Oslo, la capital serena

        Desde Bergen pretendemos llegar a Oslo por carretera, para conocer la capital de Noruega antes de abandonar estas bellas tierras. El recorrido pasa por adentrarnos en Parque Nacional de Hardengervida, en el municipio de Eidfjord, para pararnos en uno de los miradores más impresionantes que se vienen culminando pues no en vano se encuentra la cascada más alta de Noruega. Se trata de Vøringfossen, con una altura total de 182 metros, y una caída libre de 153 metros hacia el fondo del valle Måbødalen.

      En este lugar se cuenta con un centro de bienvenida para sus visitantes, con un puente peatonal sobre la cascada, así como varios miradores e instalaciones de servicios. Junto a un hotel en el que poder alojarse.

        Tras esta obligatoria parada proseguimos el camino para alcanzar Oslo, la capital noruega, que constituye la ciudad más importante y poblada de este país, y que nada más penetrar en ella te das cuenta de que tiene el empaque necesario para cubrir las expectativas que tenía. Un bello enclave al fondo del más sureño de los fiordos noruegos, rodeado de montañas de un verde perenne, y surcada por el río Aker. Una ciudad que se ha plantado en el siglo XXI con una fascinante imagen vanguardista pero sin renegar de sus tradiciones, folclore y un envidiable respeto y afecto a la naturaleza. La ciudad de la paz por excelencia, asumido que aquí es, precisamente, donde se hace entrega del Premio Nobel de la Paz, único que sale de las entrañas de Estocolmo por un viejo reconocimiento oficial que se hizo en un momento donde todavía no se había adquirido la independencia de Suecia.

     A propósito del premio Nobel voy a partir mi relato de lo que he podido ver y vivir en esta hermosa ciudad desde el Ayuntamiento (Radhuset), un edificio diseñado por Arnstein Arneberg y Magnus Paulsson que tardó alrededor de veinte años en construirse. Empezó en 1931, pero las obras se detuvieron en 1940 tras la invasión de Noruega por las tropas alemanas en la Segunda Guerra Mundial, para proseguir después y concluir en 1950.

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     Situado frente a las instalaciones del puerto de Oslo, su gran atractivo es el gran salón, de enormes dimensiones, decorado con escenas de la historia de Noruega aun cuando destacan las dedicadas a los trabajadores, y que es el lugar donde se hace entrega el Premio Nobel de la Paz, con asistencia de la Familia Real.

       En la visita al Ayuntamiento también pueden verse diversas obras de arte, en un recorrido por diversos salones que son utilizados frecuentemente para diversos eventos y ceremonias.

      Sin embargo, el centro de la ciudad gira en torno a esa gran avenida con un importante tramo peatonal llamada Karl Johans Gate. El nombre de la calle lo es en honor al monarca Karl Johans (1763-1844), rey de Suecia (Karl XIV) y Noruega (Karl III), que brindó a la ciudad una época de gran prosperidad.

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        Se advierte que Oslo es una ciudad donde la sostenibilidad medioambiental prima sobre cualquier otra máxima arquitectónica, lo que hace que el tráfico rodado está restringido en el centro de la ciudad. Por lo demás, la bicicleta también ocupa su lugar en esta ciudad, claro que para la estación veraniega que, como sabemos, es un período corto para disfrutar de la calle y de los pocos rayos de sol que llegan.

     La avenida comienza en la Estación Central de ferrocarriles y en línea perfectamente recta, con una extensión de 1.020 metros, va a desembocar en el Palacio Real. En este trayecto conviven un buen número de lugares emblemáticos de la ciudad, las mejores tiendas y centros comerciales, y un sinfín de bares y restaurantes.

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     A escasos metros de la Estación Central se levanta la edificación más impresionante con la que cuenta Noruega hasta este momento, la Ópera de Oslo (Operahuset), una singular obra de la arquitectura expresionista que fue inaugurada oficialmente en 2008, y que constituye la mayor institución de música y arte escénico de Noruega.

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         Volviendo sobre nuestros pasos hacia la estación, nos situamos en la avenida central para llegar a la intersección con Dronningens gate, en la que se encuentra un edificio semicircular de ladrillo oscuro, bastante concurrido, llamado Basarhallene (Centro del bazar), construido a mediados del siglo XIX para albergar el mercado de la ciudad. En mi visita y en todo su entorno pude advertir tiendas dedicadas al arte, la artesanía y las antigüedades.

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        Junto a este edificio se erige la Catedral (Domkirke), con una fachada poco sugerente, aunque más afortunada en su decoración interior. Un edificio construido a finales del siglo XVII, que cuenta con un púlpito, el retablo y la ornamentación, originales en madera, de estilo barroco y una riqueza admirable si se tiene en cuenta que estamos ante un templo protestante.

        Detrás de la catedral se abre el espacio de Plaza Grande (Stortorvet), que en tiempos pretéritos fuera centro de la urbe y ahora convertido en un mercadillo de flores guardado por una estatua del orondo rey danés Christian IV, que gobernó Dinamarca y Noruega hacia los siglos XVI y XVII caracterizado por su militarismo. Con su mano derecha extendida y el dedo señalando al suelo que en su momento constituyó el centro urbano.

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      Siguiendo por Karl Johans gate se llega a uno de los tramos más bellos del bulevar: la Stortings plass y la alargada Eidvolls plass, cuajada de árboles y numerosas terrazas donde en los pocos días de luz se aprovecha para toar el sol, lo que hace que siempre se encuentre activa y muy frecuentada. En la Sortings plass se encuentra el Parlamento (Stortinget), un edificio grandioso de color amarillo creado en 1866 y cuyo interés reside en las vistas que hay desde sus aledaños, y en que en su interior se erige cada año al galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Justo frente al Parlamento, pero al otro lado de la calle, se encuentra el Grand Hotel, el más famoso de la ciudad.

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       Al final de este bulevar se vislumbra el neoclásico Teatro Nacional (Nationaltheatret), donde las graves figuras de los dramaturgos Henrik Ibsen y Bjørnstjerne Martinus Bjørnson recuerdan la grandeza de la escena noruega. El edificio data de 1899. En el lateral de la edificación se erige un monumento al escritor noruego-danés Ludvig Holberg.

        Volviendo a la avenida central aparecen los tres edificios principales de la Universidad de Oslo, custodiados por las esculturas de Munch y Schwegaard. La grandiosidad que muestra este entorno se hace patente por fuera, con sus columnas del siglo XIX, y por dentro, donde se alberga, además, el Museo Histórico, que entre su variopinto depósito se encuentra el propiamente concebido como museo de la universidad, algo que en muchos sitios se ha tomado en serio y que en otros ámbitos, especialmente en las universidades españolas, todavía no cuenta con una general implantación. Como universitario que soy, siempre he considerado esta posibilidad que espero que algún día sea una realidad generalizada. Y en su apoyo haré alguna entrada en el blog sobre el estado de la cuestión.

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        En la manzana situada detrás de la Universidad nos encontramos con una de las joyas de la ciudad, la Galería Nacional (Nasjonalgalleriet), un fantástico museo que reúne la más importante colección de pintura noruega, además de abundantes lienzos de grandes artistas europeos (Rembrant, Rubens, El Greco, Goya, Manet, Van Gogh. Gauguin y Cézanne, entre otros, además de contemporáneos como Juan Gris, Picasso o Mattisse).

         Con todo, la gran atracción de la Galería es la sala dedicada exclusivamente a Edvard Munch, conocida internacionalmente. Especial mención es la atracción que hace el lienzo de “El Grito”, que a unos podrá gustar y a otros no, pero que se trata de una obra convertida en un popular icono, similar a la reputación de “La Gioconda” de Leonardo da Vinci. El artista hizo cuatro versiones de la obra,  creadas entre 1893 y 1910, en la que se muestra a una figura andrógina, colocada en un primer plano. El objetivo de Edvard Munch era representar al hombre moderno en una situación de desesperación. El escenario en el que está ambientado el cuadro pertenece a Oslo, como así dejara escrito el autor en su diario en 1891:

iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho […] Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza.

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         De nuevo en la avenida central llegamos al punto final, donde brilla elevado en una colina el Palacio Real (Kongelige Slott), rodeado de espléndidos jardines cuidadosamente mantenidos, y con una plaza que le antecede en la que se sitúa el monumento ecuestre de Karl Johan, erigida en 1875, con un lema en su pedestal que dice: “el amor de la gente mi recompensa”.

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        Pero no se trata de un edificio especialmente ostentoso, construido en el siglo XIX, con tonos crema, que constituye la residencia oficial de los reyes de Noruega. En sus puertas se puede ver lo que ya es tradición en todos los países que mantienen la monarquía, una guardia del palacio engalanada de manera original, que a la hora punta realiza un cambio de guardia para deleite de los visitantes.

      Continuando la misma dirección rectilínea de Karl Johans gate, más allá del Palacio Real se atraviese el elegante barrio de Frogner, con hermosas casas blancas, amarillas y rosas, hasta llegar al parque del mismo nombre (Frognerparken), un extenso y bello espacio que tiene una parte central especialmente relevante, popularmente conocida como el Parque de Vigeland (Vigelandparken), que es el resultado del trabajo de toda una vida del escultor noruego Gustav Vigeland (1869-1943), que diseñó la composición del parque y, lo que es más importante todavía, lo jalonó con más de 200 esculturas de bronce, granito y hierro forjado, todas obras suyas. En su contexto general se trata de una reflexión sobre la existencia humana.

        Vigeland comenzó su obra en 1907 por expreso mandato del Ayuntamiento de Oslo, y concluyó en 1943. La extensión del parque es de 320.000 m2, que se prolongan a lo largo de una avenida de 850 metros de longitud, dividida en tramos:

■ La puerta principal, que da acceso al parque, construida en hierro forjado y granito y data de 1926.

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■ Un puente de 100 metros cruza el lago, en el que pueden verse 58 estatuas de bronce que la adornan y, entre ellas, el conocido como “niño enfadado” (Sinnataggen) que, por su posición, no creo que Vigeland pudiera pensar que con el tiempo se convertiría en uno de los símbolos más representativos de Oslo, presente en muchas postales y en las consabidas fotografías que hacemos cuanto nos acercamos al lugar.

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■ En el mismo tramo que el puente se encuentra el patio de los niños, formado por ocho estatuas de bronce de niños que parecen jugar, en cuyo centro se alza una columna de granito sobre la que reposa un feto a tamaño natural.

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■ Tras el paseo se abre una gran área con una fuente, construida en bronce,  proyectada inicialmente para estar frente al Parlamento pero que terminó recalando en este lugar; se trata de seis hombres que sostienen la cúspide de la fuente y de la que brota el agua, rodeada por varias esculturas de árboles a los que se encaramen figuras humanas que representan las distintas etapas de la vida, comenzando con el árbol de los bebés y acabando con el árbol de la muerte que es simbolizada por un esqueleto.

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■ El tramo que comienza subiendo unas escaleras para llegar a una gran plaza en cuyo centro se yergue un impresionante monolito de 20 metros de altura tallado en granito (la roca esculpida en este material más grande del mundo) con 121 imágenes humanas representando los diferentes ciclos de la vida: hombres y mujeres naciendo, aprendiendo, amando, escalando en su desarrollo. Rodeando la piedra hay treinta grupos escultóricos de personas en las más diversas situaciones y con los más variados gestos.

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■ Finalmente, la rueda de la vida, una escultura en la que siete figuras humanas, cuatro adultas y tres infantiles se entrelazan formando un círculo.

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        En la parte occidental de la ciudad, apartada del bullicioso centro, se encuentra la península de Bygdøy, un espacio residencial tranquilo, cuajado de árboles, y lugar donde se encuentra un variopinto número de museos de Oslo y que no podemos eludir visitarla, en mi caso utilizando autobús aunque también se puede ir en ferry.

En este lugar he visitado alguno de sus relevantes museos:

El Museo de los Barcos Vikingos (Vikingskipshuset) alberga actualmente las naves vikingas mejor conservadas del mundo, junto con los excepcionales objetos hallados en los barcos funerarios de Oseberg, Gokstad, Tune y Borre. Todos ellos se usaron para navegar, siendo luego puestos en seco y utilizados como sepulturas. Bajo el techo abovedado del icónico edificio de Arnstein Arneberg, se proyecta regularmente un film con efectos especiales, de cinco minutos de duración, que transporta a los tiempos de los vikingos.

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        Al atravesar la puerta nos encontramos con la vista frontal del barco de Oseberg, que se construyó hacia el año 820 de nuestra era y presenta elaborados ornamentos tallados. Precioso e impresionante. Su casco, con la característica disposición longitudinal de las tablas de roble, sus labrados, sus adornos en proa y popa y su elegante y grácil silueta lo convierte en un navío realmente bello. Mide 22 metros y presenta formas alargadas y ligeras, especialmente diseñado para el cabotaje costero. Sirvió de sepultura a dos mujeres de rango levado, que llevaron consigo al reino de los muertos un nutrido ajuar, entre cuyos enseres había tres trineos con decoración muy elaborada, un carro, cinco postes con cabeza de animal tallada, cinco camas y los esqueletos de 15 caballos, seis perros y dos vacas, ofrendas todas ellas que, en su gran mayoría, pueden verse en el museo.

          El siguiente navío con el que nos encontramos es el barco de Gokstad,  construido hacia el año 890 d.C. y fue utilizado unos diez años después como sepultura para un hombre de rango elevado. El barco, que mide 24 metros y tenía tachonados los laterales con 64 escudos, había sido muy apto para la navegación y apropiado para cruzar mar abierto. El túmulo funerario fue saqueado ya en tiempos de los vikingos, hecho que explica que no se encontraran armas ni joyas entre las ofrendas. Se conservó sin embargo un tablero de juego con fichas, un arnés de hierro, plomo y bronce dorado, utensilios de cocina, seis camas, una tienda, un trineo y tres embarcaciones pequeñas. En la tumba se hallaron asimismo restos de doce caballos, ocho perros, dos pavos reales y dos azores, algunos de ellos se encuentran en el museo.

        Finalmente, el barco de Tune es el tercero que ofrece el museo, encontrado ya en 1867, fue la primera nave vikinga desenterrada y conservada en tiempos más recientes. El barco debía haber navegado rápidamente en el mar y data de 910, aproximadamente. Se encontraron en él restos de ofrendas funerarias, lo que indica que era la tumba de un hombre rico. Por desgracia, los restos de este barco lo hacen casi irreconocible en su dimensión y características y sus objetos no se conservan actualmente.

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El museo de Fram (Frammuseet) aparece diseñado con un peculiar edificio en forma de triángulo, que cobija en su interior el barco ártico más poderoso del mundo, el Fram, que viajó más al sur y al norte que ninguna otra nave. En su macizo casco exploraron los extremos de la tierra notables personajes como Fridtjof Nansen, Otto Sverdrup y Roald Amundsen. Se puede subir a cubierta y ver los camarotes, lo cual supone una gozada para hacerse idea de lo que sería en su momento de plena acción, y en su interior se encuentran los camarotes donde se conservan los aparejos, ropas, instrumentos y recuerdos de los tripulantes. Alrededor del barco hay una exposición con fotos, cuadros, maquetas, animales disecados y otros, elementos relativos a la explotación de los polos.

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El tercero museo que visitamos es el Museo Folclórico de Noruega (Norsk Folkemuseum), un museo etnográfico donde se muestra la evolución de la cultura noruega desde el 1500 y hasta nuestros días.

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     El museo al aire libre muestra 155 casas tradicionales de todas las regiones de Noruega. Recorriendo este espacio abierto podemos viajar en el tiempo para conocer las costumbres y usos tradicionales de este pueblo.

         La construcción más antigua del museo es una iglesia de madera: la iglesia de Gol, del año 1200 que se encontraba en el pequeño pueblo de Gol, provincia de Buskerud. Tras ser desmontada en 1884 fue reconstruida en 1885 en este museo. Oficialmente pertenece al rey de Noruega.

       En las afueras de Oslo, pero perfectamente comunicado con el centro por metro y autobús, se localiza Holmenkollen, una zona montañosa célebre en todo el país por su impresionante salto  de esquí. Desde el siglo XIX se ha convertido en una de las zonas preferidas por los habitantes de Oslo para practicar este deporte, principalmente la modalidad de esquí de fondo. Sin embargo, la gran fama de la que goza es su impresionante salto de esquí que acoge competiciones desde el año 1892. Una estructura de acero y hormigón renovada para los Campeonatos del Mundo de Esquí celebrados en Oslo en febrero de 2011 y, desde entonces, este salto se cuenta como uno de los mejores del mundo.

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       Me impresionó esta estructura aunque la visita la realizo en período veraniego y, evidentemente, no hay nieve visible sobre la superficie, quedando meramente al aire todo su entramado. Te paras a pensar lo que puede ser un salto y sobrecoge la idea para los que el deporte de la nieve lo tenemos un tanto alejado de nuestro ocio. Pero aquí también se puede ver el Museo de Esquí, instalado en la propia torre, y que traza la historia del esquí en Noruega. También probar el simulador de saltos que tiene en el Centro de Visitantes.

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        Queda por ver otras muchas cosas de una ciudad abierta como es Oslo, pero no dispongo de más tiempo. Me conformo con lo visto y con haber disfrutado también de la gastronomía propia de la cocina noruega en la que, como es obvio, el pescado se convierte en el rey de la mesa, con una gran variedad en los menús, entre ellos el salmón, la caballa, el rodaballo, el bacalao o los arenques. De la carne es propio del lugar el reno o el alce asado. Si hay que poner alguna pega lo será en cuanto a los precios, pero también queda la oportunidad de acudir a los restaurantes, cafeterías y locales de comida rápida.

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