales.

            Aunque no nos faltan ejemplos de lo contrario, también es cierto que esta situación puede advertirse en muchas personas, y no encuentra explicación en las necesidades laborales objetivas, sino por necesidad psicológica de la persona afectada que cree que, actuando de esta forma, logrará mayor éxito. Se dice incluso que, por lo general, aparece el fenómeno en personas perfeccionistas; pero también acaece en personas que tienen otros problemas, como una ambición excesiva por el dinero y el poder, una falta de organización que permite la acumulación y sobresaturación del trabajo, o incluso problemas afectivos en la familia o en la pareja. Para todos ellos, el trabajo constituye el centro de su vida y el refugio adecuado. Fuera del trabajo se convierten en personas insatisfechas o irritables, al creer que pierden el tiempo lejos de lo que conciben como su mundo.

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          Los especialistas nos aclaran que trabajar más horas no se traduce en un aumento de la productividad, y así los resultados de la investigación llevada a cabo en la Universidad de Stanford recuerdan que la productividad decae después de 50 horas de trabajo, y cae en picado tras 55. Con todo, las investigaciones de Sánchez Pardo, Navarro Botella y Valderrama Zurián, y del grupo de Del Líbano, nos vienen a mostrar que, en España, sufre adicción al trabajo entre el 11,3 y el 12% de los trabajadores en activo. Y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sostiene que el 8% de la población activa española dedica más de 12 horas al día a su profesión como escape a problemas personales.

         Conviene, no obstante, distinguir la adicción de lo que pudiera considerarse como una dedicación intensa al trabajo. Se sobrepasa la línea roja cuando la persona afectada no sabe desconectarse en su tiempo libre. Ahí se advierte ya que nos encontramos ante un problema al que deberíamos poner remedio. Y eso pasa, en primer lugar, por reconocer que padecemos el problema.

        También es importante distinguir a los trabajólicos de los que suelen trabajar en la concebida como una “cultura del alto rendimiento aparente”, que es la que practican ese tipo de personas que van corriendo a todas partes, llegando siempre tarde a todos los sitios, y que muestran una apariencia permanente de estar desbordados por el mucho trabajo que tienen. Pero la realidad es que quienes se instalan en esta cultura venden una falsa actividad ineficaz sin valor. En definitiva, utilizando el título de la obra teatral en forma de comedia romántica escrita por William Shakespeare, “mucho ruido y pocas nueces”.

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