El recuerdo de Murillo

           Este año 2017 se conmemora el 400 Aniversario del nacimiento de Bartolomé Esteban Murillo, ese encomiable pintor del barroco del siglo XVII que vino a la vida en la localidad española de Sevilla (1617), hijo de una familia media (de Gaspar Esteban, un barbero cirujano que atraía a moribundos a las puertas de su casa, y de María Pérez Murillo, que provenía de una familia de plateros y pintores), huérfano desde temprana edad (a los nueve años), en el que perdieron la vida ambos progenitores en el corto plazo de seis meses, y que contrajo matrimonio en 1645 con Beatriz Cabrera y Villalobos, con quien estuvo casado veinte años y de cuyo enlace nacieron once hijos, aunque la epidemia de peste del siglo XVII hizo añicos a su familia perdiendo a tres de sus retoños.

Murió en 1682, tras el empeoramiento de la hernia intestinal que padecía al caer del andamio en el que trabajaba para el convento de los Capuchinos de Cáceres (Los desposorios de Santa Catalina).

bartolomeestebanmurillo_self-portrait

          Es precisamente este incidente el que marca el principio de una publicación que me ha entusiasmado, y que ha visto la luz en la conmemoración de este Aniversario.portada_el-color-de-los-angeles_eva-diaz Se trata de la novela “El color de los ángeles”, de Eva Díaz Pérez, que aconsejo de leer a todos aquellos que como a mí apasiona el arte y estas grandes figuras pintorescas que nos han precedido dejando un sello de prestancia y estilo inigualable. La caída del andamio propició que el gran Murillo tuviera que guardar reposo absoluto durante un tiempo que sirvió para que el pintor aprovechara y recordara su niñez y adolescencia en la ciudad de Sevilla. Así, con este repaso de la vida del autor pasamos a conocer la faceta humana del personaje, su vida personal, constituyendo esta novela la primera que se escribe sobre ello. Con anterioridad, únicamente se habían acercado a Murillo un pequeño relato de Andersen y una obra de teatro del siglo XIX, sin que existiera nada más sobre un hombre caracterizado por su bondad, por la preocupación de su familia, su entorno, su interioridad, en contraposición a algunos coetáneos suyos ciertamente arrogantes. Con esta novela se pretende hacer justicia a un artista un tanto olvidado y sobre el que pesa el cliché de pintor beatón.

        Cierto que Murillo produjo una cantidad considerable de obras de carácter religioso, entre ellas numerosas imágenes de la Inmaculada Concepción. inmaculada concepción 1660-1665Pero fue también uno de los más grandes retratistas de su época, habiendo desarrollado desde temprano importantes contactos con la clase intelectual sevillana, que se mostró deseosa de comisionarle retratos. En sus obras no solo tenían encaje los seres celestiales, a los que dedicó buena parte de su trabajo por aquello de constituir el deseo de los múltiples encargos que recibía de índole religiosa, pero también gustaba de plasmar a pillos y jovenzuelos (se dice que sus pícaros, sus pobres, sonreían como el que encuentra la felicidad en el aire), cuyos resultados tanto atraían a los que desde el centro de Europa requerían sus servicios. Un pintor favorito para acaudalados mercaderes y aristócratas caprichosos, deseosos de contar con sus luminosas y grandilocuentes obras de arte.

          Es probable, y a ello dedica Eva Díaz buena parte de su relato novelesco, que Murillo pintara un disperso retrato de familia en sus cuadros. Sus hijos y esposa debieron de servir como modelos para sus famosos ángeles, santos, para la sagrada infancia de Jesús, la de San Juanito, la Virgen Niña y la Inmaculada. Con ello, sus santos y vírgenes tenían un componente humano claramente detectable cuando vemos sus obras. Viveza y realismo que entusiasman. Una dualidad de contrastes entre lo místico y lo real que en la época no estaba todo lo bien visto que debería. Y qué decir de esas caras de la vírgenes que a veces escondían el reflejo real de mujeres enraizadas en una profunda y turbia Sevilla, y que tanto pensar dieron al propio maestro por lo que pudiera entenderse como una profanación de lo divino. Con la visión de hoy, a buen seguro que el cielo premiaba la actuación realista del pintor, por acercar lo divino a la verdadera existencia humana.

murillo_cordero_detalle

          La novela no deja atrás la esencia de esa ciudad de iglesias deslumbrantes, convertida en plaza principal de llegada de tesoros de América, atravesando el claroscuro de la grandeza para sumirse en la tristeza y miedo por la presencia de epidemias como la peste (que llevaba a una constante procesión de carros con cadáveres) y devastada por tremendas inundaciones del Guadalquivir. Aquí vivió y supo de estas desdichas el pintor, pero aun así en sus cuadros no puede presentirse síntomas o imágenes de martirios o tormentos, ni sangre derramada, porque su frescura le lleva a plasmar, sin igual, la luminosidad de la virtud mariana o la sonrisa de los niños menesterosos. Una ciudad en la que Murillo trabajó rechazando otras posibilidades de hacer fortuna fuera de ella, porque aunque ahora gocen de mayor reconocimiento otros coetáneos, en su día nuestro protagonista fue considerado el mejor pintor del momento. Quizá por aquello de que sus obras eras más perceptibles por el pueblo, que podía acudir a conventos e iglesias para verlas, a diferencia de otros afamados pintores que limitaban su producto al círculo de la realeza y aristocracia, reservadas por tanto a unos pocos agraciados que podían visualizarlas.

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        Una Sevilla que resplandece en su obra. No en vano el artista mezclaba los pigmentos con agua del Guadalquivir dando como resultado unos claroscuros genuinos, unos tonos marrones parduzcos característicos del artista de la luz y el color.

sagrada familia

              Y, como no, la capital andaluza permite la vinculación con Velázquez, con el que coincidió en el tiempo, y  que en la novela se recrea en un encuentro no documentado pero que puede ser verosímil, cuando Murillo fue a ver las colecciones reales. Fueron dos pintores formados con una generación de diferencia en una Sevilla abierta y culta, donde la pintura gozaba de un gran reconocimiento cívico. Sin embargo, la obra de ambos tiene un aire de familiaridad y unas aproximaciones que se hace ver entre el joven Velázquez y la obra que dejó hecha en Sevilla antes de irse para no volver nunca más y algunos de los lienzos más conocidos y logrados por Murillo.

        Con todo, el homenaje que se propiciará desde este otoño por los 400 años de su nacimiento quedará circunscrito a Sevilla, preparada para mostrar su reconocimiento. Seguro que la tierra que le vio nacer y desarrollar su obra le prestará la atención y relevancia que merece, pero como amante de la obra del Maestro, hecho en falta un reconocimiento público mayor. Lo tendrá en los entusiasmados con su obra, cualquiera que sea el lugar donde estemos.

 

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